Ahorrar energía es cosa de pobres

06 Mar 2011
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“Las ocurrencias del gobierno para ahorrar energía recuerdan lo que sucede desde hace mucho tiempo en países como Cuba.” -Manuel Cobo, vicealcalde de Madrid-

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Lo del ahorro energético está muy bien, sí, pero si se hiciera en serio acabaría chocando con nuestros derechos más elementales: el derecho a ir en coche a cualquier sitio, el derecho a estar en manga corta en febrero, el derecho a tener la iglesia del pueblo más iluminada que la catedral de Florencia, el derecho a comer la fruta que queramos todo el año aunque haya que traerla de otro continente, el derecho a viajar en avión o AVE…

Hay que exigir al gobierno un plan de ahorro ambicioso, sí; pero, con la mano en el corazón, ¿a qué estamos dispuestos a renunciar nosotros? A poco, por lo que parece, o eso indican las respuestas que he oído tras la propuesta de reducción a 110 kilómetros, como si la velocidad a 120 (que pocos respetan además) fuese un derecho adquirido, o incluso un derecho natural, irrenunciable.

Mientras no se abra un debate a fondo sobre la insostenibilidad de nuestro modelo económico, energético y de consumo, cualquier medida chocará con esa mentalidad. Tampoco ayuda que el gobierno presente las medidas (de por sí tímidas) como algo temporal, coyuntural, motivado por estrecheces económicas, lo que refuerza esa idea de que renunciar a ciertos consumos nos quita calidad de vida; o que apueste por energías alternativas pero para seguir consumiendo al mismo ritmo.

Tardar veinte minutos más en un viaje de 400 kilómetros es tercemundista, reducir el consumo de luz parece una cartilla de racionamiento, ir en transporte público es cosa de pobres, en bicicleta iban nuestros abuelos porque no tenían coche, y la publicidad de esas compañías energéticas tan ecologistas nos ha enseñado lo a gustito que se está en casa descalzo y en camiseta mientras nieva fuera. ¿Por qué renunciar a nada?

Haría falta un debate serio, abierto, público, donde se oyesen todas las voces. Tal vez entonces nos convenceríamos de que otro modelo no sólo sería más barato y menos contaminante: además viviríamos mejor. Pero claro, si la crisis no ha servido para cuestionar el modelo económico, no confíen en que la crisis energética traiga un cambio de modelo.

 


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