8 de marzo de 2013, ¿algo que celebrar?

08 mar 2013
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Nuria Varela
Periodista, escritora y ex asesora de la Secretaría de Estado de Igualdad

Mucho antes de que la ola de indignación y los olores de la primavera árabe recorrieran el mundo, muchas mujeres estábamos cansadas de estar cansadas. La música nos suena. Podríamos interpretarla sin partitura y la letra apenas tiene modificaciones. Podemos cambiar crisis económica europea por crisis latinoamericana, primavera árabe por procesos de descolonización. Los resultados son casi idénticos: recortes económicos y en el estado del bienestar que hay que suplir en los hogares; salida de un mercado laboral en el que apenas nos acabábamos de instalar; dobles, triples jornadas; retroceso en los derechos ya adquiridos; cuestionamiento de las leyes en vigor…

Explica Zygmunt Bauman que la convivencia con “los otros” ha sido un problema continuo de la sociedad occidental. Para el sociólogo, las principales estrategias utilizadas han sido tres. La separación del otro excluyéndole, la asimilación del otro despojándole de su otredad y la invisibilización del otro. Es fácil darse cuenta de que con las mujeres, con “la otra”, se han utilizado las tres. Y también es fácil darse cuenta de que ante cada avance, cada paso dado para conseguir derechos escamoteados, se provoca una fuerte reacción. Cuanto más ensanchamos nuestro ámbito de libertades, más profundizamos en nuestros derechos, cuanto más dueñas nos hacemos de nuestra categoría de ciudadanas y tomamos la palabra y decidimos por nosotras mismas, más duras son las críticas y los ataques: “Las leyes son como las mujeres, están para violarlas”, “[la ministra de empleo] estaría mejor en su pueblo haciendo punto de cruz”, “la mayoría de las denuncias de las mujeres víctimas de violencia son falsas”, “la libertad de la maternidad es la que hace a las mujeres auténticamente mujeres”, “no hay ninguna mujer en el comité ejecutivo del Deutsche Bannk, pero espero que un día u otro la dirección sea más bonita y tenga más colorido gracias a la integración de las mujeres”. La lista es mucho más larga, son sólo los ejemplos más recientes. ¿Qué están atacando  estas declaraciones? Por orden de intervención: Código Penal, Ley de Igualdad (paridad), Ley Integral contra la Violencia de Género, Ley de Derechos Sexuales y Reproductivos y Directiva Europea sobre la presencia de mujeres en los consejos de administración.

Dice Marcela Lagarde que las mujeres actuales sufrimos un “sincretismo de género”, estamos en esa frontera de mujeres domésticas y públicas, madresposas-semiciudadanas. Y ese sincretismo de género se concreta en poseer atributos modernos y sin embargo, ser objeto de valoraciones premodernas.

Ya conocemos la historia, ya sabemos de dónde venimos y cuánto nos ha costado cada centímetro de libertad, cada reconocimiento. Ya no tenemos ingenuidad política para pensar que los derechos, una vez conseguidos ya no se pierden y tampoco, como pensaban las sufragistas, que una vez conseguido el derecho fundamental, el derecho al voto, todo lo demás vendría rodado. Históricamente ha ocurrido todo lo contrario. Cada avance de las mujeres ha traído como consecuencia una potente reacción patriarcal.

Hace 102 años que se celebra el Día de las Mujeres pero “el ambiente” continúa siendo hostil, la descalificación, habitual; las maneras imperantes, bravuconas y la cultura dominante, violenta:  Hasta el 70% de las mujeres de todo el mundo han sufrido una experiencia física o sexual violenta en algún momento de su vida. Más de 60 millones de niñas de todo el mundo están casadas  antes de los 18 años. Hasta el 50% de las agresiones sexuales se cometen contra niñas menores de 16 años. Globalmente, 603 millones de mujeres viven en países donde la violencia contra ellas no se considera un delito. Las mujeres y las niñas componen el 80% de las 800.000 personas que cada año son víctimas de trata, el 70% de ellas, con fines de explotación sexual.

Nos ha tocado vivir en un mundo complejo, y que se mueve a gran velocidad. Nos enfrentamos a retos enormes y difíciles: acabar con la violencia de género, con la discriminación, con la todavía insuficiente participación de las mujeres en la toma de decisiones, conseguir un reparto equitativo de los tiempos, compartir los espacios públicos y privados; compartir recursos y empleos y acabar con las brechas salariales, romper los techos y muros de cristal, poder elegir el tipo y el tamaño de nuestras familias… Sin embargo, estamos viviendo una deslegitimización del conflicto, que tampoco es nueva, porque ante tanta crisis, ¿a quién le importan las mujeres?

Relata Nelson Mandela en su autobiografía El largo camino hacia la libertad una anécdota sobre la gente decente. “En Liberia conocí al presidente Tubman que no sólo me dio cinco mil dólares para armamento e instrucción, sino que me preguntó en voz baja: ¿Tiene dinero de bolsillo?”

Pues eso. En esta época confusa que nos ha tocado, con 102 años de historia, conseguido ya el derecho al conocimiento, y con un marco legal idóneo, necesitaríamos que alguien nos preguntara, aunque fuese en voz baja, si tenemos dinero de bolsillo y no que se empeñaran en quitarnos los ahorros.