Robamaridos

30 Mar 2017
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Marta Nebot
Periodista

Parece increíble pero es cierto. No hace ni una semana que la televisión pública italiana, la RAI, retiró de su parrilla un programa que acababa de  emitir un debate de media hora que trataba de responder a la pregunta:  “¿las eslavas son perfectas o robamaridos?” Para ambientar la discusión aparecieron también opiniones de la calle, enlatadas en bonitos vídeos, que declaraban lo segundo. Una señora italiana llegó a decir:  “capturan a nuestros hombres”;  la siguiente hacía a cámara el típico gesto de dinero, frotándose los dedos de una sola mano.

Todo fue espantoso. La premisa, un horror racista y el análisis,  más allá del machismo. Llegó a calificar a los italianos –a  “nuestros hombres”– como idiotas redomados que se dejan “capturar”, digo yo, por las malvadas mantis religiosas del este, que después de la cópula les arrancarán la cabeza. Pobrecillos ellos que no saben lo que hacen, que es que ven a una rubia buenorra y se pierden.

Cada día soporto peor los prejuicios de género que nos rodean. Seguramente, influye el hecho de que casi siempre somos nosotras las que nos llevamos la peor parte. Ellos, débiles, no pueden evitar dejarse llevar por la entrepierna. Nosotras, malignas, preferimos hacerlo por la cartera. Estos dos clichés, sobrevuelan el imaginario colectivo como dos rapaces buscando presa. Tratando de encontrar a toda costa esa casuística que engorda a esos pájaras negros ya enormes, que eterniza esas ideas viejas.  Como si, el hecho de que eso ocurriera y todavía ocurra no tenga mucho más que ver con cómo está el mundo que con cómo somos nosotras.

A mí me habría parecido bien un análisis serio de la cuestión, incluso sobre la presunta prostitución que puede haber y seguramente hay detrás de muchas de esas parejas. He conocido casos en España de españoles y eslavas que contactan por internet, através de empresas y webs que se dedican a la cuestión. He visto las fichas de las candidatas. Me han presentado a alguna  y la pregunta es: ¿qué trae a esas mujeres a nuestros países? ¿La necesidad, tal vez? ¿La promesa de un país mejor, a lo mejor?  ¿La esperanza de una vida digna de ese nombre, probablemente? Ya sé que generalizar es equivocarse pero puestos a debatir hagámoslo con las cifras por delante. En Rusia, por ejemplo, la violencia doméstica es considerada “rutina” dentro de las familias rusas. Según algunos estudios, entre el 60 y el 70% de las mujeres que los sufren allí no denuncian nunca. De hecho, el Comité Contra la Tortura de la ONU, en su informe sobre la Federación Rusa de 2012, mostraba su preocupación ante las informaciones que apuntaban a que los oficiales de seguridad rusos son reacios a registrar las denuncias de este tipo. Además, hay una gran falta de datos precisos y completos. Y para no hablar sólo de Rusia, también hay que recordar que muchos de esos países no tienen ninguna ley contra esta violencia, ni tampoco otras que garanticen la igualdad de oportunidades ni de todo lo demás.

¿Y qué les atrae a ellos de ellas? ¿Su belleza exótica –muchas son muy rubias de ojos muy claros–? ¿Su cultura y sus maneras – la media de allí supera la media europea? ¿La promesa tácita de más sexo –las fotos de las webs que yo vi no es que lo prometan es que lo juran por Dios–?  ¿La fantasía de la convivencia fácil –tienen fama de dóciles–? ¿La ilusión de volver a enamorarse aunque más que amor parezca encoñamiento –por más que la palabra sea molesta–?

Son muchas las incógnitas, lo que sí que sabemos es que es probable que a ellos también les pese la necesidad de llenar el vacío de parejas malentendidas, en las que ellas cargan con todo el trabajo doméstico y familiar, mientras ellos huyen de sus protestas por la sobrecarga, con la excusa del trabajo primero, con la distancia de las vidas paralelas casi sin puntos en común, al final.

Leyendo estas reflexiones, supongo que habrá quien crea que les estoy dando la razón a los tertulianos italianos despedidos y no es eso. Lo que digo es que no habría que temer ni censurar ningún debate serio, que no habría que poner puertas al pensamiento ni a las realidades y que  esas puertas, que se ponen, también están hechas con simplificaciones simplonas, prejuicios viejunos y/o directamente mentirosos. Tendríamos que pensar de nuevo las cosas y dejar de repetir y repetir ideas gastadas que no van a sacar a nadie de la pobreza intelectual imperante sobre las relaciones entre hombres y mujeres.


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