Estado de sitio español

Aníbal Malvar

Una de las cosas que más me incomoda de la España de ahora mismo, y de mi inquieto lugar en ella, es que nunca sabré si estoy en una revolución, en una dictadura, en un estado de sitio, en una monarquía, en una dilución, en una solución, en un gueto de raperos, en una misa eterna, en una democracia o en un camposanto.

Ayer, mi alter ego imaginario cruzó la frontera de Francia a España por La Jonquera en su coche sucio y destartalado, como corresponde al vehículo de cualquier alter ego imaginario mío. No ingrata fue su sorpresa cuando, pasando la aduana, la policía española, con gran aparato armamentístico y eurocrático, le mandó parar.

La alegría de mi alter ego fue indescifrable ante tan galante invitación policial. Podría contar a sus nietos que, en 2018, el glorioso año del toisón de oro a la futura reina emérita Leonor, la policía española le destripó el coche en la frontera Schengen para ver si llevaba un candidato a la presidencia de la Generalitat catalana, democráticamente elegido, escondido dentro del maletero. ¿No es vintage?

–¿Quieren que les abra la maleta? –preguntó, ilusionado, mi alter ego.

–No –bramó tajante el atildado policía (ahora son muy educados).

–No se ponga usted así –protestó mi alter ego–.  No es normal ver a un madero en la frontera con Francia buscando en tu maletero a Puigdemont. No me había sucedido nunca. Yo, si no tuviera usted inconveniente, me haría un selfie con usted… Para enseñárselo a mis nietos. ¿Quiere que sea yo quien abra el maletero, para el selfie?

–¿No llevará usted a Carles Puigdemont en el maletero? –levantó ambas cejas el policía, pues no sabía levantarlas de una en una.

–No, hombre –respondió amedrentado mi alter ego ante tan amenazantes y superciliares pilosidades.

–Era de imaginar –el agente le dio la espalda a mi alter ego.

–¿No me va a registar la maleta? –suplicó mi alter ego.

–El noventa y nueve coma nueve de los españoles odia a Puigdemont. Lo dicen las encuestas del CIS, y las internas nuestras, las del señor Zoido –el agente soltó una risa más falsa que la de la más bella dama de la peor comedia de Oscar Wilde–. Por tanto, colegimos estadística y peripatéticamente que el 99,9% de los vehículos a los que detenemos no llevan a Puigdemont en el maletero, y, por tanto, no los registramos.

–¿Y no se puede reclamar…? –preguntó mi alter ego.

–Usted solo representa un 0,1 de los sospechosos. Es usted, disculpe que se lo diga desde mi autoridad, insignificante.

–¿Y el selfie? Solo un momentito.

–Circule.

Salí por la N-II y conduje casi dos horas por la C-35 hasta el polígono Can Massaguer. La noche estaba filamentosa y fría, pero aun así decidí parar en un área de descanso para mear contra un árbol, estirar las piernas y respirar. Estaba cansado, pero tampoco tenía cosa mejor que hacer que estar cansado. No me extrañó escuchar los débiles golpes desde lo hondo del maletero.

–¿Qué pasa, Carles? –pregunté sin mucho interés, para no invitarlo a comportarse como una starlett.

–¿Falta mucho? –su voz sonaba a sofoco y a lata, pero no tuve la tentación de abrir.

–Una hora, o dos –golpeé el maletero, me puse al volante y arranqué.

Una de las cosas que más me incomoda de toda esta España de ahora mismo, y de mi inquieto lugar en ella, es que nunca sabré si estoy en una revolución, en una dictadura, en un estado de sitio, en una monarquía, en una dilución, en una solución, en un gueto de raperos, en una misa eterna, en una democracia o en un camposanto.

PS: La Jonquera, por cierto, es una de las micro-fronteras del mundo por donde circula más tráfico de carne humana destinada a la prostitución. La Jonquera alberga los prostíbulos más grandes de Europa. No suelo ver a nuestros policías aduaneros abriendo día y noche maleteros por este asunto.