Los viejos papeles: negra y sentimental

Hay novelas negras que te agarran por las solapas y no te dejan escapar; otras te golpean el estómago hasta que sacas fuera esa sombra negra que todos llevamos dentro; algunas incluso te iluminan la mente como si “te hubieran disparado con un diamante en la frente”, que diría el Coronel Kurtz en Apocalipsis now. Pero hay unas pocas que lo que consiguen es despejar las tinieblas que rodean nuestro corazón, que logran emocionarnos de una forma íntima, que nos hablan de nosotros mismos, sin saber bien por qué.

Los viejos papeles, de David G. Panadero y publicada por Cuadernos del Laberinto, pertenece a este último grupo. Panadero es una de esas enciclopedias andantes que igual habla de cine, de música y, por supuesto, de novela negra demostrando que sus conocimientos en estas materias son sólo abarcables si uno piensa en hectáreas. El romántico chiflado que en 2002 creó la revista Prótesis, un referente dentro de la novela negra que ha vuelto a editarse en papel este año. Una verdadera joya.

Hay mucho de Panadero en Los viejos papeles. Se nota desde la primera página que es una de esas novelas que nacen en las entrañas del escritor, no en su cabeza. Una vivisección que el autor se hace a sí mismo, dolorosa pero necesaria. Algo que la convierte en una novela única.

Un joven periodista que acaba de perder a su madre emprende su proyecto más personal: un gran reportaje sobre las novelas de bolsillo durante el franquismo. Para ello se entrevista con Mateo Duque, un viejo escritor que publicó decenas de novelas durante esa época con el pseudónimo de Matt Duke. Poco a poco la relación se hace más estrecha entre los dos hasta que el joven periodista se da cuenta de que un suceso del pasado le liga al viejo escritor. Un hecho terrible en el que participan la traición y la muerte. Ideales rotos, lealtades inquebrantables y el tiempo como juez de todos nuestros actos. El pasado regresa para caer como un pesado manto sobre los dos personajes que no pueden hacer nada para evitarlo.

Hace ya poco más de una semana que terminó la XXX Semana Negra de Gijón, un orgullo que hayan cumplido 30 años. El Premio Dashiell Hammett a la mejor novela del año ha sido para Madrid, Frontera, de David Llorente y publicada por Alrevés. El premio Silverio Cañada a la mejor primera novela del año recayó en El peso del alma, de José María Espinar y publicada por Edaf. Unos galardones que han vuelto a dejar claro que la Semana Negra de Gijón mantiene su independencia por encima de presiones interesadas, imposiciones de lo políticamente correcto o intereses comerciales. Larga vida a la Semana Negra. La necesitamos.