Opinión · Con M de

El encuentro

'Reuinas del tiempo'. Foto: Tim Snell / CC BY-ND 2.0
‘Ruinas del tiempo’. Foto: Tim Snell / CC BY-ND 2.0

Por Pilar Lucía López (@PilarLucia7)

Mahmadou sólo aprendió a empuñar un bolígrafo, no un kalashnikov. Por eso se manifestó con los universitarios contra el golpe de Estado en Mali. Y allí estaba enardecido con sus compañeros de Derecho, gritando consignas contra los yihadistas que querían convertir el país en un cuartel. Poco a poco se fueron uniendo otras facultades. Se extendió la huelga como un río desbordado. Un día se sumaron también las madres de los estudiantes y se manifestaron con ellos hombro con hombro. Fue algo grande. Le pareció que la palabra, la cultura y las pancartas podían vencer si seguían unidos, pero se equivocó. Así descubrió que los que tenían las armas no tenían la razón, pero sí el poder y el miedo de la gente.

Pensó que todo lo que había aprendido sobre los derechos humanos se deshacía como azúcar en agua al paso de los tanques. Por eso decidió coger un avión y llegar a Marruecos para pasar a Francia. Y sobre todo a París, allí por fin se encontraría con su padre.

Su madre le contó que había emigrado poco antes de que él naciera. De vez en cuando mandaba alguna foto junto al Sena o en la Torre Eiffel con una sonrisa muy abierta. A él le parecía que era la de un hombre que había conseguido llegar a su destino. Dentro de poco podría abrazarle y darle las gracias en persona. Diecinueve años sin padre era demasiado tiempo.

Mahmadou llevaba todos los documentos necesarios y una ilusión tan grande que no le cabía en la maleta. En una lista había anotado todos los pasos y escalas del viaje. Debía llegar al aeropuerto de Casablanca y de ahí, le recogerían en coche para llevarle a Marrakech, y luego a… Todo estaba muy claro hasta que se encontró en una habitación estrecha con otras treinta personas que esperaban su traslado. Creyó que era una escala inesperada, de paso, que debía ser un error… Por eso preguntaba a cualquiera las dudas que tenía en la cabeza.

“¿Cuándo vendrán a recogernos? ¿Cuánto tiempo llevas esperando? ¿De dónde venís vosotros? ¿Con quién habéis contratado el viaje?”

Así se fue enterando que algunos llevaban casi tres años en esa habitación de Casablanca y pensó que se trataría de algún problema con los papeles y los pasaportes.

Días más tarde llegaron dos hombres diciendo que tenían una plaza en el coche y que buscaban a una persona delgada que pudiera caber en el Golf como quinto pasajero. Mahmadou se ofreció y se lo llevaron enseguida casi con lo puesto. Recogió lo esencial y dejó su maleta con ropa a los compañeros. No había tiempo que perder para viajar a Francia. Su padre le esperaba en París y eso era lo importante.

A las afueras de la ciudad les esperaba un coche blanco cargado de personas y bultos. El conductor abrió la puerta del maletero y le hizo una seña para que se metiera. Él negó con la cabeza y esbozó una sonrisa, convencido de que era una confusión. “No, no yo he pagado un taxi para ir de Casablanca a Marrakech”, y le mostró un billete a aquel hombre mal encarado que no atendía a razones. Éste volvió a indicarle el maletero con el brazo,”¡Túmbate estúpido!”, le gritó al mismo tiempo que sacaba del coche un oscuro machete.

Mahmadou hizo un gesto de stop con las manos e intentó por segunda vez explicarse. “Entra ya, si no cabes te cortamos las piernas”. Dejó de protestar ante el brillo metálico de la hoja oxidada y entró como una res al matadero. Se plegó como una manta en tres dobleces y se quedó muy quieto. Nunca tuvo la cara tan cerca de sus rodillas y su barba. Rezó para que el viaje fuese rápido. Recitó frases para machacar el miedo: “Pronto llegaré y seré libre, pronto veré a mi padre”. Las rodillas le crujían como si fuesen maderas mal ensambladas, la espalda protestaba a cada curva violenta. Un frío extraño le recorría la frente a pesar del sudor que su cuerpo expulsaba. Nunca supo cuántas horas pasó en aquel vehículo. La bienvenida se la dio un policía y su primer hotel fue un calabozo oscuro como un montón de ceniza.

A partir de ahí Mahmadou suele contar la vida en corto, en frases sueltas, fragmentadas, como si no quisiera recordar lo vivido. Como si fuese la vida de cualquier otro. Que allí nadie sabía francés y no había intérprete. Que luego le mandaron al CETI de Ceuta un año entero. Que estuvo trabajando en un pueblo de la costa y que por fin, a través de Cruz Roja, pudo llegar a Barcelona y de ahí por fin a Francia. Y ahí se para y suspira y abre el pecho como si necesitase más aire para seguir hablando. Ahora, sentado ante un té dorado y humeante, cruza y descruza los dedos de sus manos como si estuviese rezando, mientras explica cómo encontró a su padre.

“Me costó mucho encontrar a mi padre porque sólo tenía la dirección de unos apartamentos, pero no de un número y una calle concretos. Atravesé París en trenes y autobuses hasta llegar más allá de la (autopista) Periphérique. Había cientos de bloques de cemento con ventanas pequeñas y alargadas. Casi todas las personas con las que me crucé eran migrantes africanos. Mientras recorría las calles me preguntaba cómo sería el encuentro con mi padre. ¿Le reconocería? ¿Y él a mí? ¿Me daría un abrazo o se quedaría mirándome un rato? Me preguntaba si se alegraría de verme o no le gustaría? Al fin encontré a una mujer que me condujo a un edificio alto y entramos por unos corredores hasta llegar a la puerta. Me abrió un hombre de aspecto demacrado y me dijo que esperase un momento, que iba a llamar a mi padre. Estaba anocheciendo y el pasillo era oscuro. Yo esperé nervioso en la puerta dudando de si había merecido la pena este viaje. Al poco apareció un hombre de pelo grisáceo que poco tenía que ver con las fotos que mi madre me enseñaba. Me dio dos besos con su barba sin afeitar y me sonrió con tristeza. Tenía unas manos enormes y nudosas, que contrastaban con su cuerpo tan delgado. Después me presentó a todos los inquilinos. Eran más de una docena de personas las que vivían en un piso de setenta metros. Sentí que algo se removía por dentro y quise salir de allí corriendo. ¡Mi padre vivía así o, mejor dicho, malvivía, desde hace veinte años para que yo pudiera ir a la universidad! ¡Qué injusto todo! Se me hundió el suelo que pisaba. No me esperaba eso. Me sentí tan culpable de todo, avergonzado de ser universitario, mientras mi padre se dejaba la vida para ayudarnos”.

Mahmadou volvió a Ceuta con ayuda de los Traperos de Emaús y decidió quedarse allí y buscar trabajo. A través del CEAR pudo estudiar y ahora es especialista en Integración Social. “Es lo menos que puedo hacer”, dice, “trabajar para que otros puedan usar sus derechos humanos. Lo aprendí de mi padre”, y sonríe volviendo a cruzar los dedos de sus manos. “Ahora que voy a tener una hija le contaré lo que he vivido. Todo lo que sufrí ahora tiene sentido”.

Pilar Lucía López es escritora, pedagoga y activista por los derechos humanos.