Opinión · Con M de

Culpable de mi fenotipo

Ilustración de Shalini Arias
Ilustración de Shalini Arias.

Por Shalini Arias (@Shali_pimienta), colaboradora de la Fundación porCausa

Son las 10:15 de la mañana en Madrid centro, salgo de casa como cada martes de camino a la oficina. No se me han pegado las sábanas como de costumbre y voy a llegar a tiempo. Brilla el sol, tiene pinta de que va a hacer un buen día. Bajo las escaleras del metro, paso el abono de transporte y las puertas se abren ante mí. Vuelvo a bajar otras escaleras y me sitúo en el andén. Camino un poco para encontrarme justo en el vagón que me dejará frente a la salida de mi parada. No tengo que esperar mucho, y el tren de metro se acerca hacia donde estamos todos los pasajeros esperando. Subo al vagón, y junto a mí otras 10 personas más. Me quedo de pie, solo son 4 paradas. En mis cascos esta sonando Lost on you de LP, y yo me pierdo pensando en lo que tendré que hacer hoy. Alzo la vista de la pantalla de mi móvil y veo que voy a llegar a mi parada. Me dispongo a salir y justo choco con una mujer, me disculpo y salgo del tren.

Estoy subiendo la escalera de camino a la salida y, de repente, una mujer intercepta mi mochila. Me giro extrañada, y la veo. Una señora de mediana edad, pelo rubio platino y peinada como recién salida de la peluquería. Abrigo de piel y zapatos caros. Le pregunto que qué quiere, que si necesita ayuda -tonta de mí-. “Me has robado la cartera”, ni un “hola, perdona”, o un “disculpe, creo que he perdido la cartera”. Sus palabras me están acusando directamente. Le doy la oportunidad de retractarse y cambiar su lenguaje, “¿Perdone? ¿A qué se refiere? No la entiendo”, le digo. Con aire estirado repite con su voz de pito: “No, no te hagas la tonta. Sé perfectamente que me la has quitado tú”. La miro perpleja, sé perfectamente por qué me esta acusando a mí y no a cualquier otro pasajero del tren. Lo hace por mi tono de piel que, como diría una maquilladora al escoger la base, es dos o tres tonos más oscuros que el suyo. “Perdone, pero no se de qué me esta hablando. Voy a trabajar, y ya llego tarde. ¿Ha mirado bien en su bolso?”.

Me mira de arriba a bajo con sus ojos casi imperceptibles bajo la cantidad de rímel que se ha puesto. Coge su bolso -un modelo icónico de Gucci tamaño medio y negro- y lo acerca más a su abrigo. “Por supuesto que lo he mirado, y no está, la tienes tu. Ni se te ocurra irte o moverte, que he llamado a la policía”. Tras repetirle unas diez veces que debo irme, que llego tarde a la oficina, desisto. Los de seguridad del metro se han acercado al ver el alboroto y uno de ellos, con cara de sentir lastima por mi situación, me aconseja esperar a que venga la policía para que no se lie mas la escena.  Pienso que lo único que me queda es resignarme y dejar que las cosas sean así. No es la primera vez que me ocurre una cosa de este tipo.

Unos 45 minutos después la policía llega. La agente me informa de que va a proceder a registrarme, así como a mi mochila. Estoy pasando vergüenza, la gente que pasa por delante obviamente mira la escena con curiosidad, y en ella yo soy la delincuente. La mujer no para de repetir que he sido yo, que yo tengo su maldita cartera, y que no ha podido ser otra persona. Que la única persona de tez morena cerca de ella era yo, termino su frase en mi mente. Me han mirado bien y, obviamente, no tengo la cartera. La policía se disculpa por el mal trago que he tenido que pasar y, milagrosamente, la asquerosa cartera aparece. Sí, la cartera estaba allí, en su bolso de Gucci. Había estado allí todo ese tiempo. La policía la mira perpleja, se vuelven a disculpar conmigo y ella se larga con sus zapatos caros y su abrigo de piel, sin mediar palabra. Y yo me quedo con mi mal sabor de boca, la vergüenza y la impotencia de que me hayan tratado como una criminal sin motivo alguno.

La conclusión que saco de la situación es que tengo que salir de casa bien arreglada, y demostrar que no soy una ratera. Y no esperar disculpas de nadie, que debería de acostumbrarme a verme involucrada en escenas así. Que la culpable soy yo por mi fenotipo, y no ella por su mente racista.