Opinion · Contraparte

Las venas abiertas de la Casa de México en Madrid

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Plataforma Y Retiemble! (@yretiemble)
 Espacio de apoyo al Congreso Nacional Indígena (México) desde Madrid

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Ayer, primero de octubre, Josep Borrell, Ministro de Exteriores y Manuela Carmena, Alcaldesa de Madrid, estuvieron en la Calle Alberto Aguilera, 20, esperando a Luis Videgaray, Secretario de Relaciones Exteriores de México y juntos entraron en el palacete para inaugurar la Casa de México en España. La hoy “Casa de México” fue reclamada durante mucho tiempo por los movimientos sociales de esta ciudad, en la que existen pocas oportunidades para que vecinos y vecinas tengan espacios autogestionados. Enrique Peña Nieto recibió el edificio el pasado mes de abril de 2018, con una concesión por 50 años.

La Casa de México se abre al público hoy 2 de octubre, día en que se cumplen 50 años de que el Estado mexicano asesinó y reprimió estudiantes en 1968. Se inaugura con una Jornada de Puertas Abiertas en tono de fiesta, en un día declarado de luto nacional por el mismo gobierno mexicano en 2012. Entre las actividades se enumeran desde exposiciones, teatro, hasta manualidades y piñatas, pasando por una degustación de “destilados mexicanos”. Pero nada que conmemore lo ocurrido hace cinco décadas en el país, como si se invisibilizara una fecha que tiene un significado para todos los mexicanos.

El actual gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto y la fecha del 2 de octubre están ligados, más de lo que a primera vista podría parecer, por un lado, por la historia trágica de México y por otro, por la lucha de los estudiantes. El 2 de octubre de 1968, el presidente Gustavo Díaz Ordaz mandó reprimir al movimiento estudiantil que aglutinaba a las universidades públicas más importantes del país, dando lugar a la “matanza de Tlatelolco”, días antes de la fastuosa inauguración de unos Juegos Olímpicos que pasaron a la historia porque Tommie Smith y John Carlos levantaron el puño, enfundado en un guante negro en la ceremonia de entrega de los premios de los 200 metros. Esta historia de represión no se cerró ahí, hay una continuidad con lo acontecido el 26 de septiembre de 2014. En esa fecha, un numeroso grupo de estudiantes de la normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, se dispuso a tomar unos autobuses para asistir a la conmemoración número 46 de la matanza de Tlateloloco. Los estudiantes fueron emboscados por elementos del Estado. Seis personas fueron asesinadas, tres de ellas estudiantes, y cuarenta y tres siguen desaparecidos. Mucho tardó Peña Nieto para pronunciarse sobre lo ocurrido y sólo para justificar la desaparición de los jóvenes y declarar su muerte con una “Verdad Histórica” llena de mentiras.

El año 1968, fue un tiempo convulso en buena parte del mundo, con los estudiantes empeñados en cambiar el rumbo político de sus países; y esto ocurrió no solo en París o en Praga, con su Primavera; en México, por ejemplo, los estudiantes se propusieron abrir nuevos cauces de participación política en un estado donde éstos no existían si no era dentro de las normas del Partido Revolucionario Institucional, el PRI, en el poder. Desde el mes de julio de ese año en que empezaron a movilizarse, los jóvenes fueron consolidando, cada vez más, el apoyo de la sociedad civil. Baste recordar para ello la Marcha del Silencio, realizada un 13 de septiembre, convocada por el Consejo Nacional de Huelga (CNH) a la que acudieron, según fuentes de la época, entre doscientas y doscientas cincuenta mil personas y que fue encabezada por el rector de UNAM, Javier Barros Sierra. En su pliego petitorio figuraba, entre otros, el respeto por la autonomía universitaria al grito de “Libros sí, bayonetas no”, la libertad de los presos políticos y la desaparición del cuerpo de granaderos, equivalentes a los antidisturbios, que habían participado en varios actos de represión contra los estudiantes.

Cuando llevaban 123 días de huelga, realizaron un mitin en la plaza de Tlatelolco, suficientemente grande como para que pudieran entrar en ella todos los estudiantes y con un edificio, el Chihuahua, que tenía una terraza en el tercer piso desde dónde podían hablar los oradores. Cuando estos estaban ya terminado el acto, a eso de las 6 de la tarde, unas luces de bengala cruzaron el espacio y acto seguido, francotiradores pertenecientes al Batallón Olimpia, apostados en los edificios de alrededor, abrieron fuego y en segundos, fueron seguidos por los elementos del Ejército que estaban en la plaza. Los muchachos y las muchachas salieron corriendo, huyendo de las balas; algunos lo consiguieron, otros no; otros más fueron escondidos por los vecinos que les abrieron sus casas, en los edificios de la plaza, pero que de nada les sirvió, porque los militares entraron a la fuerza en muchos de esos domicilios a detenerlos, pese a no tener orden judicial para hacerlo.

Durante horas la plaza se vio llena de cadáveres y de personas heridas, pero a la mañana siguiente estaba limpia y despejada, tanto, que los militares no dejaron a nadie pasar por ella. Cincuenta años después, aún no se sabe el número de muertos y heridos, pero el tres de octubre de 1968, las primeras páginas de los periódicos del país, estaban dedicadas al tiempo.

Esta es una historia que ocurrió hace ahora cincuenta años y que prácticamente todos los mexicanos conocen. Y no solo la conocen, sino que todos los 2 de octubre se realiza una manifestación multitudinaria en la Ciudad de México en la que resuena el grito de ¡2 de octubre no se olvida!, de la misma forma que no se olvida Ayotzinapa ni los miles de muertos que los presidentes de México llevan a sus espaldas en todos estos años, desde Díaz Ordaz hasta Peña Nieto, pasando por Echeverría, Salinas, Zedillo, Fox y Calderón.
Y con esta historia, y con este grito que sigue vivo como el primer día de ¡2 de octubre no se olvida!, en este día en que se cumplen cincuenta años de los hechos, se abren las puertas de la Casa de México en España con unos alegres actos de puesta de largo entre los que se encuentra la proyección de “una divertida comedia protagonizada por una familia disfuncional de Tijuana”. Programar estos eventos en esta fecha ¿es un despiste o más bien un desatino político del que se hacen cómplices el Sr. Borrell y la Sra. Carmena? En realidad, lo más probable es que se trate de un reflejo del desprecio y la apuesta por el olvido planteados desde el Estado mexicano. Una burla que no ha de pasar desapercibida y que resulta particularmente cruel después de que hace apenas unos días, se conoció la noticia de que en tres estados del país, el gobierno está contratando traileres frigoríficos para almacenar los cuerpos de los muertos que ya no caben ante la saturación de las morgues. Entre los lugares involucrados: Tijuana.

Pero eso sí, necesitamos que el 2 de octubre nos vengan a divertir con comedias sobre familias disfuncionales en esa ciudad. Los disfuncionales son otros; no entienden que no entienden. El 2 de octubre no se olvida.

Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer en el pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?

¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.

La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en la radio y el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)

Memorial de Tlatelolco. Rosario Castellanos (Fragmento).