Servicio público

23 Abr 2009
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De las muchas estupideces que orbitan en torno a la televisión, la más recurrente es ésa que afirma que la televisión pública debe ser un servicio público. Como un váter de monedas, pero con Teletexto. Debe servir al ciudadano, que para eso la paga. “Esta noche, en prime-time, Telefarmacia, donde Carlos Sobera leerá la lista de farmacias abiertas en cada una de las ciudades españolas.”

Y es que los adalides de la televisión seria (los mismos que afirman no ver/tener televisión) nunca aclaran qué significa exactamente eso de “servicio público”. Ocurre que a los españoles no nos gustan los documentales de animales ni los programas de libros. A los españoles nos gusta ver a españoles bailando, a españoles gritándose y a americanos buscando rastros de semen con luz ultravioleta. Eso dicen los audímetros.

A los listos (ahora les llaman sabios) les gusta poner de ejemplo la BBC, como si la BBC no emitiese porquería. Porque, señores listos, la BBC tiene su Mira Quién Baila, sus realitys y sus escándalos (el presentado mejor pagado de la cadena fue suspendido 12 semanas tras varias bromas desafortunadas).

Con anuncios o sin anuncios, lo único seguro es que no podemos pedirle peras al pirulí. Y quienes se indignan porque los bailarines aficionados de la Primera cobran un pastizal quizá deberían mirar las cifras de audiencia de sus patochadas y recordar que siempre ha habido bufones. Y siempre han vivido de la corte.

Cuando los listos dicen que la tele pública la pagamos entre todos se olvidan de que todos no son sólo ellos. Es lo malo de los comités de sabios, que nunca hay un estúpido por allí para explicarles cómo funcionan las cosas.


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