Versión completa de la entrevista con Frederic Neyrat aparecida el 21 de junio de 2009

Frederic Neyrat es filósofo. Fue director de programas del Colegio Internacional de Filosofía y, actualmente, es miembro del comité de redacción de la revista francesa Multitudes. En 2008, publicó Biopolítica de las catástrofes, referencia imprescindible en el debate de la ecología política.
Desastres ecológicos, epidémicos, terroristas, políticos, económicos… Frederic Neyrat nos propone pensarlos, no como simples riesgos posibles, eventuales o pasajeros, de los que una sabia combinación de políticos, técnica y expertos pueden protegernos, sino como procesos en curso cuyos efectos dañan ya el mundo y que reclaman una transformación sustancial de nuestras maneras de habitarlo.
¿Qué diferencia establece entre riesgo y catástrofe?
El término de riesgo, así como el de crisis, es muy débil. No toma realmente en consideración lo existente, los daños reales, la profundidad de los desafíos planetarios. Por ejemplo la crisis actual no es sobre todo financiera, sino algo mucho más grave y profundo: son todas las condiciones materiales, espirituales y geo-ecológicas las que están mutiladas. La noción de riesgo invita a creer en posibilidades, peligros eventuales, ahí donde la noción de daño insiste sobre la visibilidad, o la necesidad de hacer visible, sensible, el estado del mundo, el estado de nuestras vidas individuales y colectivas. En ese sentido, las catástrofes no son del orden de los riesgos, sino procesos en marcha que manifiestan aquí y ahora sus efectos. Una catástrofe siempre sale de alguna parte, ha sido preparada, tiene una historia. Por ejemplo, un atentado tiene una historia política. ¡Incluso un cometa que golpease la Tierra tiene la historia de su propio trayecto! La misma explosión de Chernobyl fue programada: construir la central suponía ya programar una explosión.
¿A qué llama “biopolítica de las catástrofes”?
Es el nombre que doy a una forma de gobierno que, bajo un modo conjuratorio (profético) o regulador (analgésico), pretende hacerse cargo de la totalidad de lo vivo. Se sirve de los riesgos y de las crisis para que nada cambie. Es una forma de katechon, podríamos decir, en el sentido que le daba Carl Schmitt en una carta a Julien Freund: “‘Katechon‘ no significa retrasar, sino más bien no dejar que algo estalle”, es decir, vigilar y controlar.
Lo específico de esta gobernabilidad es que invierte de un modo extraño la línea del tiempo: previene “riesgos”, o en términos penales franceses la “peligrosidad”, supone “intenciones” terroristas y aplica preventivamente medidas de excepción, etc. Hay toda una serie de nuevos conceptos jurídicos que nos permiten hablar, tras las sociedades de vigilancia y de control, de sociedades clarividentes que anticipan las catástrofes con el fin de conservar intactas las estructuras de poder existentes, de impedir cualquier cambio verdadero. Por ejemplo: como hoy en día los gobiernos no quieren modificar las condiciones que conducen a los cambios climáticos, se sitúan en “el día después”, como el título de la película de Roland Emmerich. El nuevo nomos [ley] que se instala hoy por todas partes tiene por función gestionar un mundo de supervivientes y en este sentido hay que entender también las leyes “anti-terroristas”, que son medidas de excepción tan flexibles como el capitalismo.
Al mismo tiempo que anticipa, la biopolítica de las catástrofes es profundamente adaptativa y opera en tiempo real, gestionando las catástrofes efectivas de tal modo que todo pueda continuar como si nada hubiera ocurrido.
¿Sobre qué se sostiene esa gobernabilidad?
Sobre la idea de que podría existir una política capaz de proteger destruyendo todo lo que impide esa protección. La inmunidad es el fondo fantasmático de la política, su fondo inconsciente. Pero según una lógica desvelada por Derrida, toda operación inmunitaria tiende a transformarse en procedimiento auto-inmunitario, volviéndose así contra el propio cuerpo. Existe un umbral a partir del cual la protección -de la democracia, de las poblaciones, de la propia vida- destruye la democracia y la misma vida. La inmuno-política fantasea sobre la posibilidad de una seguridad pura y absoluta, una “indemnidad” ontológica que tiene sin ninguna duda mucho que ver con lo que decía Freud del inconsciente: que ignora la muerte. Y tiene también que ver con una cierta forma de narcisismo que podríamos definir así: reclamar la excepción para uno mismo.
Pero esto ha sido así siempre…
Por supuesto, ese fantasma de inmunidad no tiene nada de nuevo, pero está particularmente activo por la forma misma de nuestras sociedades, una forma epidérmica, permanentemente en guardia, sometida a estímulos de todas clases, electrónicos o afectivos. Una situación que describo con el término de “sobreexposición” en un libro llamado precisamente Surexposés [sobreexpuestos]. Ahora bien, esta sobreexposición no es más que excesiva acentuación de nuestra condición original de estar expuestos. Exposición, existencia, exilio, todos esos términos que podemos leer en Heidegger, Bataille o Nancy, significan: ser “fuera de sí”, es decir, estar en el mundo, “estar embarcados”, ser frágiles y, por tanto, precarios, inestables… Pero cuando el mundo, o bien una situación existencial cualquiera, se convierte en una especie de inmanencia compacta, cerrada sobre sí misma y en ese sentido sobreexpuesta, entonces se rechaza la exposición insuperable de nuestra existencia en favor de protecciones terribles, de reclamos de seguridad auto-destructivos, que tienden siempre a superar -cerrar, completar, evacuar- la exposición de nuestra existencia.
¿Considera negativa la idea misma de protección?
No, tenemos necesidad de protecciones para vivir. Existen protecciones buenas que, en su relación con los otros y con uno mismo, favorecen la vida, la buena vida. Pero sólo son buenas las protecciones que provienen de las formas de vida mismas y de sus modos de auto-organización, en sentido biológico o político. No hay teoría general de las protecciones, hay que analizar caso por caso, pero podemos aprender a analizarlas con el fin de saber cuáles favorecer y cuáles abandonar.
¿Y qué protecciones deberíamos abandonar?
Hay diversos tipos de insularidad. La insularidad es para mí una forma de pensar la individuación, pero en términos, digamos, geo-filosóficos. En Surexposés, hablo de insularidades cosmológicas, una metáfora que trata de decir que ninguna individuación es posible sin relaciones con lo que está ya individuado o todavía es impersonal fuera de uno mismo, no únicamente en sí. Trataba de ese modo de luchar contra el autismo de la individuación, porque no hay auto-organización sin multiplicidad. Las insularidades autistas son las tentativas de protegernos cortando con todo lo que hay fuera. Son insularidades catastróficas que producen finalmente su propia ruina. Y no hablo en términos conceptuales, sino muy concretamente de la manera que tenemos de fabricar casas, ciudades… El 4×4, por ejemplo, es la materialización del fantasma inmunitario y ahora podemos ver hasta qué punto era, económicamente, catastrófico. Los constructores americanos de coches se tiran de los pelos… Una insularidad catastrófica fabrica su propia ruina, pero la gran pregunta es: ¿por qué fabricamos máquinas que fabrican su propia ruina? ¿Es una especie de delegación de la pulsión de muerte? Yo hablo de un “crash-test” global(1) que muestra hasta qué punto nuestro régimen pulsional está mal construido, sobre este punto deberíamos releer a Marcuse. La catástrofe programada es, en cualquier caso, la elección de la muerte y no de la vida.
¿Qué rescata de Arne Naess, teórico de la deep ecology (ecología profunda)?
Hay que romper la clausura del mundo, lo que hace poco en un artículo para la revista Lignes he llamado “rupturas de defensa”. La inmanencia compacta del globo, de la que se dice equivocadamente que no tiene afuera, encierra al ser humano sobre sí mismo y lleva a cabo el proyecto biocida de la Modernidad: el principio de inmunidad ontológica que el ser humano explota conscientemente, desde el principio de la época moderna por lo menos, consiste en instalar un estatuto de excepción para sí mismo, fuera de todo campo relacional, fuera de toda relación con lo que no es él mismo. Frente a esa exclusión, Arne Naess propone el concepto, eminentemente disensual, de igualdad ecosférica, que hace volar en pedazos nuestra concepción de la democracia y la república. Me parece que podemos utilizar la ecología profunda de Naess como un saludable caballo de Troya para romper nuestro narcisismo como especie.
Otra idea a abandonar, según usted, es la de medio ambiente.
La ecología profunda se opone a la medioambientalista, que es la ecología dominante entre el saber y los aparatos de representación política. Esta supone que hay un centro y un entorno que podemos desechar de nuestra atención. Pero, más allá de Naess, esa idea de centro no tiene ningún sentido desde un punto de vista práctico: en el mundo globalizado, el de la “subsunción real” (Marx) o el del “capitalismo mundial integrado” (Guattari), no hay entorno, sino relación y exposición, a corto o largo plazo. Por supuesto, se puede forzar un centro, por ejemplo hoy asistimos a forzaturas nacionalistas, al retorno a la insularidad conocida como soberanía estatal, etc. Es ridículo, desde luego, pero sobre todo sangrante y lo será cada vez más. Porque cuanto más descubran los gobiernos autistas que lo que pasa no pasa en su entorno sino en el interior de sí mismos, más violencia y control habrá. Nos las tenemos que ver, al más alto nivel de los Estados, con una alianza del ridículo y la muerte. Frente a eso, hoy más que nunca la exigencia es afirmar las potencias de vida, que son potencias capaces de contener la muerte.
¿El humanismo es otra insularidad catastrófica?
Hay que ponerse de acuerdo sobre este término y no podemos hacerlo más que sobre la base de una interpretación. Porque el humanismo es una construcción retroactiva, ¡jamás los llamados “humanistas”, Erasmo o More, emplearon el término humanista! Llamo humanismo al proceso antropo-céntrico que pone la humanidad como un fin inaccesible sobre un fondo de ausencia de esencia: “no se nace hombre, sino que se deviene hombre, pero nunca se deviene del todo porque somos libres y lo somos ahí donde otros no lo serán jamás, otros “pseudo”-humanos, animales, seres tecnológicos”, etc., etc. El humanismo es la encarnación del principio del “indemne”, da forma a la inmuno-política y es preciso ser, en ese sentido, profundamente anti-humanista. Lo que supone un pensamiento de la finitud que dice que no todo es producido. El espacio de relaciones no puede construirse más que sobre un fondo inconstruible, un vacío si se quiere.
¿Qué es la ecología política?
La ecología política es un mínimo, el mínimo exigible a todo pensamiento hoy. Sin ella no podemos comprender nada de lo que ocurre y esto se va a volver cada vez más cierto. La ecología es un materialismo de la finitud y la finitud implica la relación: no podemos existir solos, absolutamente solos. Existir significa estar en relación, “ser con”, como dice Jean-Luc Nancy. El materialismo de la finitud supone la fragilidad del ser y de las relaciones, así como su sostenimiento, siempre meta-estable y no sólo estable, y su acontecer, tan imperceptible como un clinamen, para retomar ese término imposible de Lucrecio.
Esa fragilidad puede en ocasiones asumir la forma de la penuria, producida y organizada por los aparatos de captura de los que hablaban Deleuze y Guattari, aparatos que producen la carencia, que expropian, o la forma de la penuria catastrófica, que significa la carencia real, la falta a secas. Las dos penurias están vinculadas: la ecología es política en tanto que hereda el análisis de Marx sobre los procesos de expropiación, de enclosure [cercamiento], que hoy en día los teóricos del capitalismo cognitivo siguen desarrollando. Por tanto, hay que pensar el vínculo entre expropiación y destrucción, los dos procesos están ligados pero la gran dificultad, en la cual tropieza muy a menudo el pensamiento de izquierda aunque sea menos inmunitario que el de derecha, es pensar esa relación y su génesis. Hay que establecer esa relación hasta el punto de intrincar anti-capitalismo y anti-humanismo.
¿Qué aporta la ecología política al anti-capitalismo?
El anticapitalismo no sirve para disponer un mundo nuevo. Ser anticapitalista significa simplemente oponerse a las formas de expropiación de la vida. Pero el término no dice nada sobre lo que podrían ser las formas de vida y los vínculos entre ellas, no dice nada sobre el sentido que otorgamos o no al ser. Porque siempre hay, en el interior de una forma de vida, de un modo de existencia, de un colectivo, de una práctica o una lucha, un sentido otorgado al ser, único o múltiple, centrado sobre un punto de trascendencia fuera del mundo o centrado sobre un sí-mismo estanco. O hay una ausencia de sentido, que es todavía una manera de dar uno. La cuestión del ser no es meta-física, sino física, material, situada. Yo afirmo que nos hace falta una nueva imagen del ser, nuevas imágenes que den forma al sentido. Imágenes que evoquen, como he venido diciendo, las turbulencias, los clinamen, la meta-estabilidad, la no-seguridad (inassurance) y la fragilidad, lo inconstruible y la finitud, la madeja de relaciones en las cuales el ser humano es una emergencia significativa junto a otras emergencias significativas, existiendo siempre en colectivos inexpertos en materia de vivir, siempre agujereados, irremediablemente expuestos, sin esperanza de protecciones eternas. Hay que recordar siempre cómo sólo una delgada línea azul nos protege de lo irrespirable. Es un modo de gozar con la conciencia, con la sensación de esta emergencia, siempre lejos del equilibrio.
1.
http://colaboratorio1.wordpress.com/2009/02/05/de-la-civilizacion-como-crash-test-frederic-neyrat-2007/
A propuesta de la sección cultural de Público, he redactado este pequeño glosario sobre/a partir de Llamamiento; y otros fogonazos, un libro anónimo que acabamos de editar en Acuarela Libros. Mezcla mis palabras y las palabras del libro y no pretende ser exhaustivo ni objetivo. Esta es la versión completa.

liberalismo existencial
1. Actitud que propugna que se admita en lo sucesivo como natural una relación con el mundo basada en la idea según la cual cada uno tiene su vida.
2. Esencia real del “neoliberalismo”, que tanto el militante socialdemócrata como el de extrema izquierda o el anarquista reproducen alegremente en sus vidas cotidianas mientras lo denuncian en el plano de las ideas.
3. Base de la ideología de la libre elección, de la propiedad intelectual, de la omnipresencia del contrato como forma de relación entre los seres, del cinismo, el oportunismo y el miedo como tonalidades afectivas de la época contemporánea, etc.
4. Antón. Forma-de-vida.
desierto
1. Dícese de la costumbre que hemos adquirido de vivir como si no estuviéramos en el mundo. Estado profundo de ausencia o somnolencia.
2. Perteneciente o relativo a la destrucción de lazos, saberes o formas de vida, y la vulnerabilidad que resulta.
Ej. Animales y comunidades indígenas leyeron los signos que anticipaban el tsunami de 2004 y se pusieron a salvo, mientras que los turistas occidentales hiper-civilizados murieron todos al acercarse a la playa a contemplar la curiosa retirada del mar. Eran pobres en mundo. Pero la catástrofe y la vulnerabilidad extrema son al mismo tiempo la ocasión para aprender a ver el mundo desde otro sitio, para recrear lo común sin sujetarlo a las estructuras clásicas (clase, nación, pueblo, partido…).
forma-de-vida
1. Intensidad apasionada que polariza nuestra existencia y deshace la distinción entre público y privado, existencial y político, interioridad y acción.
2. Sinón. Destino. Allí donde experimentamos la alegría, allí está nuestro destino. “Y el instante en que he sido yo-mismo es efectivamente la vida, la vida misma, la vida completa”.
3. Único punto de partida posible para repoblar el mundo porque ahí se indistinguen el yo y el mundo, el apego y la libertad, lo propio y lo común. Una política de las formas-de-vida es la que aprovecha como fuerza, y no pone entre paréntesis, todo lo que nos ata a la vida (seres, actividades, costumbres, lugares, lenguajes…).
huelga humana
1. La que produce una interrupción de la economía cuando vida y trabajo se confunden, cuando producir es en primer lugar producirse a uno mismo (imagen, contactos, formación…), cuando en el trabajo ya no se nos dice: “haz lo que debes hacer”, sino “sé lo que debes ser”.
2. Defección e insumisión a las identidades; gozo del anonimato; potencia de ser uno cualquiera, sin etiquetas.
Ej. Teleoperadores que dicen a los clientes la verdad; estudiantes que no se examinan; parados que bailan en el Inem; obreros que no trabajan; mujeres que hacen una huelga de cuidados; huelga generalizada de consumo de móvil y gasolina, etc.
estado estético
1. Falta o privación general o parcial de sensibilidad al hecho de las formas-de-vida, artificialmente producida.
2. Acción y efecto del hechizo de la forma separada del contenido.
Ej. Visito la exposición Artaud en La Casa Encendida. Contemplo sus dibujos y leo sus cuadernos, garabateados con sangre. A la salida me compro una camiseta guay con el lema: “vivir es arder en preguntas”. Ceno con amigos en una terraza de la calle Argumosa. Cómo mola el barrio de Lavapiés (para salir, no para vivir, claro). He pasado una tarde estética.
comunismo
1. Práctica de la constitución en fuerza de una sensibilidad.
2. Despliegue de un archipiélago de mundos compartidos y habitables.
3. Movimiento de asunción colectiva de lo que nos ata a la vida.
4. Antón. URSS. Antón. PCE.
Versión completa de la entrevista a Antonio Lafuente aparecida en Público el 6 de junio de 2009

Antonio Lafuente es investigador científico en el Instituto de Historia del CSIC. Su último libro se titula El carnaval de la tecnociencia (Gadir, 2007), un alegato en defensa de la participación en ciencia y de los bienes comunes. Está compuesto por numerosos post de su blog Tecnocidanos: http://weblogs.madrimasd.org/tecnocidanos/
Ya lo advertía Hannah Arendt a propósito de la energía nuclear: los objetos científicos ya no caben en los laboratorios, todos somos conejillos de Indias en un sinfín de experimentos que suceden a cielo abierto y en tiempo real. Virus, genes, aire, piensos, átomos, semillas, embriones, huracanes, ozono, abejas… Entonces, ¿quién tiene derecho a hablar? ¿Quién decide?
¿Qué significa “autoridad expandida”?
Así me refiero a un enjambre heterogéneo y deslocalizado de experiencias que producen saber, contrastado y riguroso, fuera de los límites y las fronteras de la academia, fuera del laboratorio. Hay mil experiencias, en mil lugares diferentes, altamente interesantes y que demuestran la emergencia de algo a lo que vale la pena darle valor.
¿Por ejemplo?
A mí me gusta hablar de “tercer sector” del conocimiento. Y digo que, junto al mercado y al Estado, hay un tercer sector, basado esencialmente, aunque no exclusivamente, en la economía del don. Lo constituyen las ONGs, los movimientos antinucleares, pacifistas o ecologistas, el movimiento vecinal o los colectivos de afectados o concernidos (‘concern‘), esto es, enfermos cuya identidad ha sido diseñada desde la ciencia y que se rebelan contra lo que parece más una sentencia que un diagnóstico, luchando por construir su propia identidad. La experiencia más avanzada, más reconocida, que constituye el buque insignia del tercer sector, es el movimiento hacker y todo lo que hay alrededor del sistema operativo GNU-Linux, no sólo el sistema operativo, sino también el navegador firefox, el servidor apache y otras tecnologías desarrolladas no “for the people“, sino “by the people“. Quiero hacer una mención muy especial para los afectados por el SIDA que lucharon -y luchan- por conseguir un diagnóstico, un tratamiento y una consideración social muy diferente a lo que el mundo médico y también político les reservaba al principio. Todos ellos son, como yo digo, “expertos en experiencia”, expertos en lo que les pasa.
¿Se trata de un conocimiento alternativo o complementario al oficial?
Todas estas experiencias comparten un lugar dentro de la autoridad expandida, pero son muy diferentes. Por ejemplo, las comunidades de afectados son comunidades de extraños, no les hace falta ni conocerse. En el caso de las “enfermedades huérfanas”, esas enfermedades que afectan a un porcentaje minúsculo de la población, puede ser que sólo afecten a 5 personas y cada una viva en un extremo del mundo. Pero se conectan a través de Internet e intercambiar experiencias, pues no se sienten reconocidas por lo que hacen las autoridades sanitarias de su caso. Otro ejemplo sería el movimiento ecologista, que tiene una identidad anti-sistema que acaba enfrentándoles a una parte significativa del aparato científico nacional e internacional, porque lo que acaban poniendo de manifiesto estos colectivos es que la verdad está muy repartida, que lo que tiene que decir un biólogo sobre el entorno no tiene nada que ver con lo que dice un ecólogo y menos un físico. Y que no está claro que si se pusieran a discutir entre ellos pudieran intercambiar sus experiencias porque lo que es un hecho para unos no lo es para los otros. Y los ecologistas aprovechan las tensiones que hay dentro de la propia comunidad científica. Porque, ciertamente, los ecologistas hablan como científicos, hablan como si dispusieran de otra verdad que han sacado de “otro” laboratorio. De hecho, muchos de los que suministran hechos, datos contrastados, a los grupos ecologistas son académicos que cuando acaban de hacer “papers” se van a trabajar en una organización medioambiental. Los ecologistas son prueba de la existencia de tensiones dentro de la llamada “República de la Ciencia”. Luchan por un mundo diferente y, por tanto, dan valor a otros objetos, producen unos hechos de otra naturaleza. Ni mejores ni más buenos, se trata de otra manera de distinta de jerarquizar los problemas y de publicitar evidencias.
Las comunidades de afectados dicen por ejemplo que la medicina está muy bien cuando trata cuerpos normalizados. Pero tomemos ahora el caso de la “electrosensibilidad” [patología asociada a la exposición a campos electromagnéticos]. Unos 13 millones de europeos la padecen, pero no les afecta a todos por igual. Lo mismo ocurre con los celíacos, los intolerantes al gluten. La medicina funciona bien apoyándose en abstracciones que, sin embargo, ignoran lo singular, lo distinto, la excepción. Ha hecho de cada corazón “el” corazón, no “tu” corazón, “mi” corazón, etc. Pero cada cuerpo es un mundo. Y esto no es una desgracia para la ciencia, sino una oportunidad para la empresa del conocimiento. Hay muchas cosas que aprender y la primera y más urgente es a ser humildes. Se está subvirtiendo la última utopía de Occidente, el paradigma civilizatorio de la ciencia. Y lo están subvirtiendo las víctimas de la civilización, unas por ondas, otras por gluten, etc. Hay tantos colectivos de enfermos civilizatorios que yo me pregunto: ¿pero hay alguien sano? ¿Y qué va a pasar cuando estos colectivos se conecten entre sí?
¿Qué papel ha jugado la Web 2.0. en todo esto?
Ya existían comunidades de afectados antes de Internet (pienso en el SIDA). Pero la Web 2.0 da la oportunidad de reunir cuerpos dispersos a coste cero. Eso es una novedad increíble. Un caso son los afectados por electrosensibilidad que decíamos, pero otro son los enfermos mentales (en genérico). Uno va al psiquiatra y le dicen: “tu eres histérico”, “tu eres neurótico”. ¿Pero eso qué es? No es nada. Una simple manera de catalogar el sufrimiento, pero el sufrimiento humano es muy variado, inmensamente más variado. Así que los diagnósticados se quedan insatisfechos, pasan a ser afectados y se ponen en marcha. Se conectan por la red, intercambian síntomas, terapias, tratamientos, evalúan juntos su padecer cotidiano: ahí, en esos intercambios, hay una enorme cantidad de experiencia y de saberes emergentes. Es todo un proceso de aprendizaje colectivo. Un estudio sobre una de estas comunidades (Brain Talk) demostró que sólo un porcentaje de mensajes muy pequeño contiene saber equivocado o anticuado, y que el resto es información muy atinada. Esto es porque la gente concernida, los afectados, sabe dónde encontrar la información, cómo analizarla, intercambia experiencias, lee. Los autores de ese estudio concluyen diciendo que esta es la segunda mayor revolución médica de la historia, tras la de Vesalio en el Renacimiento. Lo cual es emocionante porque esta revolución devuelve a los propios pacientes el control sobre el diagnóstico, el tratamiento, el cuidado de su enfermedad… Y no va contra los médicos, sino que ahora los médicos, para aprender de medicina, tendrán que ir a los chats, que es como decir que tendrán que escuchar a los enfermos. ¿Cómo hemos podido tardar tanto tiempo en descubrir una cosa tan simple?
En los espacios comunicativos más militantes pronto se dio un grave problema de ruido, provocaciones, infiltraciones, ¿pasa aquí algo así?
Hay muchos casos documentados de infiltraciones a sueldo de las corporaciones en las que se incita a los enfermos a tomar tales o cuales medicamentos, a tener hacia tal o cual experto una actitud favorable. Semejantes comunidades son consideradas espacios priviliegiados de publicidad, nuevas fronteras del mercado. Pero son detectadas. No tengo datos sobre el tiempo que tarda una comunidad en detectarlos.
Es algo distinto, pero en tu libro citas varios estudios sobre el rigor de la Wikipedia…
Sí, un estudio de IBM (realizado por el Collaborative User Experience Research Group) para saber cuál es el ritmo al que se depuran los contenidos erróneos o vandálicos en Wikipedia concluía que un error dura de media seis minutos. ¡Parece increíble! En lo que se refiere a la calidad, se han hecho dos grandes estudios para calibrar la de Wikipedia. El de Nature (2005) comparó los contenidos de Wikipedia y los de la Enciclopedia Británica. Y llega a la conclusión de que el nivel de error es comparable, es decir, que la cultura de pago tiene la misma calidad que la cultura del don. ¡Una noticia magnífica! Este estudio de Nature concluía aconsejando a los científicos: “ojo, tenéis que dar mucha más valor a la idea de publicar en Wikipedia y a cuidarla, porque daros cuenta del enorme impacto de lo que allí se escribe”. El otro estudio, realizado por la Sociedad Americana de Historia y publicado en el Journal of American History, analiza los contenidos de Humanidades. Ahí el reto es gigantesco porque una enciclopedia, por su propia naturaleza, incluye un porcentaje elevadísimo de contenidos de humanidades, pues en general los contenidos científicos son una pequeña parcela dentro de cualquier enciclopedia. Este estudio analizó las biografías y concluyó que los índices de calidad de Wikipedia son más que óptimos. Es decir, que no es razonable una crítica a Wikipedia, una crítica a la totalidad, en esas materias. Wikipedia es una empresa cognitiva que da resultados más que óptimos.
Pero la “autoridad expandida” no deja de ser un proceso ambigüo, porque al lado de los E-pacientes están los que critican la teoría de la evolución, los escépticos sobre el cambio climático, los voluntarios que ayudan al ejército estadounidense a traducir documentos encontrados en Irak, los posthumanos que encuentran la solución a los problemas sociales en la recodificación posible de la especie, quienes se entregan alegremente su patrimonio genético para investigaciones privadas (biovoluntariado), etc.
Son inconsistencias dentro de la autoridad expandida. Está bien poner juntos todos esos casos, no lo había pensado nunca así. Pero también me gusta tratarlos por separado.
Los que apoyan la teoría del “diseño inteligente” y los escépticos sobre el cambio climático están asociados a lo que se llama “producción de incertidumbre” en la Red. Se trata de una gran industria de opinión sostenida por poderosos lobbys financiados por las grandes corporaciones petroquímicas, farmacéuticas o del automóvil y que viene a repetir siempre el mismo mensaje: “no está claro, hay indicios de un cambio climático, pero evidencias indiscutibles no hay, por tanto cualquier límite al crecimiento industrial es aventurado, está de más”. Pero es que la ciencia, bien entendida, siempre es provisional, tentativa, puede ser corregida, no produce enunciados eternos y para siempre. Pero los que producen incertidumbre no quieren trasladar al mundo el mensaje de que la ciencia no tiene la última palabra, sino confundir a los políticos, evitar que se tomen medidas para corregir una tendencia sobre la que hay un consenso mundial.
Los posthumanos son algo distinto. Hay un biólogo muy importante, codirector del proyecto Atapuerca, Eduard Carbonell, que afirma que los seres humanos nunca han dejado de ser algo demasiado problemático (para el entorno y las otras especies) y que ya ha llegado el momento de que nos dotemos de un cuerpo que exprese unos valores adecuados al momento, todo ello mediante un proceso de digamos reescritura genética. Es decir, detrás de los movimientos posthumanos no sólo hay iletrados o visionarios. Habrá que aprender a convivir con todos estos fenómenos que irán en aumento.
Los que entregan su información genética para investigaciones son gente bienintencionada, amantes de la ciencia, comparables a quienes entregan tiempo de computación de sus ordenadores para proyectos como SETI (iniciativa de la Universidad de Berkeley para la detección de vida extraterrestre). Todo esto yo he querido verlo como parte del “movimiento amateur”, esto es, gente que admira a la ciencia, que le dedica su tiempo de ocio, comprando microscopios, libros y otros dispositivos y asociándose para intercambiar sus experiencias. Son formas nuevas de amateurismo científico, ambivalentes.
Luego está lo que ocurrió en Islandia: como es una comunidad que ha vivido siempre muy aislada, es muy fácil e interesante utilizarla como laboratorio porque es genéticamente muy homogénea y si localizas alguna enfermedad o característica singular de los islandeses es relativamente fácil saber si tiene origen genético, mucho más fácil sin duda que en nuestras sociedades tan mezcladas. El Estado vendió el patrimonio genético de los islandeses a una empresa. En la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre ha decidido también ceder los datos clínicos de los hospitales públicos a una multinacional francesa. Yo nunca he podido leer el contrato, así que me arriesgo a equivocarme. Pero creo que a cambio de que la multinacional gestione esa masa gigantesca de datos, que sería un servicio que darían a la comunidad (los médicos tendrían acceso a datos bien estructurados), podría usarlos para experimentar con nuevos fármacos o distintas terapias. En principio parece una relación simbiótica de externalidad económica recíprocamente positiva. Pero el asunto es si la Comunidad de Madrid puede venderlos, si es propietaria legítima de los datos públicos. E igualmente, la discusión, en el caso de Islandia, es si el Estado se puede autoconstituir en propietario del genóma de los islandeses. ¡Y no sólo ha vendido el de los vivos, sino también el de los ya muertos! Hubo una rebelión por parte de colectivos que se movilizaron y forzaron un debate y una votación del parlamento islandés. Hay otros países que han llegado a acuerdos de esa naturaleza con multinacionales, por ejemplo Tonga. Y ya hay gente que se está organizando para defender el patrimonio genético o los datos hospitalarios como un bien común, como algo que es de todos y de nadie al mismo tiempo. Del mismo modo que algunos pensamos que los órganos, una vez que ya no están funcionando en el cuerpo, deberían pasar a integrar el procomún, yo también defiendo que los datos clínicos, no son de la nación o del hosipital donde se obtienen, sino que deberían ser parte del procomún.
Y el caso de Google books (la digitalización de fondos públicos de biblioetcas por parte de Google), ¿qué te parece? ¿Construye procomún o lo privatiza?
Google está reorganizando, jerarquizando, rankeando el conocimiento. Y, desde luego, hay que tener una opinión sobre Google si uno quiere estar en el mundo en que vivimos.
Lo que dicen quienes defienden a Google es que ellos a digitalizar los fondos bibliográficos cedidos por muchas bibliotecas de todo el mundo es que parten de un libro, pero que lo que ofrecen ya no es un libro. Si te encuentras un mármol y con tus cinceles haces una escultura, el resultado deja de ser una sinmple piedra, mucbo más si el soporte, ahora digital en el caso de Google Books, ha cambiafdo vertiginosamente. El dueño de una silla no puede ser el propietario del bosque. Esto ocurre siempre que hay bienes informacionales, un problema que se radicaliza cuando nos referimos a chorros de bits que circulan por las redes. Un libro digitalizado, en efecto, deja de ser un libro, porque puedes hacer mil cosas más con él: navegar por dentro, hacer búsquedas, trasladar fragmentos, automatizar traducciones, comparar versiones, multiplicarlop sin coste, abrirlo a conexiones infinitas, etc. Seguimos pensándolo como libro, pero es debido a una pereza mental.
Para opinar sobre esto, parto de una consideración más general: creo que eso de ser autor de algo está sobrevalorado. Todos bebemos de todas las fuentes, todos crecemos simultáneamente y todos respiramos el mismo aire, parte de ese aire es la cultura. Por eso soy partidario de decir que el autor debería ser “usufructuario temporal de derechos” (ya veremos por cuánto tiempo y espero que no demasiado), pero pasado ese plazo consensuado la obra debería volver a ser otra vez aire universal y gratuito para respirar, es decir reingresar al procomún. Y por eso soy favorable a que Google haya hecho negocio con el procomún: por ejemplo, a mí me gusta mucho que en la calle, que es un procomún abierto a todos, haya terrazas. Veo Google books como una forma novedosa de hacer sostenible el procomún. Quizá en el futuro a Google le entren delirios de grandeza (aunque lo dudo porque su negocio es regalar acceso) y la cosa cambie. Ya hay gente que inventa ensoñaciones sobre una Internet alternativa. Si Google separase sus servidores, podría organizar una Internet de pago y seguramente provocar un cataclismo económico y cultural, además de liquidar Internet tal como la conocemos.
¿En qué se diferencia Google de lo que hacen las farmacéuticas con el genoma?
Es literalmente lo contrario. Porque el genoma ya es un procomún. Recuerda la carrera que hubo entre Celera Genomics (empresa privada) y el Proyecto Genoma Humano (público). Tuvieron miedo uno del otro y llegaron a un acuerdo, bendecido por Bill Clinton y Tony Blair, para declarar que el genoma sería patrimonio de la humanidad. Es uno de los nuevos bienes comunes, y por cierto muy emblemático. Está en servidores públicos accesibles. No puede privatizarse. Hay empresas que intentar obtener de él un valor añadido: venden los datos organizados así o asá, con una interfaz tal o cual, más eficiente o mejor accesibilidad. Pero lo que sí se está privatizando es el descubrimiento de un vínculo causal entre determinado fragmento del genoma y una enfermedad, y eso desgraciadamente se puede patentar. Antes no se podía, porque se consideraba un descubrimiento, al igual que las leyes de Newton. Pero ahora, desde 1980, sí. Ya hay dos quintas partes del genoma humano que están patentadas por esta otra vía. Esto es una desgracia. Pero lo peor es el efecto anti procomún (anti-commons) que está teniendo. Lo que están haciendo las corporaciones farmacéuticas son dos cosas: 1) por un lado, cada vez que alguien se pone a investigar y ellos consideran que está cerca de un descubrimiento próximo a sus intereses, o bien le hacen una oferta para comprar los resultados de tales investigaciones y así ensanchar el ámbito de syus patentes; o bien le ponen un pleito por razones de propiedad intelectual alegando que está entrometiéndose en parcelas de saber que tienen propietario (que están valladas, cerradas al uso público, reservadas para uso privativo) para que detenga sus investigaciones hasta que los jueces decidan si el viandante, el nuevo investigador, están allanando la propiedad (y a los jueces todo esto les lleva mucho tiempo). Ahí se da entonces un efecto anti-commons gestionado e impulsado por las grandes corporaciones farmacéuticas y agroalimentarias. Y 2) por otro lado, esas corporaciones tienen masas gigantescas de información y no saben qué hacer con ellas. Llaman entonces a la computación voluntaria y distribuida para que la gente, como se hece en SETI, ponga a su disposición el tiempo muerto de sus ordenadores disfrazando el gesto de grandes servicios a la humanidad (vacunas, remedios, etc.). Pero no tenemos claro, por ejemplo, qué pasaría si alguien descubriera en ese tiempo muerto de su ordenador un remedio contra la malaria. ¿De quién sería la propiedad intelectual: de la comunidad, de mi ordenador, de la humanidad?
En tu libro vienes a decir que la autoridad expandida no es una ruptura, sino que de alguna manera la ciencia siempre funcionó así.
Esta reflexiṕon me interesa mucho, porque durante muchos años fui (y creo seguir siéndolo) especialista en la Ilustración. En fin, cuando se es más viejo, es más facil tenber varias vidas y yo en una de ellas me entregué al estudio del siglo XVIII. Cuando miras al siglo XVIII ves que no había profesionales de la ciencia. Nadie vivía de la ciencia. Había unos cuantos cortesanos que tenían puestos altos en el ejército o en la administración, pero la mayor parte del interés por el entorno era amateur, gente sin ningún reconocimiento. Más aún: los que detentaban un saber como las parteras, los yerberos, los navegantes, los mineros o los campesinos eran sistemáticamente castigados, ignorados, calificados de supersticiosos, charlatanes, prejuiciados, ignorantes, plebeyos, etc. Eranm vistos como una amenaza para la civilización, para las luces. Hay un movimiento importante dentro de la Ilustración que pretendía someterlos a una disciplina, la disciplina de estar obligados a tener una titulación para ejercer. Luego, en el siglo XIX las grandes batallas sin cuartel contra el intrusismo son hasta cómicas, cuando el Estado dice: “acabemos ya con tanto ‘practicón’”. Porque efectivamente la mayor parte del conocimiento en el que se sostenía la producción agraria e industrial, o la salud y el comercio, era amateur. No hay títulos, no hay reconocimiento, no existe un mercado de la reputación bien organizado.
En la misma Revolución Francesa hubo también debates muy intensos por la democratización del saber. Y se llegó al extremo de silenciar a los que habían detentado (acusados ya de usurpar el saber) puestos en las academias. La misma Academia de París fue acusada de “gótica” y suprimida, una medida simbólica que inauguraba una época en la que la palabra sería otorgada a todo este enjambre de “profesionales” de ámbitos distintos. Se podría escribir una historia de la ciencia en la que los protagonistas fueran los amateus, todos esos actores que han desplegado sus saberes al margen de la academia, sin un título ni un reconocimiento. Todo lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora. Si uno mira la historia de la ciencia a veces aparece una comunidad de astrónomos o una sociedad patriótica en Jaén que discutía a Lavoisier o leía en voz alta a Feijoo como expresión de un hecho pintoresco, poblado por figuras carentes de protagonismo histórico. Yo creo todo lo contrario. Me gusta conceptualizar la revolución científica, no como una revolución epistemológica, sino como una “open science revolution“, es decir, un proceso de apertura a nuevos actores, nuevas tecnologías, nuevos soportes para al ciencia. Lo epistémico se ha exagerado mucho. La imagen de ese gran relato que llamamos Revolución Científica está deformada si no atendemos a otros fenómenos: la emergencia de la prensa, de los salones, de las tertulias, de las mujeres, de los espacios públicos, de las primeras academias profesionales (como alternativa a la Universidad), de las bibliotecas… Sin todas esas nuevas formas de sociabilidad, no habría habido modernidad y no sabríamos que hubiera sido de la ciencia. La que conocemos sólo fue posible al hacerse pública. Es la socialización de la cultura lo que produce un cambio decisivo.
¿Por qué ha perdido credibilidad y legitimidad el sistema de los expertos?
Tenemos suficientes evidencias para decir que las prácticas de corrupción en la ciencia no son un fenómeno periférico o extraordinario, sino común y cotidiano. Y cuando digo corrupción me refiero a varios fenómenos de adulteración del saber: el secretismo derivado de las lógicas de competencia, primero impuesto en el aparato militar y ahora extendido al aparato industrial, que obliga a los científicos, mediante abusivas y a veces inmorales cláusulas de confidencialidad, a no comunicar sus investigaciones mientras no estén garantizadas los derechos de propiedad intelectual sobre los resultados; el problema de los ensayos clínicos en el que garantizan la salubridad de las moléculas que son introducidas al mercado como terapias para determinadas enfermedades: se sabe que con demasiada frecuencia sólo se publican los resultados que benefician a quien financian esas pruebas, las corporaciones; también sabemos, y esto es muy inquietante, que los científicos no reaccionan con suficiente energía frente a todas estas prácticas de corrupción y con frecuencia actúan corporativamente tratando de confundir a la opinión. La manufacturación de incertidumbre demanda la presencia de una inmensa cantidad de científicos, fundaciones, laboratorios y departamentos universitarios, además de gabinetes jurídicos y oficinas de prensa, dispuestos a colaborar.
Los que eran supuestos paladines de una cultura colaborativa, abierta, cosmopolita, desinteresada y universalista de pronto se nos aparecen como todo lo contrario. ¿Cuántos observatorios de la corrupción en ciencia hay en nuestro sistema universitario y/o científico? Las cosas no está funcionando bien. Hay ya demasiadas evidencias. Pero la modernidad ha sido construida según patrones políticos y jurídicos que convierten a los expertos en gentes imprescindibles. Es omo si nuestro mundo hubiera elegido a los científicos e ingenieros para que se ocupen de que el mundo funcione. ¿Podemos vivir sin expertos? Cualquier movimiento en nuestras vidas, el aire que respiramos o el agua que bebemos, lo que comemos o los materiales con los que nos vestimos o lavamos, todo está impregnado por todas partes de ciencia. Si los expertos no defienden el bien común, estamos ante una crisis del modelo político de la ciencia. Es decir, una crisis de la democracia, porque sobre los expertos hemos depositado un enorme poder. ¿Cómo vamos a vivir ahora en un mundo en el que los expertos no son la solución, sino una parte del problema?
¿Qué propones?
Antes se decía: “la tierra para el que la trabaja”. Ahora hay que añadir: “y el saber, para quien lo necesita”. La crisis de los expertos pone de relieve la importancia de la política. Se trata de aceptar que la finalidad de la ciencia es la misma que la de la política, el bien común. Aceptar que también en ciencia todo es provisional, tentativo, revisable. Y darle una oportunidad a una Segunda Ilustración que no se basaría ya, como la del siglo XVIII, en una lucha contra la superstición, sino contra la privatización del conocimiento (sometido a la gestión por las grandes corporaciones multinacionales) que ha distorsionado de manera dramática el papel de la ciencia y de la democracia. Ya no sabemos para quien trabajan los expertos y por eso las soluciones a los problemas que nos afectan no pueden ser tecnocráticas (tomadas por los juristas y expertos en la tecnología de la que se trate), sino que deben consensuarse entre todos los actores implicados. Una transformación que implica mayor transparencia y participación social en la información y en la toma de las decisiones. Sin menoscabo de las demostraciones, lo que necesitamos son negociaciaciones.
¿No es iluso pensar que pueden consensuarse decisiones entre actores sometidos a lógicas tan distintas y en disputa?
Dos ejemplos: uno que da la razón a lo que insinúas y otro que la discute. Reach, el acuerdo europeo sobre qué hacer con las decenas de miles de nuevas sustancias químicas que vertemos continuamente al medio ambiente sin ningún control sanitario o medioambiental. Hoy nuestros cuerpos viven en contacto con un número desconocido y sin precedentes de sustancias químicas cuya existencia no tiene más de 40 años. Cosméticos, alimentación, vestido, abonos, materiales de las que están hechas las cosas con las que convivimos… El compromiso, que incluye el acuerdo de actores muy distintos (movimientos sociales, organizaciones ecologistas, lobbys petroquímicos, instituciones europeas, intereses estatales), nos enfrenta a EEUU y es muy cuestionado en el resto del mundo. Se llega a acusar a Europa de estar secuestrada por ludditas y tecnófobos. Aquí los intereses contradictorios vuelven utópico pensar en un ágora donde todos libremente intercambiamos impresiones y tomamos acuerdos.
Segundo ejemplo: el Panel Intergubernamental del Cambio Climático. Tres grandes comités: uno que anticipa escenarios de futuro, otro que mide los datos que tenemos sobre el cambio para saber cómo puede evolucionar, apoyándose en 19 modelos simulados de cambio climático independientes, y el último que analiza cuáles podían ser las consecuencias de lo que está ocurriendo. Han participado 40.000 científicos, muchos de ellos pertenecientes a organizaciones ciudadanas o medioambientales. El acuerdo final ha sido redactado por 600 autores pertenecientes a 40 países y votado por 113 estados entre los que EEUU tiene el mismo peso que Luxemburgo. Por supuesto, los países localizados en islas del Pacífico dicen que hay que actuar ya, mientras que EEUU opinó que no había motivo para precipitarse. Pero el acuerdo ha sido aprobado por el G-7, el G-20, la OCDE, ONU, etc. Se trata de un documento consensuado, no impuesto. Ciencia por consenso. ¿Ciencia por consenso? ¿No es una perversión hablar de consensos en ciencia? O es ciencia o es consenso, dirán algunos. Pues no: ciencia por consenso. O sea que mi respuesta a la pregunta inicial es sí y no.
¿Cómo puede (auto)organizarse ese tercer sector?
Empezando por tomar conciencia de que somos un actor político, de que representamos el 7% del PIB mundial y en algunos países como Holanda hasta el 14%. Entre ONGs, movimientos pacifistas, ecologistas o anti-nucleares, movimientos vecinales, comunidades de afectados, agrupaciones ciudadanas… Este tercer sector está pagado con fondos públicos en un 45% y el 55% es trabajo voluntario, economía del don. Somos ya un actor histórico. Hay que lo denomina la segunda gran superpotencia. Tenemos que defender los derechos asociados a nuestra producción de conocimiento de calidad. Exigir un fondo nacional para el despliegue de la ciencia ciudadana porque hay muchos asuntos por los que los científicos no se interesan. Muchos problemas que no se traducen en “papers”: la electronsensbilidad es un ejemplo, como cualquier problema que no puede alcanzar la condición de ciencia puntera, esa a la que se dirigen la inmensa mayoría de los fondos destinados a investigación. Si la gente que vive cerca de una fuente de radiación o de ruído quiere hacer valer sus puntos de vista, para ser escuchada tendrá que traducir sus inquietudes a hechos contrastados, necesitará movilizar datos objetivos para no ser ninguneada por los aparatos tecnocráticos de las multinacionales o por la indolencia de los jueces. Tendrán que aliarse con científicos o fundar sus propios laboratorios, como ya hicieron los sindicatos para poder abordar los problemas de salud laboral. . No es ciencia de punta, no tiene un gran reconocimiento mediático. Y es verdad que estamos hablando de colectivos y problemas muy heterpogéneos y es verdad también que hay tensiones al interior de eso que llamo tercer sector. Es verdad que hay recelos y desconfianzas entre sus integrantes, pero también es verdad que hay muchas coincidencias. Sin renunciar a la heterogeneidad de las experiencias y los contextos locales o singulares donde el saber extrae su energía al mezclarse con las distintas formas de vida, se puede apostar por otro modelo de economía política para el tercer sector.
¿Y cómo imaginas las relaciones entre el primer sector (público-estatal) y este tercero?
Las relaciones van ser muy tensas. Habrá convergencias y divergencias, cooperación y conflicto. Y lo mismo pasará con el sector del conocimiento privado, porque el segundo sector también produce conocimiento desde muy antiguo. La máquina de vapor fue el resultado de una iniciativa privada que cambió el modelo de producción industrial. O pensemos en la industria editorial durante los siglos XIX y XX, un ámbito productivo que se ganó un enorme prestigio entre las gentes vinculadas al mundo de la cultura. Muchos editores gozan de un prestigio extraordinario por su contribución al ensanchamiento del campo de las libertades. Las relaciones entre el sector público y el privado son necesarimante tensas, salvo cuando el estado hace dejación de sus responsabilidades y se entrega al capricho de los empresarios o, peor aún, cuando sucumbe a tentaciones autoritarias y se dedica a prácticar la censura y la exclusión. La llegada del tercer sector no va a mejorar las cosas. Seguirá habiendo tensiones, pero ganaremos en pluralidad.
El Estado puede regular el procomún, sin ser su propietario: por ejemplo, la gestión del sistema de donación de órganos en España. Primer sector y tercer sector convergen ahí. Puedo imaginarme perfectamete un espacio europeo de donación de órganos y de transplantes que superen las barreras estatales. Puede haber colaboración, pero también conflicto. Internet, ñor ejemplo, es todavía un procomún, pero los estados quieren influir demasiado en su gobierno y garantizarse el derecho a censurar la libre circulación de bits.Espero que no lo consigan nunca. Una vez hablando con una alta autoridad española que se mostraba interesada en la idea de organizar un laboratorio del procomún, es decir, una institución que experimentase y protegiese a la vez con los bienes comunes, le pregunté para calibrar el alcance de su interés: “¿aceptaríais que os llevásemos la contraria? Porque allí, en el laboratorio del procomún, vamos a producir otro tipo de evidencias, a hacer experimentos de otro tipo, a buscar distintos de hechos y producir otras pruebas, y es importante saber si al día siguiente de contradeciros, tres días después de inagurarlo, nos vais a acusar de ser anti-científicos y charlatanes, pues empezamos mal. Por lo menos durante tres años necesitaríamos que nos dejarais crecer en paz”. Y me respondió: “ah, no, si vais a enfrentaros al gobierno, eso no tiene porvenir”.
Pero nosotros tenemos que defender el derecho a saber. Decía el otro día la ministra de Defensa que en el caso de la nueva gripe en el cuartel se habían enfrentado a dos virus: el virus A y el virus del pánico. El Estado se ha atribuido el derecho a administrar la información, a decirnos cuándo, quién y dónde va a comunicarnos lo que quieren comunicarnos. Por el contrario, tendríamos que afirmar: “no queremos ningún paternalismo, usted dígame lo que hay y ya pensaré yo que hacer con mi miedo, si necesito un psiquiatra, una ministra, un blog o una botella de rioja”.
Julien Coupat respondió a estas preguntas de Le Monde desde la prisión de La Santé. Fue detenido junto a otras ocho personas el 11 de noviembre de 2008, acusados de sabotear las líneas de alta velocidad de la SNCF y, también, de la redacción de un libro subversivo, La insurrección que viene. Pocos días después de publicar esta entrevista, Coupat -el último de los detenidos que permanecía en prisión- fue puesto en libertad tras pagar una fianza de 16.000 euros. Julien Coupat fue miembro del comité de redacción de la revista Tiqqun. En castellano, de la onda Tiqqun, se ha publicado también Llamamiento [NdelE]
Entrevista realizada por Isabelle Mandraud y Caroline Monnot
Estas son las respuestas a las preguntas que hemos planteado por escrito a Julien Coupat. Encausado el 15 de noviembre de 2008 por “terrorismo” con otras ocho personas interpeladas en Tarnac (Corrèze) y París, se le acusa de haber saboteado las catenarias de la SNCF. Es el último que permanece todavía en prisión (ha pedido que algunas de sus palabras estén en cursiva).
¿Cómo vive su detención?
Muy bien, gracias. Estiramientos, carreras, lecturas.
¿Puede recordarnos las circunstancias de su arresto?
Un grupo de jóvenes con pasamontañas y armados hasta los dientes irrumpieron violentamente en nuestra casa. Nos amenazaron, nos esposaron y nos trasladaron, no sin antes haber destrozado todo. Nos llevaron secuestrados a bordo de potentes bólidos circulando por las autopistas a más de 170 km/h de media. En sus conversaciones se refirieron frecuentemente a un tal señor Marion [antiguo jefe de la policía antiterrorista] cuyas hazañas viriles les divertían mucho, como aquella en la que golpeaba a uno de sus colegas, con buen humor, en medio de una fiesta de despedida. Nos secuestraron durante cuatro días en una de sus “prisiones del pueblo” fastidiándonos con preguntas en las que lo absurdo se disputaba con lo obsceno.
Quien parecía ser el cerebro de la operación se excusaba vagamente de todo este circo explicando que era culpa de los “servicios” de arriba, donde actuaban toda clase de gentes que nos tenían muchas ganas. A fecha de hoy, mis secuestradores siguen actuando. Algunos sucesos recientes mostrarían incluso que continúan causando estragos con total impunidad.
Los sabotajes en las catenarias del SNCF [la Renfe francesa] en Francia fueron reivindicados en Alemania. ¿Qué opina sobre esto?
En el momento de nuestra detención, la policía francesa ya está en posesión de un comunicado que reivindica, además de los sabotajes que nos quería atribuir, otros ataques que se habían producido simultáneamente en Alemania. Esta octavilla presenta numerosos inconvenientes: la echan al correo en Hanóver, está redactado en alemán y sólo se envió a periódicos al otro lado del Rhin, pero sobre todo no cuadra con la fábula que los medios han creado a nuestra costa, la de un pequeño núcleo de fanáticos que atacan al corazón del Estado colgando tres pedazos de hierro de las catenarias. Desde entonces se cuidarán mucho de mencionar este comunicado, ni en el procedimiento, ni en la mentira pública.
Es cierto que [en el comunicado] el sabotaje de las líneas de tren pierde mucho de su aura de misterio: se trataba simplemente de protestar contra el transporte hacia Alemania por vía férrea de los desechos nucleares ultraradioactivos y de denunciar de paso el gran fraude de “la crisis”. El comunicado concluye con un muy SNCF “agradecemos a los pasajeros afectados por su comprensión”. ¡Qué tacto tienen estos “terroristas” después de todo!
¿Se reconoce en los calificativos de “movimiento anarco-autónomo” y de “ultraizquierda”?
Déjeme recomenzar un poco más atrás. En Francia, actualmente vivimos el fin de un periodo de congelación histórica cuyo acto fundador fue el acuerdo aprobado entre gaullistas y estalinistas en 1945 para desarmar al pueblo con el pretexto de “evitar una guerra civil”. Los términos de este pacto podrían formularse así, por hacerlo rápido: mientras la derecha renunciaba a sus acentos abiertamente fascistas, la izquierda abandonaba toda perspectiva seria de revolución. La ventaja con la que juega y de la que disfruta, desde hace cuatro años, la camarilla sarkozista, estriba en haber tomado la iniciativa unilateral de romper este pacto al reconciliarse “sin complejos” con los clásicos de la reacción pura: sobre los locos, la religión, Occidente, África, el trabajo, la historia de Francia, o la identidad nacional.
Frente a este poder en guerra que osa pensar estratégicamente y dividir el mundo en amigos, enemigos y cantidades despreciables, la izquierda queda paralizada. Es demasiado cobarde, está demasiado comprometida y, por así decirlo, demasiado desacreditada para oponer la menor resistencia a un poder que no se atreve a tratar como enemigo y que le arrebata uno a uno a los más astutos de sus elementos. En cuanto a la extrema izquierda a la Besancenot, cualesquiera que sean sus resultados electorales, y aunque haya salido del estado grupuscular en el que vegetaba desde siempre, no tiene otra perspectiva más deseable que ofrecer que el tono gris soviético a penas retocado con Photoshop. Su destino es decepcionar.
En la esfera de la representación política, el poder establecido no tiene nada que temer, de nadie. Y desde luego no son las burocracias sindicales, más vendidas que nunca, las que van a importunar, las mismas que desde hace dos años bailan con el gobierno un ballet tan obsceno. En estas condiciones, la única fuerza que puede ir directamente contra la banda sarkozista, su único enemigo real en este país, es la calle, la calle y sus viejas inclinaciones revolucionarias. De hecho, sólo ella, en los disturbios que siguieron la segunda vuelta del ritual plebiscitario de mayo de 2007, ha sabido elevarse por un instante a la altura de la situación. Sólo ella, en las Antillas o en las recientes ocupaciones de empresas o de facultades, ha sabido hacer encuchar otra palabra. Este análisis sumario del teatro de operaciones ha debido imponerse bastante pronto porque las informaciones generales hacían aparecer, desde junio de 2007, bajo la pluma de los periodistas a las órdenes (y en particular en Le Monde) los primeros artículos que desvelaban el terrible peligro que harían pesar sobre toda vida social los “anarco-autónomos”. Para comenzar, se les atribuía la organización de disturbios espontáneos, que en tantas ciudades saludaron el “triunfo electoral” del nuevo presidente.
Con esta fábula de los “anarco-autónomos” se ha diseñado el perfil de la amenaza al que se ha empleado dócilmente la ministra del interior, con detenciones focalizadas en redadas mediáticas, para dar un poco de carne y algunas caras. Cuando ya no se llega a contener lo que desborda, todavía se puede asignarle una categoría y encarcelarlo. Ahora bien, la de “alborotador”, en la que ahora se cruzan desordenadamente los obreros de Clairoix, los críos de las ciudades, los estudiantes que bloquean y los manifestantes de las contracumbres, siempre eficaz en la gestión corriente de la pacificación social, permite criminalizar los actos, no las existencias. Y es la intención del nuevo poder atacar al enemigo en cuanto tal, sin esperar a que se exprese. Esa es la vocación de las nuevas categorías de la represión.
Poco importa, finalmente, que no se encuentre a nadie en Francia para reconocerse “anarco-autónomo”, ni que la ultraizquierda sea una corriente política que tuvo su momento de gloria durante los años veinte y que desde entonces no ha producido jamás otra cosa que inofensivos volúmenes de marxología. Por lo demás, la reciente fortuna del término “ultraizquierda”, que ha permitido a algunos periodistas con prisas por catalogar sin dar golpe a los amotinados griegos de diciembre pasado, debe mucho al hecho de que nadie sabe lo que fue la ultraizquierda, ni siquiera si ha existido alguna vez.
En este punto, y en previsión de los desbordes que sólo pueden sistematizarse frente a las provocaciones de una oligarquía mundial y francesa acorralada, dentro de poco la utilidad policial de las categorías no debería ya sufrir debates. Sin embargo, no podríamos predecir cuál de ellas, si la de “anarco-autónoma” o de “ultraizquierda” se ganará finalmente los favores del Espectáculo, con el fin de relegar en lo inexplicable una revuelta que todo justifica.
La policía le considera como el jefe de un grupo a punto de bascular hacia el terrorismo. ¿Qué piensa de esto?
Una alegación tan patética sólo puede ser hecha por un régimen a punto de bascular hacia la nada.
¿Qué significa para usted la palabra “terrorismo”?
Nada permite explicar que el departamento de información y de seguridad argelino, sospechoso de haber orquestado, con conocimiento de la DST, la ola de atentados de 1995, no figure entre las organizaciones terroristas internacionales. Tampoco hay nada que permita explicar la repentina transmutación del “terrorista” en héroe durante la Liberación, en socio frecuentable para los acuerdos de Evian, en policía iraquí o últimamente en “talibán moderado”, en función de los últimos virajes de la doctrina estratégica americana.
Nada, excepto la soberanía. En este mundo es soberano quien designa al terrorista. Quien rechace participar en esta soberanía se abstendrá de responder a vuestra pregunta. Quien codicie algunas migajas de la misma se sacrificará con prontitud. Quien no se ahogue de mala fe encontrará instructivo el caso de estos dos ex-”terroristas” convertidos, uno, en primer ministro de Israel, el otro, en presidente de la Autoridad Palestina, habiendo recibido ambos, para colmo, el Premio Nobel de la Paz.
La imprecisión que rodea la calificación de “terrorismo”, la imposibilidad manifiesta de definirlo, no se deben a alguna laguna provisional de la legislación francesa, corresponden al principio de algo que sí que podemos definir muy bien: el antiterrorismo, del que constituyen más bien la condición de funcionamiento. El antiterrorismo es una técnica de gobierno que hunde sus raíces en el viejo arte de la contrainsurgencia, de la guerra denominada “psicológica”, por decirlo de manera educada. El antiterrorismo, al contrario de lo que querría insinuar el término, no es un medio para luchar contra el terrorismo, es el método por el cual se produce, positivamente, el enemigo político como terrorista. Se trata, mediante todo un lujo de provocaciones, de infiltraciones, de intimidación y de propaganda, mediante toda una ciencia de la manipulación mediática, de la “acción psicológica”, de la fabricación de pruebas y de crímenes, también mediante la fusión de la policía y de la administración de justicia, de aniquilar la “amenaza subversiva” al asociar, en el seno de la población, al enemigo interior, al enemigo político, al afecto del terror.
Lo esencial, en la guerra moderna, es esta “batalla de los corazones y de los espíritus” donde se permiten todos los golpes. El procedimiento elemental es, aquí, invariable: individualizar al enemigo con el fin de cortarle del pueblo y de la razón común, exponerle bajo los rasgos del monstruo, difamarle, humillarle públicamente, incitar a los más viles a colmarlo de escupitajos, animarles al odio. “La ley debe ser utilizada simplemente como otra arma en el arsenal del gobierno, y en este caso no representa nada más que una cobertura de propaganda para desembarazarse de los miembros indeseables del público. Para una mejor eficacia, convendrá que las actividades de los servicios judiciales estén vinculados al esfuerzo de guerra de la manera más discreta posible“, aconsejaba ya en 1971 el cabo Frank Kitson [antiguo general del ejército británico, teórico de la guerra contrainsurgente], que algo sabía de esto. Una vez al año no hace daño, en nuestro caso, el antiterrorismo ha sido un fracaso. En Francia no están dispuestos a dejarse aterrorizar por nosotros. La prolongación de mi detención por una duración “razonable” es una pequeña venganza bien comprensible, vistos los medios movilizados y la profundidad del fracaso; como es comprensible el empeño un poco mezquino de los “servicios”, desde el 11 de noviembre, por endosarnos las maldades más caprichosas a través de la prensa, o por espiar a cualquiera de nuestros camaradas. En estos últimos tiempos, los arrestos acompasados de los “allegados de Julien Coupat” han tenido el mérito de revelar cuánto ha podido influenciar esta lógica de represalias en la institución policial y en el corazoncito de los jueces.”
Hay que decir que en este asunto algunos se jugaron buena parte de su lamentable carrera, como Alain Bauer [criminólogo], otros el lanzamiento de sus nuevos servicios, como el pobre señor Squarcini [director central de la información interior], otros la credibilidad que nunca tuvieron y que jamás tendrán, como Michèle Alliot-Marie.
Usted salió de un medio muy acomodado que hubiera podido orientarle hacia otra dirección…
“Hay plebe en todas las clases” (Hegel).
¿Por qué Tarnac?
Vaya allí y lo entenderá. Si no lo entiende, me temo que nadie podrá explicárselo.
¿Se define a sí mismo como un intelectual? ¿Un filósofo?
La filosofía nace como un duelo charlatán por la sabiduría originaria. Platón ya interpreta la palabra de Heráclito como algo salido de un mundo que ha desaparecido. En el momento de la intelectualidad difusa, no veo qué podría especificar al “intelectual”, si no es la extensión de la fosa que separa, en él, la facultad de pensar de la aptitud para vivir. Tristes títulos, en verdad, si no hay más. Pero, ¿exactamente para quién habría que definirse?
¿Es usted el autor del libro La insurrección que viene?
Este es el aspecto más formidable de este proceso: un libro entregado íntegramente al expediente del sumario, interrogatorios en los que pretenden hacerte decir que vives como está escrito en La insurrección que viene, que te manifiestas como lo preconiza La insurrección que viene, que saboteas las líneas ferroviarias para conmemorar el golpe de Estado bolchevique de octubre de 1917 ya que se menciona en La insurrección que viene, un editor es convocado por los servicios antiterroristas…
En la memoria francesa, hacía tiempo que no se veía que el poder tuviera miedo por culpa de un libro. Normalmente se consideraba que, mientras los izquierdistas se dedicaran a escribir, al menos no hacían la revolución. Está claro que los tiempos cambian. La gravedad histórica retorna.
Lo que fundamenta la acusación de terrorismo, en lo que nos concierne, es la sospecha de la coincidencia entre un pensamiento y una vida; lo que constituye la acusación de asociación de malhechores es la sospecha de que esta coincidencia no se dejaría al heroísmo individual, sino que sería objeto de una atención común. De forma negativa, esto significa que de ninguno de los que firman con su nombre tantas críticas feroces del sistema vigente se sospecha que pongan en práctica la menor de sus firmes resoluciones; el insulto es de bulto. Desgraciadamente, yo no soy el autor de La insurrección que viene y todo este asunto debería terminar más bien por convencernos del carácter esencialmente policial de la función autor.
Soy, en cambio, un lector. Al releerlo, hace tan sólo una semana, he comprendido mejor la agresividad histérica que emplean en las altas esferas para perseguir a los presuntos autores. El escándalo de este libro, es que todo lo que figura en él es rigurosa, catastróficamente cierto, y no deja de confirmarse cada día que pasa un poco más. Porque lo que se comprueba, bajo la apariencia de una “crisis económica”, de un “hundimiento de la confianza”, de un “rechazo masivo de las clases dirigentes”, es realmente el fin de una civilización, la implosión de un paradigma: el del gobierno que en Occidente regula todo –la relación de los seres entre ellos mismos, no menos que el orden político, la religión o la organización de las empresas. Hay, en todos los niveles del presente, una gigantesca pérdida de dominio al que ningún sortilegio policial ofrecerá remedio alguno.
No será aplicándonos penas de prisión, de puntillosa vigilancia, controles judiciales y prohibiciones de comunicar con el motivo de que seríamos los autores de esta constatación lúcida, que lograrán desvanecer lo que se ha constatado. Lo propio de las verdades es escapar, desde que se enuncian, a los que las formulan. A los gobernantes no les habrá servido de nada llevarnos a los tribunales, todo lo contrario.
Usted lee Vigilar y castigar de Michel Foucault. ¿Este análisis le parece todavía pertinente?
La prisión es realmente el pequeño secreto sucio de la sociedad francesa, la clave, y no el margen, de las relaciones sociales más presentables. Lo que se concentra aquí en un todo compacto no es un montón de bárbaros asalvajados como les gusta hacernos creer, sino más bien el conjunto de disciplinas que afuera tejen la existencia llamada “normal”. Vigilantes, comedor, partidos de fútbol en el patio, horarios, separaciones, camaradería, peleas, fealdad de las arquitecturas: es necesario haber estado en prisión para tomar la medida plena de lo que la escuela, la inocente escuela de la República, contiene, por ejemplo, de carcelario.
Considerado desde este ángulo inexpugnable, no es la prisión la que sería una guarida para los fracasados de la sociedad, sino la sociedad presente la que parece una prisión fracasada. La misma organización de la separación, la misma administración de la miseria por el chocolate [hachís], la tele, el deporte y el porno, reina en todas partes con menos método. Para terminar, los muros elevados sólo esconden a las miradas esta verdad de una banalidad explosiva: las vidas y los espíritus son exactamente iguales a ambos lados de las alambradas y a causa de ellas. Si se busca con tanta avidez los testimonios “del interior” que expondrían al fin los secretos que la prisión esconde, es para ocultar mejor el secreto de lo que es: el de la servidumbre de los que se consideran libres mientras su amenaza pesa invisiblemente sobre cada uno de sus gestos.
Toda la indignación virtuosa que rodea la negrura de las celdas francesas y sus reiterados suicidios, toda la grosera contra-propaganda de la administración penitenciaria que pone en escena para las cámaras a los carceleros devotos del bienestar del detenido y a los directores de prisiones preocupados por el «sentido de la pena». Resumiendo: todo este debate sobre el horror del encarcelamiento y la necesaria humanización de la detención es viejo como la prisión. Incluso forma parte de su eficacia, ya que permite combinar el terror que debe inspirar con su estatus hipócrita de castigo “civilizado”. El pequeño sistema de espionaje, de humillación y de estragos que el sistema francés dispone en torno al deternido de manera más fanática que ningún otro en Europa, ni siquiera es escandaloso. Cada día el Estado lo paga con creces en sus suburbios y sin duda sólo es el principio: la venganza es la higiene de la plebe.
Pero la impostura más notable del sistema judicial-penitenciario consiste ciertamente en pretender que está ahí para castigar a los criminales cuando no hace sino gestionar las ilegalidades. Cualquier patrón -no sólo el de Total-, cualquier presidente de consejo general -no sólo el de Hauts-de-Seine–, cualquier poli sabe que las ilegalidades son necesarias para ejercer correctamente su oficio. El caos de las leyes es hoy tal, que se trata de no respetarlas demasiado, y en cuanto a los estupefacientes, se trata de regular sólo el tráfico y no de reprimirlo, lo que sería social y políticamente suicida.
La división no es entre legal e ilegal, como pretende la ficción judicial, entre inocentes y criminales, sino entre los criminales que se cree oportuno perseguir y los que se deja en paz como requiere la policía general de la sociedad. La raza de los inocentes hace tiempo que se extinguió y no es la pena a lo que condena la justicia: la pena es la justicia misma. No cabe que mis camaradas y yo “clamemos por nuestra inocencia”, tal y como la prensa escribe ritualmente, sino derrotar la peligrosa ofensiva política que constituye todo este proceso infecto. He aquí algunas de las conclusiones a las que llega el espíritu tras releer Vigilar y castigar desde la Santé [conocida prisión de París]. Podríamos sugerir, visto lo que los foucaltianos hacen desde hace veinte años con los trabajos de Foucault, que se les interne una temporada por aquí.
¿Cómo analiza lo que les pasa?
Desengáñese: lo que nos pasa, a mis camaradas y a mí, le pasa a usted también. Es, por otra parte, en este punto, la primera mistificación del poder: nueve personas serían perseguidas en el marco de un procedimiento judicial de “asociación ilícita con fines terroristas” y deberían sentirse particularmente afectados por esta grave acusación. Pero no hay “caso Tarnac”, como tampoco hay “caso Coupat” o “caso Hazan” [editor de La insurrección que viene]. Lo que hay es una oligarquía vacilante en todos los sentidos y que se vuelve feroz, como todo poder, cuando se siente realmente amenazado. El Príncipe ya no tiene otro apoyo que el miedo que inspira cuando su visión ya no suscita en el pueblo más que el odio y el desprecio.
Lo que hay ante nosotros es una bifurcación, al mismo tiempo histórica y metafísica: o bien pasamos de un paradigma del gobierno a un paradigma del habitar al precio de una revuelta cruel pero transformadora, o bien dejamos que se instaure, a escala planetaria, este desastre climatizado en el que coexisten, bajo la férula de une gestión “sin complejos”, una élite imperial de ciudadanos y unas masas plebeyas situadas al margen de todo.
Hay, desde luego, una guerra, una guerra entre los beneficiarios de la catástrofe y los que se hacen de la vida una idea menos esquelética. Nunca se ha visto que una clase dominante se suicide de buena gana.
La revuelta tiene condiciones, no tiene causa. ¿Cuántos ministerios de la Identidad Nacional, despidos estilo Continental, redadas de sin papeles o de opositores políticos, chiquillos liquidados por la policía en los suburbios, o ministros que amenazan de privar de título a los que osan ocupar sus facultades, hacen falta para decidir que semejante régimen, aunque esté instalado por un plebiscito de apariencias democráticas, no tiene ninguna legitimidad para existir y sólo merece ser derribado?
Es una cuestión de sensibilidad. La servidumbre es lo intolerable que se puede tolerar infinitamente. Como es un asunto de sensibilidad y esa sensibilidad es inmediatamente política (no porque se pregunte “¿a quién voy a votar?”, sino “¿mi existencia es compatible con esto?”), para el poder es una cuestión de anestesia a la que responde administrando dosis cada vez más masivas de distracción, de miedo y de estupidez. Y ahí donde la anestesia no funciona, este orden que ha reunido contra él todas las razones para sublevarse intenta disuadirnos con un pequeño terror ajustado.
Mis camaradas y yo sólo somos una variable de este ajuste. Sospechan de nosotros como de tantos otros, de tantos “jóvenes”, de tantas “bandas”, por desvincularnos de un mundo que se hunde. En este único punto, no mienten. Felizmente, a la pandilla de estafadores, de impostores, de industriales, de financieros y de jovencitas, toda esta corte de Mazarin bajo neurolépticos, de Louis Napoléon version Disney, de Fouché dominical que de momento gobierna el país, le falta el más elemental sentido dialéctico. Cada paso que hacen hacia el control de todo les aproxima a su pérdida. Cada nueva “victoria” de la que se jactan expande un poco más el deseo de verles a todos vencidos. Cada maniobra por la que se imaginan fortalecer su poder termina por volverles más odiosos. En otros términos: la situación es excelente. No es el momento de perder el coraje.
Fuente: http://www.javierortiz.net/voz/samuel/entrevista-a-julien-coupat-1
(la traducción es de Samuel, retocada en algún punto por mí)