Apuntes peripatéticos

El mal común

Si hay algo que distingue a los conservadores británicos es su fidelidad al concepto de "leal oposición". Concepto que podemos asociar al del fair play deportivo elaborado e inculcado desde el siglo XIX en los colegios favorecidos por las clases dirigentes de la nación, y transmitido desde estos al resto de la sociedad. A ningún diputado conservador inglés de la oposición, y mucho menos al jefe de la misma, se le ocurriría –ni se lo permitiría el decoro de la Cámara– calificar de mentiroso y embustero, sistemáticamente, al presidente del Gobierno, como ocurre con tanta frecuencia por estos pagos. El insulto personal está proscrito en aquel experimentado cónclave bañado por el Támesis. Se respeta al otro. Se guardan las formas. Se discrepa de manera civilizada.

Un país democrático no puede funcionar si la oposición está siempre empeñada en la sucia labor de atacar sin contemplaciones, y con desdén, todo lo que hace el Ejecutivo; si es radicalmente incívica y se dedica sólo a ganar las próximas elecciones como sea y a cualquier precio. Lo que está ocurriendo ahora, con la vuelta del PP a las insidias sobre Atocha, es repelente. Y produce escalofrío pensar que un Arenas, con su "prácticamente imposible" (es decir, "no del todo pero casi seguramente"), podría ser presidente de la Junta de Andalucía.
A la derecha montaraz de aquí no le ha interesado nunca el bien común. Desconoce el concepto. Ello no le impide, por supuesto, andar siempre con la boca llena de "España" y de "los españoles", como si todos pensaran como ellos. Yo ya estoy temblando.