Huelga salvaje, huelga domesticada

29 jun 2010
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“Aunque el servicio no tenga la calidad de todos los días, con uno de cada dos trenes parado y el usuario más incómodo, el servicio se está dando.” -José Ignacio Echeverría, consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid-

 

¿Qué es lo contrario de una huelga salvaje? ¿Una huelga domesticada? Depende de qué sentido demos a ‘salvaje’. Los sindicatos del Metro convocaron una huelga, y los trabajadores decidieron en asamblea no respetar los servicios mínimos desde el segundo día. En seguida se les acusó de salvajes.

El término “huelga salvaje” se refería, en su origen, a aquélla que montan los trabajadores espontáneamente, a espaldas de los sindicatos. A partir de ahí, puede ser también salvaje por ilegal o violenta -y en ocasiones lo son-. Pero también podemos pensar en otro significado de salvaje: el animal que no ha sido domesticado, que se mantiene fiero. En ese sentido, huelgas como la propuesta por los trabajadores del Metro serían, en efecto, salvajes, pues se parecen a cómo eran las huelgas en los inicios del movimiento obrero, antes de que fuesen reguladas, limitadas y, en definitiva, domesticadas.

Aunque en España la Constitución pide una ley de huelga, ésta nunca llegó, y sigue vigente una norma preconstitucional. Con ella, los servicios mínimos son fijados discrecionalmente por la autoridad, y los huelguistas tienen que cumplirlos, aunque los vean abusivos. Siempre pueden recurrir a la Justicia, pero cuando les da la razón el daño ya es irreparable. En el caso del Metro, los servicios mínimos del 50% implican que los viajeros esperen unos minutos más de lo habitual, y que viajen más apretados. Así se garantiza la “normalidad”, justo lo contrario a lo que pretende cualquier huelga.

Vale, incumplir los servicios mínimos es salvaje. Pero no más salvaje que ciertas prácticas empresariales por todos conocidas. Por eso las huelgas, sobre todo de este tipo, sirven para visibilizar algo que se nos olvida con tanto diálogo social: la naturaleza conflictiva de las relaciones laborales, los intereses contrapuestos entre trabajadores y propietarios de los medios de producción, y la violencia resultante.

Si en su día los trabajadores aceptamos domesticar las huelgas, fue dentro de un gran pacto social. Ése que con la crisis se está quebrando. Salvajemente.


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