La tramoya

Blog de Juan Torres López

Podemos, entre ataques ajenos y errores propios

04 Mar 2016
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Desde que apareció en la escena política, Podemos en general y sus dirigentes en particular han sufrido los ataques más fuertes que se han registrado en la historia de nuestra joven democracia.

Para evitar su ascenso se ha recurrido al insulto y la descalificación e incluso a mentiras y calumnias. Multitud de periodistas y medios han constituido una especie de legión dedicada en cuerpo y alma a combatir y descalificar sus propuestas, pasando sin solución de continuidad de la crítica política a los más crueles ataques personales.

Nunca se había visto algo así en nuestra vida política pero en cierta medida era previsible que haya sucedido.

Ya no se puede seguir disimulando la corrupción y los privilegios vergonzosos e ilegítimos de los que disfrutan los más poderosos del reino, desde Don Juan Carlos de Borbón y su familia hacia abajo, y a todos ellos entró el pánico cuando pensaron en la simple posibilidad de que unos advenedizos no solo pudieran llegar a gobernar sino a disponer de información sobre lo que hacen con España y con el dinero de los españoles detrás de la tramoya y de sus grandes declaraciones de amor a la Patria.

Los bancos, las grandes empresas, las familias “de siempre”, muchos políticos e incluso partidos casi en su totalidad (como vemos que está pasando con las tramas urdidas por el PP en Valencia o Madrid) llevan años y años apropiándose a su antojo del Estado y de sus instituciones en beneficio propio. Y para salvaguardar sus intereses han tejido una red numerosa y tupida de “empleados” a quienes mantienen a base de las sobras que les deja su pillaje. Estos últimos (políticos que cobran complementos millonarios, periodistas, economistas…) son los encargados de elaborar el discurso social que oculta y legitima el estado de saqueo en el que vivimos, tirándose al cuello, si hace falta, de quien ose poner todo eso en cuestión. Los periodistas que acaba de descubrirse que están en cuantiosa nómina de El Corte Inglés o los sueldos millonarios que cobran otros en diferentes medios de comunicación de la derecha o la Iglesia son buena prueba de lo que digo.

Podemos no es sino una expresión de la indignación social cada día más generalizada ante todo esto y si no hubiera nacido de la mano de Pablo Iglesias lo hubiera hecho de la de cualquier otra persona o con otro nombre porque ya no se puede seguir aguantando lo que estamos viviendo, los escándalos de cada día, la corrupción galopante y una institucionalidad nacida de los consensos de la Transición que (nos guste o no) ya no da más de sí y se viene abajo.

Es normal que en este ambiente Podemos no haya podido construir con sosiego su discurso ni definir y asumir con suficiente serenidad la ética y la estética con la que se presenta a la sociedad. La vorágine de los hechos le ha obligado a improvisar y los ataques constantes y tantas veces tan injustos han debido someter a sus dirigentes a un acorralamiento abrasivo que impide pensar bien y hacer política “normal”, y mucho más en condiciones tan excepcionales como las que vive España.

Creo, por tanto, que es injusto culpar a Podemos de todo lo que pueda estar haciendo mal o hacer responsables solo a sus dirigentes de sus fallos o ni siquiera de tantas contradicciones y pasos en falso como han dado (y que incluso algunos de ellos han reconocido en público). El medio ambiente que a propósito le han creado los grandes poderes financieros y mediáticos al sentirse asustados con su sola presencia posiblemente esté siendo tan responsable o más de la imagen (buena o mala, según se mire) y de la actuación con las que se presenta Podemos ante la sociedad.

Pero dicho eso, creo que no se puede obviar la parte de responsabilidad propia y los errores que a mi juicio pueden hacer que Podemos entre en barrena y frustre la confianza que ha recibido de millones de personas y votantes.

La presión ambiental, el acoso, las mentiras y los ataques antidemocráticos que día a día reciben Pablo Iglesias y sus compañeros no van a desaparecer porque forman parte de la idiosincrasia y del modo habitual de actuar de unos grupos de poder que siempre han creído que España es suya. Recuérdese lo que decían cuando el Partido Comunista trataba de abrirse paso, con todo derecho, en la democracia que nacía tras la muerte de Franco y lo que hicieron para evitar que fuera influyente. O los ataques que dedicaban a los socialistas que se disponían a gobernar España de la mano de Felipe González con una mayoría electoral nunca antes registrada. Son los mismos grupos que llegaron a decir que Rodríguez Zapatero era nada más y nada menos que cómplice de ETA o que ahora dicen que si hubiera un gobierno de cambio progresista España se hundirá en la miseria.

Pero, a mi juicio, el principal problema que está empezando a tener Podemos ya no es ese clima sino su propio comportamiento que lo reaviva y que no contribuye crear condiciones más favorables para que surja y se consolide la nueva forma de hacer política que en España se necesita tanto como el aire que respiramos.

La trampa en la que cae Podemos es responder a la prepotencia del poder oligárquico con arrogancia y chulería; a los continuos intentos que se hacen para excluir su disidencia con un discurso frentista que le separa de las grandes mayorías sociales. Su error fatal, creo yo, es hacer del lenguaje político una variación del espectáculo televisivo, una provocación constante y no ser consciente de cómo es y qué desea la inmensa mayoría de la gente común de España, a quien (según me parece a mí) no le va tanta bronca, ni el macarrismo, ni la faltas de respeto a los demás o a las formas más elementales de convivencia formal entre personas educadas. Se equivoca a mi juicio Podemos haciendo una interpretación masculina, agresiva, competitiva y tacticista de la política. Se equivoca cuando vocifera en lugar de susurrar y cuando agrede en lugar de extender la mano; cuando, en vez de ayudar a que se acerquen las gentes, abre tan drásticamente un surco insuperable entre “ellos”, los buenos, y los demás, porque la sociedad es mucho más compleja y porque la casta (que existe) no es, sin embargo, todo lo que a Podemos le parece casta solo porque no es como Podemos. Podemos se equivoca en esta fase de negociación con su baile de ahora me siento, ahora me levanto, al renunciar a la estrategia y a los principios a cada instante o, al menos, cuando los pone tan a buen recaudo que parece que no los tiene. Se equivoca cuando en momentos de tanta agresión concentra todo lo que puede el poder interno y renuncia al abrazo de quienes quisieran estar al lado de sus dirigentes para animarlos, ayudarles y decirles al oído que sí se puede pero que, en realidad, solo se puede si lo intentamos todos y no solo unos cuantos ungidos de luz, poder personal y oportunismo.

Por último, me temo que Podemos, que hasta ahora ha dado muestras de haber sabido “leer” a la perfección los deseos de una gran número de españoles hartos de la corrupción y del bipartidismo que la amparaba, se confunde en la lectura más reciente de lo ocurrido en las últimas elecciones.

Tras el 20D, nadie puede imponer nada en el mapa político. Primero, porque aritméticamente no es posible, y segundo porque es cada vez más evidente que la gente común desea otro modo de hacer política, de ser político y de estar en la política. Y todo esto último no solo consiste en hacer demagogia con los sueldos, con los coches oficiales o con los recibos de unos cuantos taxis, ni en creer que la gente común solo es la que comúnmente hay en Podemos. Consiste en hablar de otro modo, en tener empatía incluso con quien no piensa como tú, en saber negociar y pactar con el contrario cediendo a veces, en construir sociedad y bienestar también con quien está en las antípodas de tu pensamiento (los viejos del lugar dirían con razón que no otra cosa es la lucha de clases, esa que dicen que ya ha desaparecido).

Podemos se está equivocando fatalmente porque actúa como si la correlación de fuerzas fuera otra de la que realmente existe. Con la que ha surgido del resultado electoral no es posible imponer la estrategia maximalista que Podemos se empeña en imponer, de modo que su comportamiento o es inútil o no tiene (como yo creo que le está pasando) credibilidad alguna (es muy difícil creer que quiere o puede llegar a acuerdos con otra parte quien le pone condiciones imposibles, quien no está dispuesto a renunciar a algo mientras que le exige a la contraparte que renuncie a mucho, o quien agrede sin necesidad y en el peor momento a quien le propone ser socio).

Y la consecuencia de apostar por esa estrategia maximalista es que Podemos no aprovecha la poderosa capacidad de negociación de la que dispone. De momento, no ha sido capaz de lograr que en los pactos que hay sobre la mesa se mejoren las propuestas sobre bienestar de millones de personas o de regeneración democrática y se eliminen las que suponen un paso atrás en este sentido. Y corre el riesgo de terminar convirtiéndose, como ya le ocurre en Andalucía, en una especie de fuerza política “de segunda división”.

Las grandes palabras y los gestos y declaraciones rimbombantes se las lleva el viento. Lo que queda y lo que hace que una fuerza política se perciba por la ciudadanía como un auténtico motor del cambio social y del progreso histórico es su contribución efectiva a lograr mejores condiciones laborales, económicas y políticas en cada coyuntura y en correlaciones de fuerzas que no siempre son las favorables o deseadas. A veces, como puede suceder ahora, las estrategias de máximos pueden dar mínimos resultados y las apuestas minimalistas son las que proporcionan el máximo y mejor resultado de todos los posibles.

Podemos es ya un proyecto demasiado importante como para que se vaya por la borda por mor de bravuconerías y arrogancia.


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