Opinion · El repartidor de periódicos

Musas y monstruos

A veces palpita en los periódicos indignación, incomodidad, cabreo de los periodistas contra la línea editorial de los periódicos que les pagan. Pueden ser mensajes sutiles o salvajes, como aquel que le costó el despido de El País a mi caro Crispín Juan Soto Ivars. “Cebrián es un tirano como Calígula”, escribió en acróstico el malandrín en la última columna que publicó en el suplemento Tentaciones. Varios medios habían voceado que la ex mujer del fundador del diario de todos los diarios aparecía en los papeles de Panamá. Furibundo, Cebrián prohibió a sus periodistas participar en los programas de La Sexta, y despidió fulminante de la Ser a Ignacio Escolar, director de eldiario.es. Soto Ivars, funambulista, publicó su acróstico y un tuit tras ser guillotinado: “Cebrián no puede seguir al frente de Prisa. Años de pérdidas salvajes y ahora esto, cualquier empresa decapitaría a un directivo como él”.

En El Mundo de este sábado me encontré otro hermoso ejemplo de rabia deontológica. El diario de la bola dedicaba un Vox Populi –la sección de las flechitas arriba y abajo– a Pablo Hasel: “Apenas unas horas después de conocerse su nueva condena a dos años de cárcel y una multa de 24.300 euros por enaltecer el terrorismo e injuriar a la corona, el rapero antisistema ha vuelto a colocar los mismos mensajes en Twitter con una intolerable provocación: ‘Mirad cómo me arrepiento”. La flechita, que viene a ser como el pulgar mediático del César en el circo romano, apuntaba, por supuesto, hacia abajo.

Sin embargo, la crónica del proceso firmada por Manuel Marraco arrancaba con esta inquietante frase: “Hay tantos juicios por enaltecimiento del terrorismo que algunos ya empiezan a repetirse”. Marraco es un periodista sobrio, ajeno a ínfulas de autor y a otras poéticas vanidades, lo que otorga más valor a su pequeño grito münchiano, a su estaca draculera en el corazón de la Audiencia Nacional. La sola frase, tan sincrética, tan huérfana de complejos como de arrogancia, vale la suscripción anual a ese periódico.

Todas las diatribas que hemos escrito en todos los periódicos rojos de mierda contra la ley mordaza, cientos de miles de palabras, se acomplejan de estas doce: “Hay tantos juicios por enaltecimiento del terrorismo que algunos ya empiezan a repetirse”. Si os fijáis, la última subordinada cuadra en endecasílabo, el metro que todo lo dulcifica, lo que hace sospechar que a Marraco se le apareció la Venus Calipigia antes de hacer saltar los dedos sobre el teclado.

La Razón también dedica un breve opinativo a Pablo Hasel: “Por más que Hasel sea un desalmado impresentable, no se le condena por ello, sino por ensalzar el tiro en la nuca y los ataúdes blancos”. En ABC están igualmente encantados de ver al rapero entre rejas: “La libertad de expresión no ampara la difamación ni la amenaza”. El País no opina sobre la condena, pues de todos es sabido que la libertad de expresión no está entre sus prioridades. Aunque una frase de su columnista Máriam Martínez-Bascuñán, hablando de las geografías trumpianas, sí es aplicable al tema que nos ocupa, que dirían los pedantes: “Si el afán por no ofendernos ahoga la transgresión, la sociedad acabará encontrando al monstruo que la represente”. Pues eso, queridos periodistas, queridos magistrados. Ahora dice el Supremo que no ha lugar al delito de enaltecimiento si no existe riesgo de atentado terrorista. Algo se mueve. Quizá.