Publicidad

Las Termópilas socialistas

30 may 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious

El 7 de julio de 2008, en la primera reunión de la nueva ejecutiva federal del PSOE elegida en su 37 congreso, un veterano dirigente advirtió a los novatos, que creían haber alcanzado la cúspide del poder en el partido, sobre las peculiaridades de la mecánica de funcionamiento interno: “Aquí lo que parece no es y lo que es, no aparece”. Diez años después de que se instauraran estos usos y costumbres con la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al liderazgo socialista, se ha producido un contagio viral que afecta a prácticamente todos los escalones del PSOE y del Gobierno.

“Lo que parece no es” quiere decir que la ejecutiva no ha sido nunca, con la excepción del secretario general, el auténtico centro de poder del PSOE, como en el Gobierno tampoco lo es el Consejo de Ministros. “Lo que es, no aparece” significa que, con la excepción del presidente, quienes realmente ejercen el poder no ocupan los cargos que públicamente lo simbolizan. El verdadero núcleo de poder del Gobierno no está ni siquiera en la decena de personas que participan en los maitines de los lunes, de la misma manera que el auténtico tridente no lo constituyen sus tres vicepresidentes ni los negociadores del pacto de Zurbano, por más que el presidente les atribuyera públicamente esa condición.

El tridente lo forman, junto a Zapatero, los convocados de urgencia a la Moncloa en la tarde del domingo 9 de mayo, cuando se fraguó el plan de ajuste aprobado este jueves. Los llamados fueron, como en otras situaciones de emergencia, José Blanco y Alfredo Pérez Rubalcaba. Si hay un tercer diente, lleva el nombre de José Antonio Alonso, que además de ser el portavoz parlamentario es el amigo y confidente, aunque no cuente con el predicamento que en el partido tienen los dos ministros. Y después hay una influyente constelación de asesores sin nombre ni rostro público.

Los 169 de Zapatero

De esta perversión de los procedimientos en la formación del criterio político y la definición de la estrategia para su aplicación emana, a juicio de quienes los han conocido desde dentro y de quienes los padecen, buena parte de los males que aquejan el funcionamiento del Gobierno. El desorden como método, que somete el proyecto a la visión del líder y promueve las rivalidades entre los subalternos para reforzar la dependencia absoluta de aquel, fue asumible para transitar en la oposición e incluso para gobernar en tiempos de bonanza. Pero ahora que la crisis y el acoso conjunto de la oposición han convertido la legislatura en una batalla de las Termópilas, el Gobierno sólo podrá sobrevivir siguiendo el ejemplo de los espartanos, que acudían al combate en formación de tortuga, aquella en la que cada individuo protege con su escudo a su compañero, hombro con hombro, y todos al jefe. Lo malo de este orden de batalla que permite enfrentarse con éxito a fuerzas muy superiores es que, al exigir que cada uno tenga perfectamente definido su posición dentro de un esquema tan jerarquizado como solidario, cualquier error o egoísmo individual puede destruir al conjunto.

De momento, los diputados del PSOE han contenido la acometida de la oposición actuando como los 169 espartanos de Zapatero a imagen y semejanza de los 300 de Leónidas, pero desde el Consejo de Ministros y desde la estructura territorial del partido no se transmite la misma disciplina y armonía de movimientos que es condición imprescindible para el éxito de la disposición militar inventada por los romanos.

¿1995 o 1985?

A pesar de que algunos dirigentes del PSOE –partido con acusada propensión a la melancolía– dan por sentado que se está ante “el principio del fin” del ciclo de Zapatero, hay muchos más que creen que la derrota electoral no es inexorable. El presidente atraviesa por su peor momento de valoración ciudadana. Pero no sólo es que aún le queden dos años para remontar y que la alternativa sea Atila Rajoy, sino que en estos momentos no se percibe un clima de hostilidad social hacia el Gobierno.

Aunque la intervención de Duran i Lleida en el Pleno del Congreso que aprobó el tijeretazo social ha dado pie al paralelismo fácil con 1995, cuando Jordi Pujol forzó un adelanto electoral que supuso al año siguiente el final acelerado por la corrupción de un ciclo de poder socialista, la situación actual remite más bien a 1985, el año del ajuste duro que supuso la reconversión industrial y que no impidió la reelección de Felipe González en otras tres ocasiones. Si bien González estaba en su momento más dulce y Zapatero vive el más amargo, entonces como ahora no se percibe otra hostilidad hacia el PSOE que la que la derecha siempre ha sentido y practicado con Zapatero.

Hay, sí, desconcierto, inquietud y peligro de que la sociedad dé la espalda a la política. Un desconcierto que con frecuencia provoca el presidente. Primero entre los suyos, como cuando ordena aparcar el debate sobre un tributo para los ricos y luego es el primero en saltarse la prohibición. Después entre sus posibles aliados, al gobernar como si tuviera mayoría absoluta, cuando ha desaparecido hasta la que tuvo virtualmente durante la primera legislatura gracias al hallazgo de una geometría variable ahora inutilizada por el abuso y se hace más precisa una alianza como la que el rey Leónidas estableció con las poleis griegas para frenar a Jerjes. Y hay una inquietud que alcanza al conjunto de la sociedad ante el duelo a garratozos por el poder entre quienes fueron elegidos para resolver los problemas de la gente.

La metamorfosis presidencial

23 may 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Al presidente le habría bastado con una insinuación para que se cancelara el acto municipal convocado para hoy por el PSOE en Elche, de la misma forma en que se ha aplazado la convención inicialmente prevista para esta fecha y lugar. Pero José Luis Rodríguez Zapatero no ha querido dejar pasar esta oportunidad de reivindicarse al abrigo de los suyos: una escogida representación de 2.000 concejales y alcaldes, llamados a ser los altavoces, estandartes y, llegado el momento, primeros mártires electorales.

Diez días después del anuncio del tijeretazo social, José Luis Rodríguez Zapatero afronta su primer mitin. El primero y, a la vista de su agenda institucional, el único que va a protagonizar en bastante tiempo, de modo que la cita se presenta como una oportunidad única para tomar el pulso de las arterias del partido e intentar recomponer su discurso, maltrecho tras la automutilación política del ajuste económico que ya ha quedado registrado para la historia como el más severo del periodo democrático.

Se viven días duros en la Moncloa, donde el consuelo de cada jornada es que no sea peor que la anterior y pase sin sobresaltos. Pero la amargura no es menor en el PSOE, donde prima el desasosiego por el giro social sin paliativos y la inquietud por la cotización a la baja de su principal activo electoral.

“Sigo siendo el mismo”

La síntesis anticipada de la intervención de Zapatero ante su partido, cuyas filas intentará vigorizar a base de autoestima, podría resumirse en cuatro palabras: “Sigo siendo el mismo”. O con alguna más, pero suyas: “No hay un ZP antes y después. Mis valores, mis convicciones y mis políticas están ahí, hasta donde pueden y hasta donde racional y humanamente uno puede hacer atendiendo a las circunstancias”.

La reivindicación resulta imprescindible y hasta perentoria ahora que cunde la idea de que la crisis ha operado una metamorfosis política en el presidente. No hay vida, ni biológica ni política, que aguante la construcción de dos leyendas, el imprescindible relato de acompañamiento para cualquier liderazgo, por demediado que pueda estar. Y la leyenda de Zapatero está indisolublemente asociada a la extensión vanguardista de derechos cívicos y sociales, las ramas de su cuerpo político a las que ahora ha tenido que aplicar la tijera, con la intención de que sea una poda y no una amputación.

Zapatero tiene sobrados argumentos para defenderse en este terreno, donde su balance sigue siendo, aún después del recorte, considerablemente mejor que el que dejó José María Aznar, cuyos gobiernos se aplicaron sin desmayo al desmantelamiento de lo público. Pero, como bien sabe el líder socialista, a ningún político se le vota por lo que hizo en el pasado, sino por lo que hace en el presente y, sobre todo, por la expectativa de futuro que es capaz de generar.

Sin embargo, el presente continuo absorbe hoy todas las energías, pasajeros como son también los gobernantes de la montaña rusa virtual en que se ha convertido la sociedad occidental. La prioridad de prioridades del presidente no puede ser en estos momentos otra que estabilizar la situación económica, porque la razón última del tijeretazo social no ha sido otra que impedir que a España la descarrilen y acabe en la cuneta como Grecia. Verificado que la velocidad sin límites es el paradigma del tardocapitalismo –lo que prefigura el colapso como estación final–, Zapatero se ha encontrado sin otro margen de planificación que dar cada paso sólo después del anterior y con la mano agarrada a la barandilla. “Y luego ya veremos”.

El último ejemplo de la dinámica de aceleración continua ha sido el debate sobre la no-decisión de crear un impuesto para los ricos. Cuando Zapatero acudió el miércoles de la semana pasada a presentar en el Congreso de los Diputados el plan de ajuste duro, en su discurso tenía escrita una frase enunciadora de la filosofía de esta medida, pero a última hora decidió suprimirla porque no quería que pareciera una coartada demagógica en “el día del ajuste”, porque la respuesta que en ese momento exigían los mercados era el recorte del gasto y porque las instituciones europeas y los organismos financieros no quieren que se mezcle esta columna con la de los ingresos. Al final se le escapó en el toma y daca con Joan Herrera (ICV) y el debate fiscal se desbordó porque el ajuste había dejado al PSOE abatido y anémico. El jueves, el presidente echó el freno para que ninguna filtración le marque la agenda, pero lejos de transmitir así un gesto de autoridad, alimentó la imagen de que amaga y no da, de que improvisa y gobierna a base de globos sonda.

Tras el tijeretazo al gasto público, la próxima estación es la reforma laboral. Zapatero no ha tenido más opción que poner sobre el tapete el mayor capital que había logrado acumular desde el estallido oficial de la crisis: la paz social. Ahora es consciente de que la huelga general, que tanto se afanó por evitar, es “una posibilidad” que se aproximará mucho a la certeza si no logra que fragüe un consenso entre los interlocutores sociales. Sin acuerdo, el Ejecutivo tendrá que decidir por decreto ley y, llegados a ese punto, los sindicatos se quedarán sin argumentos para frenar el descontento y la derecha tendrá la excusa para hacer la pinza al Gobierno con un cierre patronal.

El estímulo de la confianza

Ahora que el recorte de la inversión pública afectará al crecimiento y el empleo, la evolución económica depende de que la inversión privada ocupe su espacio. Y esto pasa por la confianza. Como Obama dijo a Zapatero: “El estímulo fiscal más barato es la confianza”. Pero la confianza es un valor que se conquista con lentitud y se pierde con rapidez.

La hora de la política

16 may 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Los fantasmas gobiernan la economía, pero ¿quién gobierna los fantasmas?”, se preguntaba en 2003 Franco Berardi, tras advertir: “La utopía de una economía de la inteligencia (…) ha dado paso a una economía psicópata” (El sabio, el mercader y el guerrero, Acuarela&Antonio Machado). El aviso tuvo un precursor en España: Alfonso Guerra, que en 1990 reclamó para escándalo de los biempensantes de la izquierda una ley de hierro sobre los beneficios. Aquí, como en Italia, las voces de alarma fueron descalificadas por extremistas y cayeron en saco roto.

La consecuencia es que hoy los fantasmas pululan desmadrados, ebrios de una codicia sin límites que sacian con desmesura bulímica amparándose en la impunidad que les brindó la pérdida de autoridad de la política. Los mercaderes no sólo han confundido a los sabios y acorralado a los guerreros, sino que han perfeccionando los fundamentos del terrorismo hasta conseguir sembrar el pánico con simples rumores, mucho más difíciles de  desactivar que la más sofisticada de las bombas.

Los pistoleros del capitalismo de casino tienen nombres y apellidos y residen en países con gobiernos elegidos democráticamente para defender los intereses colectivos, pero estos actúan a la defensiva y a remolque de acontecimientos que desbordan su capacidad de previsión y de respuesta. Eso si es que no han perdido parte sustancial de su soberanía, como en el caso de Grecia, a la que se ha impuesto, según quienes conocen sus pormenores, el plan de ajuste más duro aplicado a ninguna nación sin mediar una guerra.

Estragos morales

Siendo de extrema gravedad las consecuencias económicas de la crisis, lo peor son sus estragos morales y, de entre ellos, especialmente el que transfiere a las víctimas el sentimiento de culpabilidad.

Cómo si no puede tener Gerardo Díaz Ferrán la impúdica osadía –y encontrar una plataforma donde hacerlo– de pontificar sobre las medidas a adoptar para salir de la crisis después de haber hundido a todas sus empresas, sin que sus socios de la CEOE se sonrojen de que el tal sea su representante público. Cómo si no es posible que Fernando Martín, presidente y primer accionista de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa, que protagonizó en 2008 la mayor suspensión de pagos de la historia y que aún no ha empezado a pagar la deuda de 7.000 millones con la se declaró insolvente, se haya embolsado en 2009 la cantidad de 2,63 millones con el subterfugio de que ha sido su remuneración como consejero ejecutivo. Cómo si no podría ser esta una lista de ejemplos de amoralidad casi interminable.

Tras el estallido de la gran crisis financiera se proclamó a los cuatro vientos que nada volvería a ser igual, pero los comportamientos no se han alterado. Que el lampedusismo sea el espíritu que guía a los tahúres del capitalismo no puede sorprender porque ya les va bien, tanto o mejor que antes, pero resulta incomprensible el inmovilismo político porque, como ha advertido la socialista francesa Martine Aubry, se está sedimentando una conciencia colectiva que clama: “Para salvar a los pueblos, nunca hay acuerdo; para salvar a las bolsas, sí”, y no habrá plan de ajuste eficaz si se desencadena una crisis social. La desconfianza hacia los partidos tradicionales se manifiesta ya en toda Europa con parlamentos sin mayorías absolutas, de forma que amenaza con propagar el virus de la italianización –la política y la sociedad circulando por carriles paralelos y autónomos– y esta fractura hasta se antoja un mal menor.

Aplicando las recetas de siempre a una crisis como nunca, que reclama a gritos refundar un capitalismo sometido a la ideología del crecimiento económico ilimitado y a la ley del beneficio sin fronteras, acaso estemos asistiendo, sin darnos cuenta, a la siembra de una revuelta social de alcance impredecible.

La crisis y el poder

En España, el debate parlamentario del miércoles demostró que, con todas sus limitaciones, si algún dirigente ha interiorizado la dimensión de la crisis, aunque haya sido a pescozones y dejándose muchos jirones, es José Luis Rodríguez Zapatero.

Mientras que el presidente hacía de tripas corazón con su programa político más querido, Mariano Rajoy se limitaba a buscar el anhelado “ajuste de cuentas” de la derecha con el líder del PSOE, olvidando cualquier aportación constructiva el “ajuste del gasto” que tanto ha predicado. Incluso CiU, que capitaliza el espacio yermo de la oposición constructiva, cizaña con una moción de censura que no apoyaría, mirando con un ojo al PSOE, con el otro al PP y con los dos a las elecciones en Catalunya. La penosa conclusión es que los políticos españoles no están en un combate contra la crisis y para ganar la recuperación, sino en un combate por el poder.

Los acontecimientos han venido a demostrar que en la Moncloa no se improvisa más que en las residencias de los demás gobiernos europeos, pero eso no puede servir de consuelo al presidente ni al PSOE, porque el desafío es trascendental para el futuro del país y de la izquierda. Los mercados pueden darle la puntilla como presidente en las próximas elecciones, pero si Zapatero no logra rearmar un discurso de izquierdas, que la crisis ha demolido, dejará al PSOE en una situación de la que no levantará cabeza por muchos años.

Ha dicho Zapatero a sus ministros: “Ahora es cuando de verdad se hace política”. Si es posible y no es demasiado tarde.

La batalla de Madrid

08 may 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious

A José Luis Rodríguez Zapatero ni siquiera se le mueve la ceja cuando le preguntan quién será el candidato del PSOE para la Comunidad de Madrid en las elecciones de mayo de 2011. Impelidos a interpretar su silencio, los concernidos han concluido que la decisión está abierta y esta incertidumbre ha alentado el órdago lanzado esta semana por el secretario regional, Tomás Gómez, contra el vicesecretario general del partido, José Blanco.

Tras la apariencia de una bronca personal se esconde una de las preocupaciones políticas que encoge al PSOE cuando se pone ante el almanaque. A un año para las elecciones autonómicas, no ha logrado consolidar liderazgos alternativos en ninguno de los territorios donde está en la oposición. La situación resulta especialmente inquietante para los socialistas en Madrid y Valencia, tanto por la entidad de ambas comunidades como por su incapacidad para aprovechar condiciones objetivamente favorables para el cambio político. En ningún otro lugar lleva el PP tanto tiempo en el poder y, a la vez, presenta una posición tan debilitada por la acumulación de indicios de corrupción.

El agrietamiento de la imagen de Esperanza Aguirre por la ramificación madrileña de la trama Gürtel –que amenaza con sacar a pasear el fantasma de Tamayo y cia– y la irrupción en la escena madrileña de Rosa Díez como alternativa de política insurgente, abren una posibilidad fundada de conquistar el Álamo de la derecha, hasta hace poco inexistente.

Nunca antes como con Zapatero logró el PSOE tal concentración de poder autonómico, en gran medida achicando el espacio de los nacionalistas en los territorios donde estos tienen gran implantación, pero alcanzada la cima sólo queda el descenso. Con la posibilidad cierta de perder Catalunya y amenazado el feudo de Castilla-La Mancha, sólo la conquista de Madrid podría compensar el recuento de pérdidas. 

La maniobra de Gómez

Pero no se trata sólo del poder autonómico. Si en 2008 fue Catalunya la que dio la victoria a Zapatero, ahora se trataría de ganar Madrid –donde nunca lo ha hecho el presidente del Gobierno– para volver a ganar España en 2012. Esta es la auténtica trascendencia de lo que se esconde tras el estallido de desafecto entre Gómez y Blanco.

Su enfrentamiento se remonta prácticamente al momento de la elección del alcalde de Parla como recambio de Rafael Simancas al frente de los socialistas madrileños, en 2007. Fue una decisión unipersonal de Zapatero, que tuvo como principal aval el dato de que Gómez era, en aquel momento, el alcalde de toda España elegido con más apoyo popular. Blanco, que tenía su propio candidato, nunca creyó que esa fuera condición suficiente para dirigir una federación históricamente marcada por la inestabilidad y las banderías. Y Gómez, convencido de que le bastaba con el apoyo de Zapatero, rechazó la oferta del entonces secretario de organización del PSOE para apuntalar su equipo con personas de su confianza. Desde entonces la distancia entre ambos no ha dejado de aumentar.

Que el choque haya saltado ahora a la opinión pública no ha sido casual, sino premeditado. Nadie que quiera contar algo sin que trascienda lo hace ante 40 personas y, por si cabía alguna duda, ni Gómez ni Blanco hicieron nada por impedir que se divulgara. De todo lo dicho por el secretario general del PSOE madrileño, lo sustancial no fue que acusara al vicesecretario general de ponerle zancadillas y favorecer la reelección de Aguirre con su gestión como ministro de Fomento, sino su proclama de que no renunciara a ser el candidato socialista aunque Zapatero le ofrezca la luna.

Gómez ha actuado a conciencia de que era de eso de lo que se estaba hablando en los círculos de poder del PSOE: “Cuando llegue el momento, se le ofrece un cargo y asunto arreglado”. Desde finales de febrero se venía oyendo a más socialistas y con más intensidad hablar de la necesidad de buscar una alternativa “de peso” a Esperanza Aguirre. Y esa alternativa se llama Trinidad Jiménez. Su nombre lo lanzó Blanco cuando, a los pocos meses de su nombramiento como ministra de Sanidad, ya se había encaramado a los primeros puestos del ranking de miembros del Gobierno mejor valorados. La que fuera en 2003 candidata a la Alcaldía de Madrid, aceptará el desafío –como siempre– si Zapatero se lo pide, pero el presidente sólo lo hará si se acredita suficientemente que puede destronar a Aguirre.

“El liderazgo se gana”

Con esta pizarra al descubierto, el mensaje de Gómez es que, si se consuma el movimiento, morirá matando. Por eso necesitaba identificar públicamente a un enemigo. Desde su elección ha cometido un sinfín de errores, pero su maniobra ha activado los resortes emocionales de la militancia y los cuadros dirigentes de una federación cansada de los experimentos con candidatos de quita y pon, que desaparecen de la escena en cuanto se descuelga del cartel de las elecciones. Por eso, que el suyo sea un órdago perdedor está por ver.

Quienes defienden su candidatura no sólo apelan al respeto hacia el líder elegido por la militancia que aún no ha tenido ocasión de pasar por las urnas, sino que subrayan que está archidemostrado que los candidatos de relumbrón no funcionan. Pero quienes reclaman un peso pesado alegan que para ganar “hay que transmitir con la personalidad del candidato la sensación de que se quiere ganar y eso el electorado lo huele”.

A finales del año pasado, Zapatero le hizo a Gómez una advertencia revestida de consejo, o viceversa: “El liderazgo se gana”. Y Gómez ha decidido, como Hernán Cortés, quemar sus naves para demostrar que su ambición presidencial es indeclinable.

Derrotar al Gobierno

02 may 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Derrotar al GobiernoRajoy respalda cualquier iniciativa que pueda descalabrar a Zapatero

Derrotar al Gobierno se ha convertido en el deporte político nacional. Mediada la legislatura y con múltiples procesos electorales a la vista, todos los diputados de la oposición aspiran a emular en algún momento la leyenda bíblica de David contra Goliat, aunque la mayoría sólo pretenda hacerle un chichón a José Luis Rodríguez Zapatero, pues sólo el PP actúa con el objetivo confeso de tumbarlo.

Esta semana el trofeo de la feria parlamentaria se lo llevó Francisco Jorquera, portavoz del BNG. Después de haber sido durante cuatro años uno de los puntales del Ejecutivo socialista hasta el fracaso del bipartito en Galicia, los nacionalistas gallegos demostraron que hasta los partidos más pequeños están en el secreto de la geometría variable. Lo que vale al Gobierno para satisfacer su necesidad de completar la mayoría, vale también para la oposición a la hora de construir coaliciones negativas.

Con sólo dos diputados, el BNG le endosó el martes una derrota al Ejecutivo, al que soporta un grupo de 169. No fue una derrota cualquiera. Y no sólo por la identidad de su promotor, sino por lo que tiene de sintomática de una pauta de conducta: la misma oposición que se levanta por las mañanas exigiendo recortes en el gasto público, pide aumentos a la caída del atardecer, en un comportamiento esquizofrénico que empuja a los socialistas a la consulta del psicoanalista.

La triple ‘i’ del PP

La derrota del Gobierno se tradujo en la aprobación por el Pleno del Congreso de una proposición de ley que exige rebajar al 4% el IVA que se aplica en toda la cadena alimenticia, medida cuya aplicación se calcula que supondría una minoración de 2.200 millones en los ingresos de las ya escuálidas arcas del Estado. Cual Atila parlamentario, Jorquera logró unificar el voto de todas las tribus de la oposición, salvo el de Rosa Díez, que por una vez y sin que sirva de precedente se alineó con Zapatero, y el de UPN, que se mantuvo equidistante con la abstención. Pero el portavoz del BNG no habría conquistado el laurel sin el apoyo del PP, dispuesto a solidarizarse con cualquier iniciativa que, aunque proceda de sus antípodas ideológicas, suponga un descalabro para el Gobierno, aun a riesgo de exhibir incoherencia, ignorancia e irresponsabilidad.

Incoherencia porque acto seguido defendió una proposición no de ley reclamando la prórroga de las ayudas para la adquisición de automóviles, medida que supondría el desembolso de unos 100 millones de euros. Y mientras que se desgañitaba en el hemiciclo pidiendo una cosa y la contraria, en una sala próxima echaba “más madera”, al estilo de Groucho Marx, congregando a un centenar de alcaldes para comandados por Javier Arenas y Soraya Sáenz de Santamaría reclamar más dinero para los gastos municipales.

Ignorancia porque el IVA que se aplica a los alimentos está sometido a una directiva de la Unión Europea, de forma que ninguno de los países miembros puede cambiarlo a su libre albedrío. E irresponsabilidad porque, salvo que se prefiera tildar de mala fe, no de otra forma puede calificarse la conducta de quien hace un discurso de exigencia de ahorro al tiempo que promueve o apoya medidas que obligan al Gobierno a ir en dirección contraria, con riesgo evidente de naufragio colectivo al arrastrar el país con el oleaje político hacia los arrecifes donde merodean los insaciables tiburones del capitalismo.
La excepción de Zurbano

Instalado al pie del acantilado, la oposición de Mariano Rajoy se orienta exclusivamente al objetivo de desestabilizar al Gobierno hasta provocar su caída. De hecho, sus portavoces ya han comunicado a varios ministros que el voto favorable a los decretos de Zurbano fue la excepción que confirma la regla. No habrá más pactos. Si Zapatero los quiere, tendrá que llamar a otra puerta.

De todos los personajes que participan en el reparto, sólo el representado por el PNV ha dado muestras de ser un socio fiable y, hasta donde puede serlo la política, altruista. No sólo ha apoyado los presupuestos del Gobierno, sino que también dio al PSOE los votos necesarios para doblegar la oposición de la derecha a la controvertida reforma de la Ley del Aborto. Pero la posibilidad de matrimoniar con el PNV aparece hipotecada por el romance que en Euskadi mantiene Patxi López con el PP. De ahí que el objeto de la invitación que Zapatero cursó a Íñigo Urkullu para visitar el 6 de abril el palacio de la Moncloa no fuera tanto amarrar el apoyo del PNV a los decretos de Zurbano como mantener los puentes tendidos pensando en el futuro. Urkullu está ideológicamente más lejos de Zapatero que Josu Jon Imaz, pero tiene ya un control de su partido que su predecesor nunca logró.

La dote de CiU son sus diez votos, que por sí solos garantizarían la mayoría absoluta. Pero el historial de los nacionalistas catalanes, que el martes contribuyeron activamente a la ducha escocesa a que fue sometido el Gobierno en el Congreso, indica una fuerte querencia por las relaciones de amor y odio, que tienen la marca de la inestabilidad al estar sometidas a la máxima de “por el interés te quiero…”. Y si algo quiere CiU es recuperar el gobierno de Catalunya, en abierta confrontación con 25 los que aporta el PSC de los 169 diputados que sostienen a Zapatero en la Moncloa.

Al crédito del presidente para continuar como inquilino del palacete nada ayuda su empeño en jugar a las predicciones, ciencia a la que sólo supera en márgenes de error la economía. Hubo un afamado meteorólogo que, llevado de su vanidad, se jugó en TVE el bigote a una previsión. Huelga recordar que perdió el bigote.