Opinion · Dietética digital

El empresario-político digital

Después de tres artículos sobre Operación Triunfo, cambiamos de tercio. Con motivo de las elecciones italianas de este domingo 4 de marzo, abordamos una figura concreta, la del empresario-político, que Silvio Berlusconi perfeccionó, y que personajes como Beppe Grillo y Donald Trump han trasladado al entorno digital. En n/vuestra web ampliamos el debate.

__________________________________________________

El empresario-político encarna la identidad digital más lucrativa. No en vano, es la que obtiene y brinda el máximo beneficio. Siempre dispondrá de una pantalla para representarse. Las clases populares, en cambio, siguen estigmatizadas en el mundo digital. No les brinda demasiadas oportunidades de escalar socialmente. Pero si el dueño de la terrealidad paga, dicta y protagoniza el guión, todo le está permitido.

Ya lo dijo Donald Trump: “cuando eres una estrella, te dejan hacerles cualquier cosa: agarrarlas por el c***” (No pienso publicar por primera vez esta palabra dicha en su boca, antes se merece un poema). Se refería a las aspirantes a Miss Universo, concurso del que fue copropietario desde 1996 hasta que comenzó su aventura electoral. Podría referirse, en términos semejantes, a los espectadores del reality que produjo y protagonizó durante más de una década… o a sus votantes. Agarrados por la entrepierna.

Los escándalos de la mal llamada telerrealidad nunca afectan a grandes empresarios. En Pesadilla en la cocina, Chicote hace de pontífice hostelero. Humilla a dueños de pequeños establecimientos En el reality El Jefe Infiltrado, el empresario se disfraza de trabajador. Acompaña a sus empleados y les espía de incógnito. La farsa termina con una entrevista en la que desvela su identidad. Y ajusta cuentas con los empleados.

El empresario de la telerrealidad castiga al trabajador desobediente y negligente. Premia al más sumiso y mejor mandado. Y da una segunda oportunidad a quien cree que puede redimirse. La fábrica de identidades digitales refuerza las etiquetas que existen y, por tanto, reproduce la mirada del poder. En el mundo laboral proyecta al empresario omnisciente y todopoderoso: el que todo lo ve y puede. Cuando da el paso a la política, busca lacayos.

A partir de 2003, Trump se convirtió en el productor ejecutivo y el anfitrión de The Apprentice (El aprendiz). En este programa los concursantes competían por hacerse con un puesto de dirección en alguna de las empresas del magnate. Su intervención estelar consistía en gritarles I fire you (te contrato) o I hire you (te despido). Y, tras alcanzar la Presidencia, Trump rescató a algunos ganadores del concurso fichándolos para su equipo personal.

The Apprentice, el reality show de Donald Trump.

El líder checheno Ramzan Kadyrov (antes considerado terrorista) se anticipó a D. Trump. En noviembre de 2016, llevó su fórmula más lejos. Ganó las elecciones a presidente por un 98% de los votos (obviamente amañados). Y eligió a su asistente personal en la versión chechena de El aprendiz. No lo escogió por su formación y capacidades. Sino por “ser puntual, llevar a cabo de forma precisa las tareas asignadas y estar preparado para trabajar 24 horas al día”. Perfil requerido: un esclavo para un déspota. Vladimir Putin había nombrado a Kadyrov presidente de Chechenia en 2007. Desde entonces, fue acusado de torturar y hacer desaparecer a los opositores.

El poder los hace y las pantallas los juntan. Los líderes políticos han comprado con dinero y tramas de influencia el estrellato digital. La tele y las redes funcionan como centros de cambio de capitales. Trump transformó especulación inmobiliaria, casinos y hoteles por la Presidencia de la primera potencia mundial. Putin intercambió sus lazos con el espionaje y la mafia empresarial en apariciones televisivas con el torso desnudo, cazando osos y alardeando de poderío sexual. No extraña que congeniase con el magnate norteamericano.

Los atributos de los líderes digitales son la incorrección política y el desprecio a la diferencia racial, de género o política. Manejan la tele y las redes a su antojo para ensalzarse, estigmatizar al oponente y escenificar su poder. Los políticos-empresarios coparon la democracia a distancia, regida por el mando de la televisión y viralizada en las redes. Silvio Berlusconi había sido el precursor de todos ellos, y sus discípulos más aventajados no disimulan el mismo sesgo autoritario.

Beppe Grillo y Silvio Berlusconi en sendos mítines.

La carrera política de Berlusconi se parece a los programas de telerrealidad que él mismo produce en su imperio mediático. Viene y va utilizando sus partidos políticos como los realities, cambia el nombre y la forma manteniendo el mismo contenido, para mantener la atención de su electorado/audiencia. Para las elecciones de este domingo 4 de marzo, después de tres mandatos como Primer Ministro y una condena de inhabilitación de por vida (a la espera de una absolución de última hora), vuelve con su refundado partido Forza Italia a coaligarse con partidos populistas xenófobos y neofascistas como Liga Norte. Si fuese un programa de televisión podría titularse Forza Italia: el reencuentro.

Su mejor discípulo es también su rival en estas elecciones. Beppe Grillo, aunque tampoco es candidato a la presidencia, es el fundador del Movimiento 5 Stelle (M5S). Como actor y comediante, ha dispuesto de muchos años en televisión para crear su personaje, al igual que Trump (al que ha alabado y felicitado por su victoria). Si Berlusconi era el amo de la televisión italiana -durante sus mandatos ha llegado a dominar el 100% de la televisión terrestre italiana-, Grillo representa la adaptación al entorno digital, su blog personal -gestionado por una empresa líder en marketing digital, Casaleggio Associati- es uno de los más visitados e influyentes de Italia.

La ideología del M5S es la del capitalismo digital. El M5S funciona como una empresa privada, como la marca personal de Grillo. La única forma de organizarse dentro del partido es con círculos locales denominados meetups (utilizando el lenguaje de las compañías digitales), que funcionan como sedes de una franquicia y con capacidad de decisión muy reducida. Es un modelo para un Estado que aplica la lógica empresarial de GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft).

Otro ejemplo. En la República Checa manda un empresario-político. El magnate Andrej Babis (apodado Babisconi), ex ministro de economía, es dueño de un conglomerado de agroalimentación y de varios medios de comunicación checos. Intoxica por igual la dieta de los checos y la esfera pública. Apoyándose en un partido creado a su imagen y semejanza, ANO (Acción de Ciudadanos Insatisfechos, por sus siglas en checo), canaliza la indignación popular con un discurso en el que se sitúa fuera de la élite política y propone administrar el Estado como una empresa. Por algo también se le conoce como el Trump checo.

La figura del empresario-político digital que representan Berlusconi, Grillo, Babis o Trump son el resultado de la propagación de un discurso vírico. Tienen en común el populismo reaccionario, identitario y autoritario, impregnado de nacionalismo, corporativismo y rechazo al multiculturalismo. Señalan a la migración como amenaza, y crítican a un sistema económico del que son parte y del que se benefician enormemente. Los medios de comunicación y las redes son los espacios en los que mejor se mueven, y donde son capaces de polarizar a la sociedad.

De la pantalla pasan al muro. Tapian la realidad, la hacen inaccesible y enfrentan al público. Lo encierran en “cámaras de eco” que funcionan como cotos de caza electoral.