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Sin ministerio… ¿sin rumbo?

22 dic 2011

Acabamos de saber la composición de ministerios del nuevo gobierno y una novedad destacada es la desaparición de la Ciencia… Tras matrimonios de mayor o menor conveniencia con la Educación o con la Tecnología, la Ciencia ya no figura en ningún ministerio. Esta desaparición contrasta con el fuerte peso social y económico que la ciencia tiene en nuestros días. Pero la preocupación que nos divorcia del medio ambiente también nos divorcia de la investigación y de la búsqueda del conocimiento. La preocupación de traer dinero al sistema ha llevado a poner a banqueros, llamados eufemísticamente “tecnócratas”, que son responsables de los problemas de deuda que arrastramos todos, que no han sabido anticipar los bandazos bursátiles, y que para mayor ironía provienen alguno de ellos de las mismas entidades que dieron lugar a la actual crisis económica global. En el mejor de los casos, estos “tecnócratas” lograran cuadrar las cuentas y pagaremos las facturas internacionales a costa de empobrecer el país. Eso, en el mejor de los casos. Cuando logremos llegar a ese final del túnel donde parece que hay una luz nos daremos cuenta de que los demás países no nos estaban esperando. Alemania por ejemplo sigue invirtiendo mucho en investigación, su locomotora científica estará aun mas lejos de lo que está hoy, y nuestro País iniciará otra etapa de endeudamiento con los que estén en la vanguardia del conocimiento. La inversión de recursos y capital humano que plantea el nuevo gobierno no nos llevará muy lejos. Su horizonte es a corto plazo y así no se resuelven las carencias socioeconómicas que nos metieron en el lío. Si tenemos suerte, salvaremos los muebles pero poco más. Lo repetiremos una vez mas, un país no investiga porque es rico sino que es rico porque investiga. Quizá hablemos de distintos tipos de riqueza o quizá veamos la riqueza en escalas temporales muy distintas. De momento veamos donde encajan la famosa I+D+I y luego hablaremos de donde y como queda la investigación en cambio global…

 

 

El planeta olvidado

15 dic 2011

Existen millones de planetas desconocidos en el Universo, pero sólo uno ha sido olvidado. El planeta azul, el planeta mutante, el tercero en el Sistema Solar, el más denso, el único que parece albergar vida, ha caído en el olvido. A pesar del aprecio de muchas culturas por la madre Tierra y el respeto que le profesamos la mayoría de los humanos a título individual, no lo tenemos presente cuando llegan los momentos clave. Las prioridades son otras y las discrepancias entre regiones y países se vuelven insalvables cuando la crisis del actual sistema económico arrecia.

     La conferencia de Durban (COP 17, Sudáfrica) sobre cambio climático reunió a mas de 10.000 profesionales y expertos, incluyendo diplomáticos, ministros, científicos, técnicos administrativos, abogados y miembros de ONGs, de un total de 194 países. Todos llegaron bien informados de las consecuencias de un clima globalmente diferente, consecuencias que ya se están experimentando y que algunos países y regiones menos favorecidas sufren de manera muy especial. Hace no mucho, el primer ministro británico David Cameron proclamaba que debíamos apoyar una nueva revolución verde y rescatar el problema del cambio climático de las manos de los pesimistas; y para dar un toque aun más heroico a sus palabras, las dijo atravesando un glaciar con un grupo de hermosos perros de trineo.  Sin embargo, las negociaciones se llenaron de pequeñas preocupaciones por lo cotidiano, olvidando el marco global que había juntado allí a todos esos miles de personas.

     En 1997 el protocolo de Kioto implicó que los países desarrollados disminuyeran en un 5% las emisiones globales para 2012 en comparación con los niveles de 1990. Tras todos estos años, el plazo se acaba; de hecho termina en dos semanas. Lejos de disminuir, las emisiones han subido mas de un 6%. Nos encontramos ante unos niveles de gases de efecto invernadero muy superiores al peor de los escenarios que barajaban los expertos del clima hace cuatro años cuando se plantearon posibles escenarios climáticos para este siglo en el último informe del panel IPCC. En 2001 el presidente de Estados Unidos George W. Bush rechazó ratificar Kioto argumentando que no había limitaciones para las emisiones de países emergentes como China o India, lo cual era cierto. Pero este argumento reveló la miopía de los dirigentes en cuestiones ambientales, que como niños pequeños no hacen algo si el otro no lo hace también… ¿miopía o intereses distintos? Quizá Bush, como ahora los políticos que influyeron en el desarrollo de la reunión de Durban, tuviera en mente otras cuestiones y había olvidado el planeta en el que vive.

     Haciendo inventario y procurando no ser muy pesimista, la conferencia de Durban ha permitido avances en la definición de los niveles de referencia de las emisiones y en cómo medir las reducciones de emisiones, particularmente aquellas derivadas de iniciativas verdes como las forestales. La conferencia ha resultado en unas débiles salvaguardias sociales y ambientales del programa pero no ha dado lugar a ningún acuerdo o progreso en aspectos de financiación a largo plazo del programa ni en compromisos concretos a corto plazo sobre las emisiones.  Si no se es capaz de recordar las amenazas que existen sobre el planeta en el que vivimos y lo único que recordamos es la factura del gas o del seguro del coche, entonces ¿ por qué nos gastamos millones de euros en megareuniones como las COPs, que, además, generan importantes emisiones adicionales de CO2 relacionadas con el transporte de todos eso miles de personas hasta la sede? Si lo que se trata es de recortar gastos podemos empezar a recortar en el paripé medioambiental.  Quiero pensar que todo ese gasto de tiempo y dinero genera al menos cierta conciencia general de que el cambio climático es algo importante. Pero no puedo evitar pensar que para ese viaje no hacían falta estas alforjas.

El problema de no ver las conexiones

08 dic 2011

La reunión de Durban, la COP 17, no progresa, algo que estamos acostumbrados a oír en todas las negociaciones internacionales de los últimos años que pretenden alcanzar acuerdos para atenuar el cambio climático. A medida que la postura de Europa se debilita, las posibilidades de alcanzar un acuerdo vinculante que limite las emisiones de gases con efecto invernadero se vuelven más remotas. Lo único que parece alcanzable es posponer acuerdos para 2015 (y no para 2020 como se planteaba inicialmente) y encontrar formas de ayudar a los países más vulnerables y necesitados con fondos verdes.

     Se alude a la actual crisis económica como explicación de por qué los dirigentes no se atrevan a comprometer reducciones en las emisiones de CO2. Y a todos nos parece razonable que se establezcan prioridades y que lo primero sea atajar el problema monetario y financiero que nos agobia. Sin embargo, resolver la economía sin tener en cuenta el marco ambiental en general y la crisis climática en particular es como intentar explicar los movimientos de la Tierra alrededor del Sol y de sí misma sin tener en cuenta los demás elementos del Sistema Solar.  Esta limitación colectiva a la hora de identificar las conexiones entre lo que ocurre en materia económica y nuestra actitud ante el medio ambiente, no por comprensible deja de tener consecuencias menos funestas. Aún en el supuesto de que sorteemos esta crisis con bajas moderadas en lo que concierne a las economías nacionales y regionales, lo habríamos conseguido aumentado la brecha que nos separa de un modelo económico ambientalmente sostenible. El Reino Unido parece haber comprendido esta conexión ya que en medio del escenario general de recortes ha gastado más de 600 millones de libras esterlinas en convencer a otros países para que se tomen el cambio climático en serio. No será casualidad que el informe Stern, aquel que nos muestra el gran coste económico de no hacer nada ante el cambio climático, se haya gestado en ese país.

   Los políticos responden a lo que perciben como prioridades para los ciudadanos que los votan. No obstante, los políticos juegan un importante papel a la hora de influir en esas prioridades. En este juego de interacciones entre políticos y ciudadanos, no todo es juego limpio. Los ciudadanos se muestran preocupados por el medio ambiente, la cultura y el arte, pero en realidad se mueven más por cuestiones económicas y de seguridad, mandando un mensaje dual y a veces esquizofrénico a sus dirigentes.  Los políticos por su parte o bien promueven informes científicos sobre cuestiones estratégicas o bien ahondan en las incertidumbres y el debate científico para tener luz verde en algunos de sus proyectos más conflictivos. Con el cambio climático este juego sucio por ambas partes es particularmente evidente, aunque quizá es más explícito en la clase política. Tal como muestran Doran y Zimmerman (2009), hay un acuerdo científico casi unánime sobre las cuatro claves del cambio climático (es real, tiene un origen humano, es grave y tiene solución), pero el reducido número de escépticos  es empleado con habilidad por los políticos para transmitir el mensaje erróneo de que no hay acuerdo entre los científicos.  En un reciente estudio realizado en EEUU y publicado en Nature Climate Change, Ding y colaboradores muestran que dado que más de un 20% de la población norteamericana es incapaz de leer y entender noticias científicas, amplios sectores del electorado son muy influenciables y no basan sus opiniones y decisiones en datos o información sino en percepciones. La administración Bush fue muy eficaz en propagar la idea de que no hay acuerdo entre los científicos del clima y el resultado hoy es que hay mucha gente que cree que ese acuerdo no existe. El trabajo muestra además que esta percepción influye profundamente en las prioridades que deben aplicarse con el dinero público y como consecuencia hay poco apoyo a políticas climáticas. No será casualidad que los principales problemas para alcanzar acuerdos en Durban los hayan generado los representantes de ese país.

     El enfoque del problema del cambio global por la sociedad de nuestros días es similar a la situación de unos niños pequeños que juegan al escondite en una casa llena de enchufes e interruptores. Si no vemos las conexiones y seguimos jugando a crear una sociedad del bienestar sin más leyes que la oferta y la demanda de los mercados corremos el riesgo de electrocutarnos.

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Los  artículos citados son:
Doran, P. T. & Zimmerman, M. K. 2009. Examining the scientific consensus on climate change. EOS Trans.AGU 90, http://dx.doi.org./10.1029/2009EO030002

Ding Ding, EdwardW. Maibach, Xiaoquan Zha, Connie Roser-Renouf & Anthony Leiserowit. 2011. Support for climate policy and societal action are linked to perceptions about scientific agreement. Nature Climate Change 1: 462–466. doi:10.1038/nclimate1295

El triste orgullo de superar a la naturaleza

01 dic 2011

La historia del ser humano es la de la lucha por dominar la naturaleza, protegerse de las inclemencias del tiempo, domesticar animales y plantas, y controlar la fuerza de los ríos y los mares. Cada año que pasa aumenta el potencial de nuestra especie en este sentido y se baten records que dejarían atónitos a nuestros antepasados no tan lejanos. Hazañas como la generación artificial de nieve no ya con cañones sino alterando  las propias nubes, algo que China ha realizado varias veces, eran impensables hace apenas unas pocas décadas. Pero también eran impensables las consecuencias, y, hasta cierto, punto aun lo son. La era de enorgullecerse de nuestra capacidad de someter la naturaleza a nuestros designios está llegando a su fin. Comienza a predominar el respeto y la apreciación por la naturaleza a la vez que crece nuestra comprensión del impacto ambiental de nuestras actividades.

En la actualidad, las emisiones humanas superan a las de los volcanes, generando en cuatro días la misma cantidad de dióxido de carbono que los volcanes generan durante todo un año. Todavía sobrecogen las espectaculares imágenes del volcán chileno Puyehue expulsando magma y vertiendo toneladas de cenizas que cubrieron extensas regiones de bosque lluvioso valdiviano, que cruzaron los Andes y llegaron a afectar el tráfico aéreo de la ciudad de Buenos Aires, a cientos de kilómetros al noreste del volcán. Cuesta creer que nuestras actividades cotidianas superen estos fenómenos naturales, pero los cálculos no dejan ninguna duda. Lo triste es que estas emisiones antropogénicas de gases a la atmósfera no tienen ningún fin en si mismas, son el resultado no deseado de nuestro estilo de vida; y es triste, porque estas emisiones no son voluntarias y tienen consecuencias no deseables para el balance energético del planeta y en definitiva para nuestra propia calidad de vida.

La construcción de las pirámides de Egipto o de la ciudad de Londres implicaron el movimiento de ingentes cantidades de materiales, que supusieron una fracción pequeña pero apreciable de los movimientos globales de materiales en el planeta. En la actualidad, el movimiento de tierra por actividades humanas supera al movimiento de tierra por agentes naturales. Lo triste es que la mayor parte de estos movimientos antropogénicos de tierra son involuntarios y tienen consecuencias negativas: mientras los movimientos intencionados suponen menos de 40 gigatoneladas de tierra al año, los movimientos no intencionados, derivados sobre todo de malas prácticas agrarias que derivan en erosión, superan las 80 gigatoneladas de tierra al año, tal como calculó Hooke en el año 2000.

Superar a la naturaleza ya no es ningún desafío. Nos hemos demostrado a nosotros mismos que somos capaces de hacerlo, podemos relajar esta obsesión ancestral. El desafío ahora es controlar este creciente poder de alterar el planeta y canalizarlo de forma que no perjudique procesos naturales clave y comprometa nuestro bienestar.