Opinion · Otras miradas

“La espiral de la vergüenza”

María Márquez Guerrero

Universidad de Sevilla

María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

La propia Catherine Deneuve se pronunciaba este domingo contra las declaraciones de alguna compañera del manifiesto contra el movimiento #MeToo (“Des femmes libèrent une autre parole” Le Monde 10/01/18), que ella misma firmó y por el que ya ha pedido excusas. Sin nombrarla, hacía referencia a Brigitte Lahaie, quien declaraba en BFM-TV que “Se puede gozar durante una violación”, afirmación que para C. Deneuve es “peor que un esputo en la cara de todas aquellas que han sufrido este crimen” (Le Monde 14/01/18). La actriz francesa ha confirmado en sí misma el peligro de escupir para arriba, pues, como dice el refrán, con mucha probabilidad la saliva caerá en tu propia boca.

No es extraño que sean cien mujeres las que interpretan la denuncia de abusos sexuales en contextos laborales -donde el cuerpo de la mujer es utilizado como moneda de cambio- como una manifestación de “puritanismo” “contraria a la libertad sexual”, pues el machismo es un sistema de creencias que todas y todos transmitimos, a menudo de forma inconsciente. Ya Goffman señaló que los propios individuos que sufren un estigma (por ser pobres, de “otra” raza, objetos de cualquier tipo de discriminación, como las mujeres) tienden a encubrir lo que perciben como una dolorosa diferencia, un fallo vergonzoso que los aparta y aísla de la venturosa normalidad de la comunidad. Así se explica que muchos oprimidos nieguen la realidad de dominación que sufren y eviten por todos los medios que se haga pública la marca de inferioridad asociada a su estatus (Erving Goffman, Estigma: la identidad deteriorada)

En la soledad y en la oscuridad del silencio han pasado desapercibidos los históricos atropellos a la dignidad de las mujeres, tan disimulados y encubiertos por el miedo y su cómplice, el silencio, que han parecido inevitables, “naturales”. Por eso, la palabra es una herramienta indispensable para iluminar la situación de dominación y posibilitar el empoderamiento y la liberación de las mujeres. Quiero decir con esto que la denuncia de los abusos no tiene nada que ver con el odio hacia los hombres, sino con la necesidad de recuperar la dignidad, herida por un sentimiento degradante de vergüenza y de culpa.

Porque la vergüenza no es solo un sentimiento (“turbación del ánimo”, DRAE), sino un complejo de creencias, hábitos y actitudes negativas que derivan de la conciencia o estimación de la propia identidad; y no es solo un estado puramente subjetivo, consecuencia de una acción propia que contraviene las normas sociales, sino que, con más frecuencia aún, tiene su origen en una acción ajena deshonrosa o humillante, por la que la persona deja de creerse digna de respeto y consideración positiva por parte de los demás. A partir de ese momento, inflexión que fractura su vida en un antes y un después, se desarrolla en ella un doloroso sentimiento de anormalidad, de diferencia, que afecta a la conciencia global de su ser, percibido como carente, defectuoso, desprovisto de valor.

Hablamos de algo tan frágil y tan delicado como la propia estima en relación con el grupo al que pertenecemos, pues el honor no es solo una cualidad moral, sino también un atributo otorgado por la comunidad: títulos, patrimonios, cargos… Curiosamente, en su acepción 3ª, el DRAE lo aplica a una condición de las mujeres: “Buena opinión granjeada por la honestidad y el recato en las mujeres”, definición que,  desgraciadamente, a juzgar por el tratamiento mediático de casos como el de Diana Quer o “la manada” no resulta un anacronismo.

El peligro de que este sentimiento de vergüenza sea asimilado, interiorizado por la persona, se debe a que puede llegar a crear una secuencia progresiva de culpa e incriminación, que Kaufman llamó la espiral de la vergüenza, una base que estructura el carácter y determina la vida.  Es muy frecuente que las personas con este sentimiento básico se dirijan a sí mismas continuas autoacusaciones, gestos y comportamientos autodestructivos, que pueden ser estrategias defensivas ante la experiencia pública de la vergüenza: la persona puede estar representando ante sí misma mecanismos de castigo para evitar justamente que se produzcan (Kaufman). En todo caso, es evidente el bloqueo del desarrollo potencial en todas las áreas y el sufrimiento que le es concomitante. En relación con la sexualidad, se ha detectado la existencia un tipo de vergüenza específica que se induce en personas que han sufrido situaciones de abuso, “la vergüenza tóxica” (Bradshaw). El incesto y otras formas de abuso sexual causan este fenómeno que puede convertirse en un complejo.

Ante estos datos, parece de sentido común que, si la vergüenza puede tener su origen en el exterior, denunciar la situación no solo no nos victimiza, sino que puede liberarnos de una responsabilidad y de un estigma que no nos corresponden. La confesión establece un ámbito favorable que elimina los sentimientos dolorosos y paralizantes, neutralizando el temor primario de resultar rechazada y abandonada por el grupo, incertidumbre relacionada con la propia supervivencia. Al  mismo tiempo, permite que nos reconozcamos y  podamos formar una red de apoyo favorable, una fuerza que desactiva la espiral de la vergüenza.

En cualquier caso, ninguna de las actrices denunciantes del acoso sexual en un ámbito de desigualdad, de abuso de poder, habló de “galantería” o de “seducción insistente y torpe”, sino de intimidación, amenaza de muerte, violencia sexual y humillación. Tampoco las prácticas de Weinstein parecen las propias del enamorado “romántico” que, tímido, roza una rodilla, trata de robar un beso de amor, o escribe ardientes palabras a una amada que no le corresponde. La realidad es mucho más sórdida. La desigualdad y la precariedad en un mundo donde todo se ha convertido en mercancía, un mundo donde se exalta la “libertad” entendida como el derecho sin límites de elegir de aquellos que tienen poder a costa de la integridad de los otros (derecho a comprarlo todo: tiempo, trabajo esclavo, sexo, vientres gestantes, órganos…) no crean las condiciones favorables para la dignidad, ni, por tanto, para un desarrollo libre de la sexualidad.

Denunciar los abusos es un acto de empoderamiento y de libertad, de dignidad y de fuerza. Precisamente reivindicamos el derecho a disponer y gozar libremente de nuestros cuerpos. No es puritanismo, es dignidad. Tal vez estas damas francesas no hayan sentido nunca sobre su boca “el vientre viscoso y frío de un sapo” (La regenta, Leopoldo Alas, “Clarín”)