Carta con respuesta

Rafael Reig responde a las cartas de los lectores

Nudo gordiano

27 Dic 2008
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Una encuesta ha descubierto que los españoles leemos más para no gastar. Los libros cuestan dinero, pero es un dinero que merece la pena gastar. Me pregunto si leen más los de siempre o si se han añadido nuevos lectores. De momento, se leen sobre todo los superventas, con lo que las librerías y algunos autores salen ganando. Leer bien, sin embargo, no es fácil. La mayoría nos conformamos con entender lo que leemos. Con el aumento del paro, todavía se podrá leer más. Hay quienes se quejan del precio del libro, ignoran el préstamo de libros en las bibliotecas públicas y el precio asequible del libro de bolsillo, y se gasta ese valor y más en otras aficiones. Los hay también que menosprecian la lectura, que prefieren las vivencias y creen ignorantes a los lectores empedernidos porque nada aprenden en los libros. Esos iletrados son igual que el maestro Ciruela, que no sabe leer y quiere poner escuela.

ANTONIO NADAL PERÍA ZARAGOZA

A mí me parece que una afirmación como “de momento, se leen más los superventas” es un poco estrambótica. Algo así como asegurar que, de momento, van más a menudo al hospital los que padecen más enfermedades. O que los actores más populares son a los que más conoce la gente. Parece razonable pensar que los libros que más se venden son los que más se leen. Y lo serán siempre, por definición, ¿no le parece?

El problema con los best-sellers es que no les gustan a los cultos, los que piensan que forman parte de la alta cultura (la que vale la pena) y no de esa cultura popular (que es un simple producto de consumo). Como los cultos no son muchos, todo escritor culto se enfrenta a una terrible paradoja: para tener éxito, necesita escribir una novela que le guste a los que no les gusta leer. Si una novela no le gusta a esa mayoría que sólo compra un par de libros al año, ¿cómo va a tener éxito? Como premio de consolación, el novelista culto tiene pequeñas recompensas: la adoración de los suplementos literarios, el prestigio, los honores oficiales, etc.

Esa paradoja sólo la resuelven los más grandes, que van y escriben Cien años de soledad, por ejemplo. Lo que a mí me interesa más no es resolverla, sino cómo evitar que se produzca esa paradoja: ¿es posible salvar la brecha entre la alta cultura y la cultura popular? Creo que sí (aunque no pienso que sea fácil), porque, para lograrlo, no hay que escribir de otra forma, sino de vivir de otra forma. Es decir, transformar el mundo.


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