Vivir se escribe con B

04 May 2017
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Andrea Momoitio
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Nada en un mar de dudas, pero tiene fuerza suficiente para hacer frente a cualquier tempestad: B. no titubea en sus cuestionamientos anticarcelarios y busca soluciones comunitarias para hacer frente a la violencia machista que ha sufrido

-No tengo ninguna excusa para no decírtelo y espero que no creas que me estoy metiendo donde no me llaman, pero tú compañero tiene actitudes agresivas. Ten cuidado, bonita.

Apenas estuve unas horas con él, pero lo supe enseguida: B. estaba en peligro. Su manera de hablar, de moverse, sus tono agresivo, su forma de cuestionar todo lo que ella decía, su gesto corporal. Teníamos delante a un maltratador. Ojalá me hubiera equivocado.

Conocí a B. hace algo más de un año. Me conquistó desde el primer segundo. Habla con calma, reposa lo que dice, analiza cada detalle con una complejidad que pasa desapercibida cuando explica sus conclusiones con tanta sencillez. Es feminista, sindicalista, una currela. Sus ojos se iluminan al hablar de las mujeres libertarias que han sido relegadas de la historia por aquellas que, en vez de hacer frente al poder, pelearon por formar parte de él. Ella se enfrenta al activismo para sobrevivir. Tendríais que ver con qué entusiasmo me recomienda el documental ‘Indomables. Una historia de mujeres libres’.

“Nunca me imaginé que podría pasarme a mí y menos con cuarenta años”, dice con una media sonrisa triste en la cara, pero le pasó. Una noche su compañero le pegó una paliza, que ella pudo grabar porque, en el fondo, sabía que iba a pasar tarde o temprano. Los detalles no importan, pero su actitud ante la situación me estremece. B. no cree en el sistema judicial ni en las prisiones. ¿Qué otras herramientas, además de las que nos proporciona el mismo Estado que favorece esta violencia, tenemos para hacer frente a las agresiones que sufrimos? En este debate lleva enrocada ella meses, buscando respuestas y apoyo en el entorno activista de su ciudad. Aterrada por la posibilidad de que él pudiera volver a agredir a otra mujer en algún momento, B. decidió denunciar ante la policía el episodio. El primer escenario del periplo judicial: el hospital. Al llegar y contar que había sido agredida por su pareja, recuerda, los nervios se apoderaron del personal sanitario: “Protocolo, protocolo”, decían. Tuvo la sensación de que nadie quería hacerse cargo de su caso. Mucho más complejo, claro, que un catarro. Horas después, tenía en sus manos un informe médico poco detallado, que sería la prueba con la que tendría que ir después a la comisaría. “Estuve más tiempo allí yo que él”, ironiza. Nadie le ofreció el servicio de defensa gratuito, que tuvo que solicitar ella ante la queja de la policía porque aquello iba a retrasar el proceso. Contó lo que había ocurrido cerciorándose de que las penas que podrían imputarle por los hechos no iban a superar los dos años de prisión. Ahora, meses después, duda de haber hecho lo correcto, pero llegó a una acuerdo con él antes del juicio. Pidió disculpas, asumió los hechos, aceptó la orden de alejamiento que ella pedía y la agresión quedará registrada en sus antecedentes penales. ¿Es suficiente? Ella no lo tiene claro. Ni ella ni su entorno activista, que está manejando la situación sin herramientas suficientes para hacer frente a una situación así. ¿Qué se hace ante un caso así? Han optado por contar lo ocurrido buscando el rechazo social, pero la posibilidad de actuar con violencia sigue latente. ¿Para qué serviría? Tampoco tienen una respuesta clara, pero el miedo a que cualquier movimiento pueda perjudicar a B. está presente en todo momento. Él sigue en la ciudad, que no es muy grande, ¿y si vuelve? ¿Y el miedo? ¿Qué se hace con el miedo?

-Deja claro que nadie me preguntó cómo estaba ni me facilitaron apoyo psicológico hasta después del juicio. Por no hablar, claro, de la falta de empatía.

Que no quede duda de esto, de lo aséptico y violento del propio sistema en el que hemos delegado nuestra responsabilidad como ciudadanía.

Ella habla con naturalidad de su historia porque en su vida, vinculada al movimiento sindical, ha aprendido a hacer frente a situaciones dolorosas, pero, sigue sin entender cómo estuvo pudo pasarle a ella. Ninguna estamos a salvo, pero seguimos sin contar con herramientas ni recursos suficientes para hacer frente a estas situaciones. Necesitamos estrategias para protegernos de los agresores machistas más allá de lo judicial, pero éstas aún están por inventar. ¿Desde un movimiento tan transgresor como el feminista podemos abogar por las prisiones como una opción legítima? Si asumimos que la violencia machista responde a una lógica estructural, como llevamos años defendiendo firmemente, ¿podemos creer en el Estado -como máximo exponente de las estructuras violentas- para que nos proteja? Entre rejas, los agresores machistas se convierten en víctimas también de un sistema penitenciario que responde a los intereses del Estado. B. aboga por las estrategias comunitarias, por organizarse al margen de las instituciones. No es fácil aterrizar una postura así, pero en el régimen penitenciario sabe bien que no está la solución. Ella, que admira a las mujeres indomables, es un ejemplo de lucha y cuestionamiento constante.

Está preocupada por la familia de su agresor, que se enfrenta ahora a una situación compleja: “Siento que he abierto un pastel, pero ¿y ahora?”. Al principio contó con el apoyo de la hermana del cabrón que le pegó una paliza aquella noche, pero pronto empezó a cuestionar su versión, al menos, de cara a la galería. Había visto el vídeo, así que ese cuestionamiento sólo puede responder a una razón: el miedo. Y, ¿cómo no va a asustar reconocer que tu hermano es un agresor? Ante situaciones tan complejas como las que se dan alrededor de las agresiones sexistas no caben sentencias sencillas. Las sobrevivientes como B. son las que nos van a abrir nuevas líneas de debate, que tendremos que enfrentar con valentía. No vamos a destruir la casa del amo con sus herramientas. Las prisiones se inventaron para encerrar al pueblo.


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