Cataluña, la moción y la Antártida

Ha causado cierto revuelo que Pablo Iglesias refrendara en sede parlamentaria lo que ya conocíamos por el zapeo: la posición de Podemos ante el conflicto con los nacionalistas de nuestro fragmentoso Estado (no olvidemos que el PNV, sustento de los presupuestos recién aprobados por Mariano Rajoy, también quiere una consulta para Euskadi).  Se le da importancia porque ayer PI (aunque parecía π por lo interminable de su discuro) no hablaba como politólogo tertuliano con un proyecto de cinco millones de votos, sino como presidenciable. Algunos analistas han calificado este gesto de valiente, pues uno de cada cuatro votantes de Podemos está contra la consulta catalana, y estos debates no salen gratis electoralmente en un país aficionado a los toros, pseudo-deporte consistente en dirimir si es más animal una bestia con espada o un bicho con cuernos.

Yo siempre he dicho que el modelo de convivencia de todos los pueblos, incluidos catalanes y carpetovetones, debería de mirarse en el Tratado de la Antártida. No sé si todos conocéis lo que es este tratado, pues no se habla casi nada de él y tiene ya más de 50 años, lo que quizá sigifique que medianamente ha funcionado. Salud que no goza el 90% de los tratados internacionales.

El caso es que este tratado viene a decir que la Antártida no es de nadie. Allí no hay más que un espacio pactado para la no agresión y la investigación libre. Es un no-país. Y por eso creo que es mi país, aunque soy algo friolero. Los dos primeros puntos de la constitución (el tratado) de este no-país son: 1- Uso exclusivo de la Antártida para fines pacíficos, prohibición de toda medida de carácter militar, excepto para colaborar con las investigaciones científicas. Se prohíben los ensayos de cualquier clase de armas”. 2.- “Libertad de investigación científica en la Antártida”.

Suena a Dvorak, no sé, a nieve limpia, ¿verdad? Parece mentira que un acuerdo firmado por humanos suene tan bello y siga vigente (seguro que con zonas grises, pero no soy científico).

Pasan los siglos, pasan los milenios, y los humanos continuamos sumidos en estos absurdos deslindes territoriales. Como si la tierra no fuera un bien común, un espacio solo arbitrariamente dividido a tiralíneas guerrero o colonial o las dos cosas. Por eso me considero antártico de toda la vida. Un continente sin jefe o jefes de Estado, sin bandera y sin himno. Qué gusto. Lo único que añoro es que no exista el idioma antártico. Ya lo inventaremos.

Venía todo esto a cuento por mi sorpresa ante la reacción de los analistas que, a su vez, se asombran de que el portavoz de que una de las cuatro grandes fuerzas políticas españolas coloque en primera línea parlamentaria el debate sobre el conflicto catalán. Es el tema tabú. El libro de las siete puertas que invoca al diablo cuando se lee. Nunca ha habido un debate real o efectivo sobre el asunto. Ni siquiera en los lejanos y apolillados tiempos a los que se remitió Pablo Iglesias en su interminable discurso. Y es por una sola razón: porque abrir la boca al respecto, sin insultar más o menos a los catalanes, resta votos en el resto de España.

Nuestro ridículo país, en el que concubinean cuatro lenguas vivas, tiene todas las condiciones para ser una nueva Antártida que dé ejemplo al resto del mundo. Un buen laboratorio de convivencia entre diferentes. La postura de Unidos-Podemos es la única no frentista: están contra los secesionistas, pero no en contra de que les permitan votar. Si se pierden votos por eso, es que aun somos un país muy escasamente antártico. Qué tristes apátridas por exceso de patrias, oh elegante pingüino, somos los españoles.