Podemos: debates y elecciones

Desde hace unas semanas se ha abierto un debate en Podemos sobre la idea de “centralidad” y sobre  la evolución (en formas y contenidos) del proyecto. Un debate que va mostrando matices, acuerdos y desacuerdos. Un debate que quienes ven amenazados sus privilegios quieren presentar como síntoma de debilidad o, incluso, de acta de defunción. Nada más lejos de la realidad. Los debates políticos son una condición imprescindible para la existencia de un movimiento popular vivo. Por eso creo firmemente que un Podemos fuerte es un Podemos plural y pluralista. Con muchos compañeros y compañeras siempre he defendido y trabajado por un Podemos para los y las de abajo, que luche por la ruptura con el régimen del 78 y sus políticas de austeridad, con mil pies en las calles. Un Podemos que debe vincularse, además, con las prácticas y el “estilo” del 15M, las mareas y, en definitiva, el conjunto de movilizaciones que nos han traído hasta aquí en los últimos años. Un Podemos que no se limita a constatar el alcance del sentido común de época sino que trabaja por modificarlo, construyendo nuevas hegemonías en forma también de valores, ideas y prácticas políticas antagonistas. Otros compañeros tienen, seguramente, otros planteamientos. Y lo celebro. No puede ser de otra forma. Que se abra el tiempo del debate. Y hagámoslo de forma franca y honesta. Maduremos colectivamente la experiencia de Podemos en los últimos meses y afrontemos con serenidad (pero también con la urgencia del tiempo político) los debates tácticos y estratégicos que necesitemos tener. No se trata de ver los debates como algo paralizante, sino al contrario, los debates son útiles políticamente porque permiten intervenir sobre la realidad de una forma más adecuada para acercarnos a los objetivos del cambio. De hecho, los debates internos del movimiento (porque no son solo de Podemos) tienen un correlato hacia fuera, a partir de una praxis unitaria frente al enemigo: las élites expropiadoras.

 

Es algo que las élites no pueden entender: que en Podemos debatimos, se ponen encima de la mesa diferentes ideas y posiciones con un sólo objetivo: avanzar hacia la revolución democrática y la conquista de derechos. Los movimientos populares encierran en sí mismos un secreto indescifrable para las élites: son plurales, complejos, exponen diferentes sensibilidades para articular la unidad popular, frente al monolitismo de las clases dominantes, que necesitan de una pulsión totalitaria y anti-democrática para sobrevivir y mantener sus privilegios. Así pues, mientras las élites financieras y políticas fomentan la división entre los de abajo, se unifican frente a ellos. El proceso de configuración de la unidad popular sigue otro camino: se organiza desde la pluralidad, elevándose por encima de las divisiones fomentadas desde arriba, a través del debate plural y la acción común.

 

En los últimos meses ha habido una gran experiencia colectiva vivida en torno a Podemos. Una experiencia sobre la que debemos debatir y sacar conclusiones colectivamente. Eso no excluye, sino todo lo contrario, seguir disputando en la arena política pública frente al régimen. Las elecciones son un terreno favorable para estimular el debate público y colocar a Podemos en una posición expansiva. Para ello, rescatar algunas prácticas puestas en marcha durante la campaña de las europeas pueden ser particularmente útiles. Esto es: fomentar la auto-organización de la gente, dar rienda suelta a la iniciativa de cualquiera que se sienta parte del cambio, permitir el desarrollo de los Círculos como espacios de propuesta y encuentro, vincularnos a los espacios sociales que apuestan por el cambio social y político en sus territorios, generar ilusión. En resumen, hacer lo posible por favorecer que haya (de nuevo) un proceso de ilusión colectiva que pueda generar un desborde por abajo. Es decir: ser menos partido y menos Podemos, y más expresión y herramienta para el cambio. Eso no contradice la necesidad de una estrategia centralizada que cohesione la campaña, pero debemos retomar ese espíritu que nos permita ver también la campaña como una suerte de 15-M de la política (tal y como aconteció hace unos meses). Y es que, como solíamos repetir hace un año durante la campaña de las europeas, las élites no tienen miedo a la izquierda, tampoco a Podemos. Tienen  miedo a la gente, a los y las de abajo, haciendo política y organizándose para, colectivamente, superar la anomia social a la que nos condena el neoliberalismo y la precariedad. Y eso es, precisamente, lo que debe ser Podemos: un facilitador para que la gente que ha visto cómo las mismas instituciones eran expropiadas para el beneficio de unos pocos pueda recuperarlas siendo protagonistas del cambio político. Y es que la revolución democrática se está mostrando, cada vez más, como una escalada en la guerra de posiciones. Una escalada que también va a requerir de “saltos” (no sólo desde lo electoral) frente a los intentos de cierre por arriba de las posibilidades que se han ido abriendo. Y estamos en disposición de mantener abiertas esas condiciones y posibilidades, por más que los agoreros del Régimen se empeñen en construir un relato de la derrota anticipada, relato que sólo refleja el miedo al reparto de la riqueza y al ejercicio democrático.

 

En este sentido, el reto que nos impone el ciclo electoral que vamos a atravesar este año es enorme. E implica una responsabilidad y una tarea tremenda: desalojar a la mafia de las instituciones. Solo juntos y unidos (desde la diversidad del cuerpo social de los de abajo) podemos enfrentar este objetivo. La unidad popular como medio para lograr convertir a la mayoría social golpeada en una mayoría social política con un proyecto de transformación. Esa es la hoja de ruta para hacer de esta primera vuelta de las generales un momento que haga tambalear, de nuevo, los cimientos del Régimen del ’78. Convertir las elecciones en otra sacudida que impida cualquier tipo de estabilización de la situación política. Por eso, creo que debemos afrontar estas elecciones con ilusión y tranquilidad. Porque sabemos que la unidad popular es nuestra arma para echar a la mafia. Hoy (como siempre) nuestra lealtad debe estar con la gente de abajo. Con los y las trabajadoras de Movistar o de Correos, por ejemplo. Como decía el 1 de mayo el compañero Pablo Iglesias, sin gente como ellos, jamás habría existido Podemos. Ni Podemos tampoco tendría sentido. Que las elecciones sean también un momento para conectar con sus anhelos y sus demandas. Y, sobre todo, que la campaña sea un momento de efervescencia capaz de (re)conectar a todos aquellos que, organizados o no, hoy ven en el cambio político una posibilidad tan necesaria como urgente. Que estas elecciones sean, por tanto, la siguiente estación del cambio y la revolución democrática.