Opinion · Otras miradas

¿Cómo resistir a tu ausencia, Ekai?

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Las noticias dolorosas llegan siempre de la misma manera: rápido. Pueden provocar dos reacciones completamente opuestas, pero solo dos: silencio sepulcral o gritos ensordecedores. Imagino que habrán sido muchos los llantos desgarradores que han acompañado a la noticia sobre la muerte de Ekai. A mí me sumió en un silencio doloroso. Por mi cabeza entonces pasaron muchas tardes de verano, del verano en el que una de mis mejores amigas de entonces me confesó —porque las cosas así se confiesan y no se cuentan— que quería transitar. Entonces, yo no tenía ni idea de qué significaba aquello. Nunca había escuchado aquella palabra: transexualidad. No lo entendía bien, pero sabía que nos enfrentábamos a una aventura de las que trascienden el verano. Éramos, por cierto, demasiado pequeñas para librar una batalla así, pero, hoy, echo la vista atrás y entiendo cuánto crecimos entonces. Estuve durante meses buscando información en internet cuando mi abuela soltaba el teléfono porque, aquella época, en mi casa sólo teníamos acceso a la red a partir de las seis de la tarde y navegar tranquila era incompatible con las conversaciones eternas que mantenía con su familia de Asturias: “¡Cuuuuuuuuuuuuuuuuuuelga, amama!” eran las palabras que más repetía. Sin un entorno de militancia cerca, sin una red de apoyo fuerte, sin referentes ni información de calidad, mi amiga transitó al cumplir los 18 años. Nunca he disfrutado tanto viendo unas tetas como cuando se las vi a ella por primera vez. He resumido muy rápido muchos años de sufrimiento, pero quiero dejar constancia de que aquello que hoy vivo con orgullo fue un camino arduo y doloroso para la protagonista de esta historia y para todas las que acompañamos su camino.

Hoy, muchos años después, podemos celebrar avances innegables. El camino es un poco menos tortuoso, pero no sabéis bien cuánto hubiésemos agradecido entonces conocer a gente como la de Chrysallis, la Asociación de Familias de Menores Transexuales, que están haciendo un trabajo ingente para que se respeten los derechos de sus hijos e hijas. No puedo ni imaginarme cómo estarán sufriendo ellas y ellos la muerte de Ekai. Desde la asociación insisten en algo: Ekai no era víctima de acoso escolar. Denuncian que aún no habían logrado que el colegio llevase a cabo una formación específica con profesorado y familias, pero desde el centro sí se habían llevado a cabo algunas iniciativas en esa línea. Chrysallis, sin embargo, sigue denunciando la falta de un plan de formación integral que, según un comunicado que han enviado, “ha de ser garantizado desde los Departamentos de Educación y de Política Familiar del Gobierno Vasco”, cuestión que llevan “dos años demandando y que sigue sin ser atendida en los términos que estas chicas y chicos necesitan”. Queda camino por recorrer, pero, sobre todo, nos queda un reto ineludible sobre la mesa: Crear los protocolos y los mecanismos necesarios para que esto no vuelva a ocurrir jamás. Porque Ekai no sufría acoso escolar, no; pero decidió que no quería seguir adelante. “Qué difícil es entender una decisión así”, pensé hace poco cuando me enteré del suicidio de una conocida. La de Ekai la he entendido mejor porque, quizá no lo sepáis quiénes encajáis con más o menos facilidad en la normalidad, pero el mundo es muy hostil para quienes no lo hacemos. Pequeños gestos cotidianos pueden convertirse en una situación violenta sin que te des cuenta, los cuestionamientos son constantes, la sensación de estar continuamente defendiéndote mina la autoestima y agota las pilas a cualquiera. Por eso, hoy, quiero recordar con todo mi dolor a Ekai, pero con una sonrisa gigante llena de resiliencia a todos los que resisten. A todas las que resistimos. Hace años, Lucas Platero recordaba en un artículo para Pikara a Leelah y Carla, dos adolescentes, que enfrentaban transfobia y lesbofobia respectivamente y que decidieron también suicidarse. Platero planteaba ya entonces, en 2015, la necesidad de trabajar en “factores de salud o factores de protección” para fijarnos “en qué hace que una persona pueda vivir bien a pesar de los problemas que se le presentan, siendo capaz de sobreponerse al impacto de los mismos” para “fijarse no sólo en el rechazo y el impacto negativo de la transfobia, sino también en qué cosas se pueden hacer en positivo, que redunda en una mayor calidad de vida y posibilidades vitales que permiten a los menores trans* imaginarse que su vida tiene futuro”. Explicaba Platero la importancia de que los y las adolescentes trans puedan tener relación con otras personas trans, que cuenten con el apoyo del profesorado y de las familias o que las escuelas sean espacios seguros, por ejemplo. “No son una receta mágica —explicaba Platero— que va a acabar necesariamente con la transfobia, pero sí que representan un esfuerzo por pensar en cómo situar a los y las jóvenes trans* en la posibilidad de vivir mejor, generando un movimiento en espiral que implica a los agentes sociales (familia, escuela, entorno escolar, servicios sociales, espacios de ocio y tiempo libre, etc.) que habitualmente trabajan con menores”. Leelha dejó una nota antes de suicidarse en la que pedía más implicación de las escuelas y que su muerte sirviera para algo. Hagamos, de una vez por todas, cumplir su última voluntad. Cueste lo que cueste.

Ekai sólo tenía 16 años y se tuvo que enfrentar a la hostilidad de un mundo grande, cruel y doloroso, que no sólo no celebra sino que rechaza la diversidad. A mí me preocupa cómo la extrema derecha arremete contra el feminismo y los colectivos LGTBQI+, el autobús transfobo de Hazte Oir y los mensajes ultraconservadores que campan a sus anchas entre algunos medios de comunicación del Estado español, pero no podría asegurar que estos discursos sean más peligrosos que la indiferencia de cierto sector feminista y de izquierda ante estas muertes. No todas las personas trans tienen que ser feministas —para muestra, las últimas declaraciones de Bibiana Fernández—, pero, desde luego, el movimiento feminista tiene que incluir con urgencia entre sus principales reivindicaciones la lucha contra la transfobia. Porque si algo nos ha enseñado el pensamiento feminista es que la realidad es compleja, poliédrica y variable; y que la cultura patriarcal no sólo ningunea y violenta a las mujeres sino que se construye, más bien, para defender los privilegios de solo unos pocos.

¿Cómo se resiste a tanta violencia? Seguimos adelante, pero ahora sin Ekai. Cuánto dolor.