Una rosa en el estiércol

Jorge Bezares

Mariano Rajoy se afana estos días por trasladar a la opinión pública que España no es una nación sumida en la corrupción, y busca un pacto anticorrupción con la oposición mientras el Grupo Popular sigue tumbando en el Congreso de los Diputados cualquier petición de investigación.

En los casi tres años de legislatura, la mayoría absoluta de los populares han rechazado 15 peticiones del PSOE, la Izquierda Plural y el Grupo Mixto para investigar otros tantos casos de corrupción. E incluso ha bloqueado la comparecencia del propio Rajoy para que explicara a los españoles en sede parlamentaria casos tan vomitivos como la nacionalización de Bankia, la amnistía fiscal o la financiación ilegal del PP, entre otros.

Es evidente que la mayoría de las administraciones públicas no están afectadas por esta lacra, por mucho que nos guste a los españoles meterlas a todas en el mismo saco ante el goteo permanente de casos de corrupción que salpican la mayoría de las comunidades autónomas.

Tampoco lo estaban en los últimos años de Felipe González –la etapa de Roldán, Mariano Rubio, Guerra, etc.-, y Aznar no dudó en asegurar machaconamente que los socialistas habían sumido a España entera en la corrupción. Por cierto, ¿sería muy bueno conocer cómo califica el pequeño emperador popular la actual situación? Pura curiosidad intelectual.

Pero en ambas etapas hay un denominador común: la falta absoluta de transparencia, una de las asignaturas pendientes de esta democracia. Que el Parlamento no pueda investigar significa, finalmente, que los ciudadanos no puedan conocer la verdad.

Ahí, en ese vacío legal y moral, que ahora el Gobierno quiere regular con una Ley de Transparencia poco potable, nace la desconfianza ciudadana, que en la actualidad está por los suelos y que está abonando el terreno para que Podemos líe ya con Ganemos la mortal en las próximas elecciones municipales, inaugurando una nueva etapa de minorías mayoritarias que será lo más parecido a la cuadratura del círculo. Un purgante del sistema en toda regla.

El PP ya se huele que los últimos casos de corrupción pueden llevarle a la debacle electoral en las municipales, y busca refugio en una débil recuperación económica para aguantar el chaparrón que le está cayendo encima.

Paralelamente, Rajoy pide perdón y se atribuye la ofensiva policial contra la corrupción de los suyos, pero a la vez refuerza la unidad intentando salvarle la cara a algunos notables cadáveres políticos, entre ellos Esperanza Aguirre, para evitar la caída con estrépito del bastión madrileño.

El líder del PP, un experto de la resistencia pasiva a base de agotar contenedores de habano sin hacer nada, sabe que al PSOE la cosa puede irle igual o peor, a tenor de la próxima encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que ya obra en su poder y en el de media humanidad.

Y no le falta razón. A la espera de la decisión de Susana Díaz, que deshoja la margarita de sus ambiciones políticas personales –el otro día en Madrid estuvo displicente pero recatada dentro de lo que cabe-, en el seno PSOE está creciendo como la oscuridad en las Tierras Medias una operación para cargarse a Pedro Sánchez tras las próximas elecciones municipales.

La indiscreción de los desleales, que tienen nombres y apellidos, la ha hecho ya más que evidente. A juicio de varios notables de la Ejecutiva, que hablan hasta para Radio Taxi, el PSOE sigue los pasos del PASOK griego. Y ellos, lógicamente, están poniendo su granito de felonía para que así sea.

Este germen de división interna, diseñado para infectar la organización socialista, se configuró casi a la par que la nueva Ejecutiva, en un acto troyano indisimulado. Y se ha activado en el mismo momento que Pedro Sánchez ha puesto de patitas en la calle a Virgilio Zapatero por el ‘caso de las tarjetas de Caja Madrid’, y ha anunciado que no le temblará la mano ante nadie en clara alusión a Chaves y Griñán, con Tomás Gómez en puertas.

La ‘tolerancia cero’ que ha impuesto el nuevo secretario general del PSOE contra la corrupción supone una amenaza para la vieja guardia, para la casta que ha convertido al PSOE en una organización política enferma y sin apenas credibilidad, y que ahora quiere quedarse en propiedad con sus cenizas antes que pueda florecer la rosa que Sánchez ha plantado en el estiércol.