Opinion · Mundo Rural s.XXI

Desarrollo Rural y Economía Circular

Pedro Arrojo Agudo – Diputado de Unidos Podemos por Zaragoza

 

El voto rural ha venido siendo clave para asegurar el poder de los partidos tradicionales sobre la base de poderosas redes clientelares de primar su peso sobre el voto urbano. La perversidad de esta estrategia sólo es comparable a su eficacia. Por un lado se argumenta la necesidad de dar peso al voto rural para compensar la primacía urbana, pero en la práctica, el apoyo político del voto rural al poder imperante, esencialmente urbano, se paga alimentando redes clientelares en pueblos y comarcas, lo cual es mucho más barato y eficaz, a la hora de controlar el poder, que fomentar realmente el desarrollo rural.

 

Las Diputaciones Provinciales han sido a este respecto las instituciones fundamentales para administrar esta estrategia. Todos los alcaldes y alcaldesas saben y aceptan, en el mejor de los casos impotentes, que el partido que gana la Diputación reparte fondos de manera preferente a “los suyos” y deja en barbecho a los demás. Incluso las disputas de poder autonómico en los partidos tradicionales acaban resolviéndose, a menudo, desde el poder rural de quienes controlan las Diputaciones Provinciales. En base a todo ello, lo esperable sería un vuelco radical en las políticas de despoblación, marginación y degradación del medio rural; sin embargo, nada más lejos de la realidad. Más allá de ciertas mejoras, tan positivas como justas, y de ostentosos pabellones deportivos y campos de farolas, en tiempos de bonanza, la degradación y la despoblación del medio rural, especialmente en las comarcas más marginadas, lejos de detenerse, se ha agravado, mientras las redes clientelares recibían fondos y subvenciones, fortaleciendo nuevas formas de caciquismo en los pueblos.

 

Pero el clientelismo rural no sólo funciona sobre la base de flujos de financiación privilegiados, sino que se fundamenta en una larga tradición de demagogia, que denosta lo urbano frente a lo agrario, al tiempo que difumina los intereses y las contradicciones de los grandes propietarios y accionistas de integradoras ganaderas, que suelen vivir en las ciudades, frente a los pequeños y medianos agricultores que contribuyen realmente a crear tejido rural. Una demagogia que tiende a reducir lo rural a lo agrario, simplificando y empobreciendo el medio rural al olvidar otras actividades productivas y marginar a sectores clave, como las mujeres y buena parte de los jóvenes, que buscan oportunidades en otros campos. Una demagogia que descentra los problemas reales de agricultores y ganaderos, favoreciendo el liderazgo de los grandes productores y propiciando que se repartan millonarias subvenciones de la PAC a los más ricos en lugar de a los más necesitados o a prácticas agroecológicas y ganaderas ejemplares. Una demagogia que ha llevado a reivindicar presas que inundaban pueblos y espacios rurales de montaña para favorecer intereses de grandes hidroeléctricas y constructoras, o a promover regadíos, en nombre del “interés general”, que a la postre resultan inviables para pequeños agricultores y quedan en manos de grandes productores agro-ganaderos …

 

Sin embargo, a pesar de todo, el medio rural, en contra de lo que piensan muchos, está llamado a protagonizar y liderar una parte significativa de los retos que debe afrontar la sociedad actual, si queremos abrir horizontes de sostenibilidad democrática frente al cambio climático en curso. Los territorios rurales albergan, de hecho, la mayor parte de los ecosistemas, de los ciclos vitales y de los recursos que necesita esta sociedad, mayoritariamente urbana: el agua y el ciclo hídrico que vertebran los ríos y los acuíferos; la fertilidad de tierras y mares, que recicla nutrientes y genera la alimentación que necesitamos; la energía solar y su derivada eólica, que sin duda son las energías claves de cualquier futuro sostenible …

 

Por otro lado, cada vez resulta más evidente la necesidad de cambios profundos en nuestro modelo productivo que deben basarse en la coherencia de la Economía Circular, cuestión que hasta la Unión Europea reconoce y alienta. Se trata, en pocas palabras, de cerrar ciclos productivos, de uso, consumo y reutilización, reciclado o regeneración, basados en energías renovables que permita alumbrar perspectivas de sostenibilidad. Pues bien, desde mi punto de vista, el hecho de que los recursos vitales para la sociedad estén en el espacio rural y la necesidad de transitar a esa Economía Circular, abren oportunidades sin precedentes para el desarrollo rural. De hecho, buena parte de los ciclos económicos a cerrar, en sintonía con los ciclos naturales de sostenibilidad, se deben articular en el territorio. Garantizar la calidad de las aguas, desde la sostenibilidad y la buena salud de nuestros ríos; conseguir nuestra soberanía alimentaria, reactivando nuestras vegas y huertas más fértiles, recuperando los ciclos de fertilización de la tierra y promoviendo nuevos modelos agro-ganaderos integrados en el territorio; asegurar nuestra soberanía energética desde una nueva matriz renovable, descentralizada y distribuida en el territorio; integrar en ciclos territoriales virtuosos los flujos de residuos y nutrientes de cada comunidad … , son tan sólo algunos de estos ciclos.

 

Ciclos que brindan oportunidades rurales sin precedentes, en los que la acción local y territorial colectiva pasa a ser la clave. Pero para eso es preciso levantar un movimiento social que reivindique y blinde el mundo rural frente a la despoblación y la depredación de recursos vigente. Desde la lógica neoliberal imperante, la gente sobra en los territorios; lo que interesa es el agua, la tierra, la madera e incluso el paisaje o el territorio mismo, como mercancías. Pero cuidado, los riesgos derivados de esa mercantilización del medioambiente y de los recursos naturales que alberga el medio rural, no  sólo afecta a quienes viven en él, sino a la sociedad en su conjunto, en la medida en que ese proceso de acaparamiento, depredación y mercantilización de recursos y espacios acelera la insostenibilidad de nuestro modelo de vida.

 

Recuperar y dinamizar un nuevo modelo de desarrollo rural, en línea con los retos de la sostenibilidad democrática que necesita nuestra sociedad, es un reto de interés general, al tiempo que un reto de supervivencia para quienes siguen dando vida a nuestros pueblos. En todo caso, el reto es apasionante: levantar un movimiento rural que asuma y lidere sobre el territorio la transición a esa nueva economía circular, sostenible y democrática, que todos y todas necesitamos.