Aquí no se fía

¿Dónde estábamos cuando la sanidad pública nos necesitaba?

Es emocionante observar cómo miles y miles, quizás millones, de españoles rompen cada noche su obligado aislamiento para brindar desde sus ventanas y balcones una sentida ovación al personal sanitario que está luchando hasta la extenuación contra el coronavirus. Médicos, enfermeras, auxiliares, celadores… deben de sentirse muy conmovidos ante estas demostraciones de reconocimiento a su abnegada labor y de orgullo por la formidable sanidad pública que tenemos, reconocida dentro y fuera de España como una de las mejores del mundo. Sin embargo, estoy seguro de que muchos de ellos se preguntarán también dónde estaba toda esa gente en el momento en que más se la necesitaba: cuando el sistema sufrió la mayor agresión de su historia, a cuenta de los recortes impulsados desde el Gobierno por la derecha.

Parece que ha pasado un siglo desde aquello, pero fue hace pocos años y sus consecuencias las estamos sufriendo y sin duda las seguiremos sufriendo, por desgracia, todavía durante mucho tiempo. So pretexto de plantar cara a la crisis que traía de cabeza a la mayor parte de Occidente, los presupuestos del Sistema Nacional de Salud fueron víctimas de un hachazo no ya brutal, sino temerario. Sólo en el periodo comprendido entre 2010 y 2018 se dejaron de invertir cerca de 29.000 millones de euros, mientras se desviaban ingentes cantidades de dinero público para evitar el colapso del sistema financiero. La contratación de personal cayó en picado, se cerraron centros de atención primaria, hubo hospitales ya construidos que ni siquiera pudieron abrirse y, como era previsible, se dispararon las listas de espera.

Obviamente, allí donde el Estado consolidaba su repliegue, entraba a saco la iniciativa privada, la mayoría de las veces espoleada por los gobernantes del PP, que siempre han tenido claro que el manejo ventajista de la sanidad, por no hablar de la educación, puede ser un lucrativo negocio. No hace falta salir de Madrid para comprobar cómo áreas enteras de salud, con todo su personal e instalaciones, han sido entregadas a empresas cuyo objetivo, lógicamente, es la búsqueda del máximo beneficio. Que su gestión sea más o menos eficaz depende de la experiencia individual de cada uno; pero de lo que no cabe duda es de que ocupan un terreno que el sector público, al menos en mi opinión, nunca debió abandonar.

Contra esa agresión se movilizó una "marea blanca" de profesionales de la sanidad que salieron a la calle en reiteradas ocasiones y en muchos lugares de España para defender no algo suyo, sino algo que al fin y al cabo es de todos. Hubo gente que se sumó a su protesta, aunque la verdad es que no mucha y, desde luego, el apoyo que se prestó entonces al personal sanitario no tiene nada que ver con el respaldo entusiasta y generalizado que se le está dando ahora. Qué habría pasado si hubiéramos salido en masa para frenar el atropello de los recortes es algo que ya nunca podremos saber con certeza. Pero, seguramente, hoy tendríamos una sanidad pública mejor dotada, y por lo tanto más fuerte, para hacer frente a esta terrible pandemia. Quienes lo impidieron tienen una indudable responsabilidad por acción, pero los ciudadanos la tenemos por omisión, cuando no por asentimiento. Y no estaría de más que lo recordáramos cuando nuestros aplausos vuelvan a sonar esta noche.

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