Opinion · Realpolitik

El portentoso poder (electoral) de las palabras

Las palabras tienen mucho más poder del que pensamos, definen lo que existe, generan realidades, crean necesidades y pueden incluso llegar a destruir ciudades o a fundar imperios.

Así, la primera batalla en una guerra o en unas elecciones, que siguiendo a Clausewitz o a Runciman no dejarían de ser dos momentos del mismo negocio, se libra siempre en el campo semántico, de tal modo que quien domine el mismo y consiga enmarcar de forma favorable a sus intereses el mapa de palabras sobre el que gira una elección y la polaridad de las mismas, tiene mucho a su favor para alzarse con la victoria en las urnas.

FOTO: Pixabay
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Pero vayamos a un ejemplo para tratar de poner luz sobre todo esto, un experimento desarrollado por el premio Nobel Daniel Kahneman hace ya unos añitos.

Kahneman propuso a 1.485 estudiantes universitarios un ejercicio malvado: a través de dos pequeños textos describía el crecimiento de la criminalidad en la (inventada) ciudad de Addison y proponía posteriormente en un test diferentes soluciones al mismo, unas basadas principalmente en el castigo y otras planteadas desde las políticas educativas y sociales.

La única diferencia entre ambos textos era una maldita metáfora. La mitad de los estudiantes recibieron uno en el que se calificaba al crimen como una “bestia salvaje” mientras que en el texto entregado a la otra mitad lo describía simplemente como un “virus”.

El resultado no dejó lugar a dudas, los estudiantes que recibieron el texto de la “bestia salvaje” optaron mayoritariamente por soluciones punitivas independientemente de su sexo o ideología mientras que los que recibieron el texto del “virus” eligieron mayoritariamente las soluciones sociales.

E insisto, la única diferencia era una maldita metáfora.

La conclusión a este experimento no puede ser más desoladora para quienes pensábamos que los humanos somos seres racionales y aplicamos la lógica estricta a nuestra toma de decisiones. En realidad, no somos tan racionales como pensamos y tenemos al enemigo en casa; nuestro propio cerebro conspira contra nosotros para que tomemos decisiones basadas en otros elementos más allá del cálculo coste-beneficio, la ideología, o las dicotomías bien-mal, o progreso-barbarie.

¿Y qué sucede cuando trasladamos todo esto al terreno político? Pues aquí es cuando comienza lo interesante.

¿Alguien piensa que es casual que Donald Trump se pasase meses y meses sin llamar por su nombre a Hillary Clinton, y en su lugar se refiriera a ella siempre como “crooked Hillary” (“deshonesta Hillary”)?

No, no estamos ante una casualidad, de la misma forma que tampoco lo estamos cuando asistimos a peleas semánticas que pueden llegar a parecernos infantiles o absurdas pero que en realidad tienen un alto contenido político y estratégico.

No es inocente, por ejemplo, que desde la derecha se califique a la violencia contra las mujeres como “violencia doméstica” y por el contrario desde la izquierda y el feminismo se denomine “violencia de género”.

La primera cadena semántica restringe la violencia al discreto interior del hogar familiar, llegando incluso a cuestionar la necesidad de políticas públicas que puedan actuar dentro de ese sacrosanto espacio privado. La segunda por el contrario saca la violencia fuera del hogar y la expone públicamente, generando automáticamente políticas que sirvan para acabar con un problema estrictamente público y que afecta a toda la sociedad.

Como tampoco es inocente que al mismo proyecto legislativo desde un lado se le llame “recortes sociales” mientras desde el otro se califica de “plan de austeridad”, que un movimiento se denomine a sí mismo “pro-vida” en lugar de “anti-aborto” o que los movimientos nacionalpopulistas declaren muy serios que sus medidas contra la inmigración son “los españoles primero” en lugar de “contra los extranjeros”.

A esta lista pueden añadir sin miedo al error los “viernes sociales” del gobierno Sánchez, el “trifachito”, los “golpistas catalanes” o el “okupa de moncloa”, intentos, más o menos afortunados de imponer un marco sobre otros.

Hace algunos años se aseguraba que quien dominaba la agenda política (los temas sobre los que se discute en una elección) era el seguro ganador en las urnas. Hoy esto ya no es así, las elecciones comienza a ganarlas quien consigue imponer sus marcos semánticos y conceptuales.

Las palabras, las malditas palabras.