Opinion · Con M de

Dos pasaportes, dos nacionalidades y un alma perdida

Diente de león. Foto: Bessi.
Diente de león. Foto: Bessi.

Por Natalia May (@_May_Natalia_)

Pero, ¿tú eres rusa o alemana? Es la pregunta a la que me enfrento cada día de mi vida. Me ocurre cuando leo el periódico, cuando voy a ver una película, cuando conozco gente nueva… ¿Alemana o rusa? Parece una pregunta muy sencilla, ¿verdad?

No hay nada mas fácil que saber cuál es tu nacionalidad, tus orígenes. No hay nada más fácil que saber cuál es tu idioma materno, tu cultura, tu identidad. Seguramente, la mayoría de las personas responderían a esta pregunta sin pensar. Obviamente, tu identidad la define el país en el que naciste, en el que has vivido la mayor parte de tu vida, el idioma en el que piensas, sueñas… No hay nada más fácil que encontrar respuesta a esta pregunta… O, a lo mejor, no lo es tanto.

Pues aquí estoy yo, y otros tantos como yo, quienes no sabemos a qué país, a qué nacionalidad, a qué cultura pertenecemos. Nos identificamos con tanta gente y, sin embargo, sentimos que en realidad no pertenecemos por completo a ninguna de las culturas de nuestros padres y abuelos, ni a ninguna de sus nacionalidades, y hasta percibimos varios idiomas como nuestra lengua materna. Aquí estamos y nos sentimos solos, perdidos y confusos, buscando sin cesar la respuesta a la pregunta: “¿Quién soy yo realmente?”. 

¿Soy más alemana o rusa? Pues depende. Si hablamos de los cuentos de hadas, de las canciones infantiles y de los antiguos dibujos animados soviéticos, con los que me he criado, soy apasionadamente rusa, orgullosa y agradecida por una infancia tan bonita y real. Unos años que viví rodeada de la naturaleza mas pura y veraz; y donde tanto la vida como la muerte formaban parte de ella.

Si se trata de mentalidad adulta, de cómo veo y vivo mi vida, soy extremadamente alemana: pragmática, razonable, tranquila. Pero, ¿definen realmente mis dos nacionalidades quién soy? Y sobre todo, ¿lo hacen los estereotipos?

Mi padre procede de esos alemanes que han vivido en Rusia desde los tiempos de Catalina la Grande, la cual, siendo una princesa alemana, de un día para otro, se convirtió en la emperatriz de Rusia. Deseando rodearse de su gente, en el siglo XVIII Catalina la Grande invitó a los alemanes a instalarse en Rusia, dándoles amplias tierras, títulos y numerosos privilegios. Muchos alemanes respondieron a la invitación de la monarca.

 A lo largo de toda su historia y hasta la última dinastía real, los tristemente conocidos Romanov, los monarcas rusos mantenían estrechos lazos de parentesco con las casas reales de Alemania, Inglaterra y Francia. Tras la revolución bolchevique, durante la cual no solo se asesinó a la familia real, sino que se desterró a su Dios, dejando un rastro sangriento de curas y monjas asesinados, se expulsó igualmente a gente educada y culta, que tuvo que salvarse huyendo al extranjero. La minoría alemana, que hasta aquel entonces había disfrutando de una serie de privilegios, tuvo que huir del país o, por lo menos, alejarse lo más posible del centro del poder soviético, Moscú, hasta Siberia. Su vida cambió de un día para otro, pasando de ser una clase privilegiada a mera ‘escoria extranjera’. Lo que ha perdurado en esas tierras a través de los siglos fue el aislamiento de los alemanes. La barrera tanto espacial -los pueblos se dividían en la parte alemana y la parte rusa, con una barrera idiomática y cultural invisible que impidió que las culturas se entremezclaran. Mis abuelos jamás aprendieron ruso, mi padre lo hizo a la edad de siete años.

Yo, una viva imagen de mi madre rusa, nunca he vivido ningún tipo de dificultades ni discriminaciones siendo niña. Orgullosa de mi padre alemán, quien a pesar de la etiqueta de nazi ha podido ascender y hacer carrera, me sentía plenamente rusa y era feliz.

Con la muerte de mi madre y la mudanza a Alemania, cambió todo. De repente, me vi obligada a expresarme a todas horas en un idioma en el que hasta ahora solo había hablado con mi padre y mi abuela a regañadientes. Me veía obligada a celebrar la Navidad católica en vez de la Noche Vieja, como habíamos hecho hasta entonces durante toda mi vida. Adolescente, rebelde, me negaba a aceptar mi identidad alemana. 

Pasados los años, después de graduarme en la universidad, viajé a Moscú -una ciudad con la que siempre había soñado- para ver con mis propios ojos de adulta cuál era la realidad que había dejado atrás. Y resultó ser una realidad en la que yo ya no encajaba. Con un ligero acento que se parecía, según me han dicho, al polaco, resultó que ya no me sentía, ni me veía del todo rusa. 

Nostálgica, he retomado el contacto con todo lo que formaba parte de mi infancia -los poemas, las canciones, los cuentos de hadas, los personajes de novelas, películas, canciones- me he encontrado con la niña que era, feliz, libre, salvaje, encantada con su mundo pequeño y con lo que era. Me he encontrado con la niña que era, olvidada durante tantos años. Una niña que se ha convertido en una adulta, y que ya no pertenecía aquí. 

¿Alemana o rusa? Durante toda mi vida he intentado definir mi identidad a través de mis nacionalidades, los dos pasaportes que poseo, mis dos idiomas nativos, y la cultura de mis padres y mis abuelos.

Incluso he llegado a recurrir a las etiquetas y estereotipos, los cuales detesto y me persiguen como un mosquito molesto, vaya a donde vaya. 

Lo he intentado y he fracasado estrepitosamente. ¿Por qué? Porque no soy ninguna de las dos cosas, si no mi propia interpretación de lo que es ser ruso o alemán, de lo que es pensar y soñar en un idioma u otro. Soy un mosaico que recoge todo lo que he vivido y experimentado a lo largo de mi vida. Soy única. Igual que lo eres tú.

Natalia May es investigadora de Fundación porCausa.