No es que le interesemos un carajo a Montoro

Al PP se le está formando la tormenta perfecta: no puede cumplirle a todos sus señores, no tiene ningún partido al que echarle la culpa de lo que pasa, y cuando le sale su rostro más genuinamente autoritario, los réditos los cobra Ciudadanos.

El PP tiene que cumplir las exigencias del cártel europeo de ladrones de guante blanco que quiere revertir lo ganado después de la Segunda Guerra Mundial. Y, por supuesto, no quieren pagar impuestos y necesitan ingeniería fiscal y paraísos fiscales.

Tiene que cumplir las exigencias del capitalismo garrulo hispánico, que sólo es rentable bajando los salarios a los trabajadores y subiéndoles la jornada. También con prebendas perjudiciales para la gente, como, por ejemplo, el AVE en Murcia que parte en dos la ciudad.

Tiene que cumplirle a los bancos de aquí prometiéndoles la privatización de las pensiones, último tesoro por saquear

Intenta cumplirle a las empresas energéticas, a las que le infla el bolsillo cargándolo en la factura de la ciudadanía, les permite prospecciones petroleras en Canarias, les abarata costes o regala dinero permitiéndole almacenar gas en lugares donde se rompe la tierra, la fauna y la flora.

Tiene que cumplirles a los miembros de su propia banda, esos casi mil cargos del PP a los que dejó robar en los tiempos de la impunidad, y que ahora, cuando se les juntan todos los juicios, pueden empezar a mostrar cierta voluntad de entonar alguna que otra melodía delante del juez.

Tiene que cumplirle a su electorado más autoritario, dándoles de comer un populismo punitivo que tiene como cara B a todos los damnificados por la ley mordaza o la judicialización de la política, encarcelados, golpeados y multados.

Para hacer caja electoral se ha envuelto en la bandera española y se acompaña solo de antidisturbios, lo que le ha cerrado de manera prácticamente total las puertas de Catalunya y del País Vasco (y así vemos al extremista Albiol negociando dineros con los enemigos de ERC en el Parlament).

En ese escenario, Montoro ha decidido dejar a los ayuntamientos que gasten el superávit que lograron. ¿Por qué? Sus razones no tienen una sola causa.

En mitad de esa tormenta perfecta, Unidos Podemos aprobó una proposición de ley en la misma dirección de lo que ha prometido hacer el Ministro. Intentaron vetar esa ley, pero se les pasó el plazo. Ya no les quedaba mucha opción. Así que Montoro ha abierto la puerta que ya se había abierto en el Parlamento.

Los ayuntamientos del cambio también han hecho su parte. Manuela Carmena, junto a la Federación de Municipios y Provincias, iban a poner en Madrid a 2000 o 3000 alcaldes protestando por su estrangulamiento. ¿Quién entendía que los ayuntamientos que habían logrado un superávit –entre otras cosas, porque no han robado, como hacía el PP- no pudieran invertir ese dinero en mejorar la vida de los vecinos?

Y por último, el PP se ha dicho: nosotros cumplimos a la internacional financiera, hacemos la tarea de demolición, pero los votos ¿quién se los está llevando? Ciudadanos. Pues hasta aquí hemos llegado. Y aparece la nueva aprobación de gasto a los municipios, la promesa de deducción en el IRPF para los pensionistas, la voluntad de recuperar las 35 horas para los funcionario. A lo mejor los del PP vuelven a hablar catalán en la intimidad. El PP quiere prepararse para las elecciones de 2019. Y está dispuesto a gastar lo que luego volverá a recuperar. El préstamos, que se pagará caro, lo hará la Unión Europea. Para eso ha puesto a Guindos en el Banco Central Europeo.

En cualquier caso, más allá de la pelea del PP con Ciudadanos, la situación toma contornos de tormenta perfecta: presión en la calle, trabajo institucional en el Parlamento que va a primar la regeneración, más presión de los ayuntamientos del cambio. Esto promete.