Apuntes peripatéticos

Invasores

Desde las murallas de Baeza, mirando hacia Mágina, el visitante observa que acompaña la línea del ferrocarril, allí en medio del ancho valle, una larguísima hilera arbolada cuya presencia es difícil de explicar. Luego resulta que es él. Lo conocen en Alemania, en Italia. Aparece por doquier en los descampados de las afueras de Londres, París y Ámsterdam. Es un redomado asesino internacional, quizás aún peor que el eucalipto. Un invasor tan agresivo como las bandas de cotorras que también están tomando la Península Ibérica y que son capaces hasta de desplazar a las urracas, lo cual es mucho decir.
El ailanto, que así se llama, procede de China. Se adapta sin problemas a cualquier clima y crece deprisa, con abundante o poca agua. Mediante los numerosos brotes radicales que echa a gran distancia estrangula todas las plantas que encuentra a su alrededor. Es proclive incluso a ocupar los rincones menos prometedores. Me consta que ha prendido uno en el mínimo resquicio de una ventana, casi a ras de suelo, en Lavapiés. Y que a no poca distancia, en el Jardín Botánico, se va introduciendo alevosamente, como por derecho propio, entre los exóticos arbustos y árboles del maravilloso recinto (ante la alarma, me imagino, del personal especializado que se encarga de cuidar del mismo).
Los ánimos, como los espacios físicos, pueden ser invadidos masivamente por fuerzas adversas –el catastrofismo colectivo, por ejemplo–, y es preciso tomar medidas enérgicas antes de que arraiguen definitivamente. Se acaba de hacer. Qué alivio. ¡Aún estamos a tiempo!