Posibilidad de un nido

Nuestro tiempo es un bizcocho

Bizcochos. E.P./Eduardo Parra
Bizcochos. E.P./Eduardo Parra

Sí, yo también he hecho un bizcocho. Se nos ha llenado de bizcochos el confinamiento. Las redes sociales y los periódicos se nos han llenado de recetas. No se nos han llenado de métodos de higiene, tampoco de sistemas para ordenar los armarios ni de técnicas para comprar online. ¿Por qué de bizcochos? Porque es algo que la mayoría nunca hacíamos. Así de simple.

Pero nada, ni siquiera una torta casera, es simple. Vamos allá.

¿Qué es un bizcocho? Para empezar, un alimento. La alimentación es aquello que somos. Somos porque nos alimentamos y también somos aquello de lo que nos alimentamos. Restar importancia a la alimentación es una forma de restar importancia a nuestra dedicación a nosotras, a nosotros mismos.

Para seguir, un bizcocho es un alimento producido en casa. O sea, se trata de una forma de mezclar sustancias nutritivas para, tras un proceso elaborado con más o menos esmero, dar lugar a un postre. Casero. Si bien es cierto que quien más quien menos cocinaba antes del confinamiento, no son muchos, muchas, quienes lo hacían con postres. La cocina antes de que nos encerráramos en casa tenía que ver con una forma más o menos rápida (generalmente, más) de alimentarnos. Ah, pero un bizcocho es otra cosa. Un bizcocho es tiempo.

De eso se trata. De tiempo. Y no de cualquier tiempo.

Un bizcocho significa dedicar tiempo de nuestra vida a elaborar un postre para consumo doméstico, incluso familiar si me apuran. Un bizcocho, en muchos de los casos, es también una forma de pasar el tiempo con nuestras criaturas. O sea que un bizcocho es tiempo dedicado a los alimentos domésticos que requieren esmero, cuidado, y que rara vez consumimos, desde luego no habitualmente, y menos cocinados por nosotras mismas.

Hace nada, tres periodistas participaban en uno de esos chats múltiples que suplen al aperitivo de toda la vida. Cuando iban terminando el vermú, una de ellas preguntó al resto qué iban a comer. Quedaron en mostrarse las viandas una vez elaboradas. Las tres fueron: bacalao à brás, lubina a la sal y hamburguesa con pesto casero decorada con flores de cebolla. A la vista de su elaboración y su muy esmerada presentación, parecían platos de alta cocina. Jamás antes habían hablado sobre lo que pensaban cocinar o comer. Jamás se habían mostrado unas a otras los resultados de su cocina.

El bizcocho, como esos platos, marca la diferencia entre lo que éramos antes de la reclusión y lo que somos ahora. Entre lo que teníamos antes de la reclusión y lo que tenemos ahora. O sea, la diferencia entre el dinero y el tiempo.

Ahora tenemos tiempo.En eso consiste el trabajo. Más allá de que nos guste o no aquello a lo que nos dedicamos, más allá de lo que produzcamos, el trabajo consiste en ceder parte de nuestro tiempo a cambio de una remuneración, o sea de dinero. Así que un bizcocho es el retrato de lo que ahora tenemos y también de lo que, a cambio, hemos perdido. Tenemos tiempo, hemos perdido dinero. Hasta que una no hace un bizcocho no se da cuenta de lo que cedía, en general inconscientemente.

De golpe hacemos bizcochos. Lo que viene a significar que, antes, cedíamos, a cambio de dinero, nuestra dedicación a los alimentos, a la elaboración de lo que comemos, al tiempo que dedicamos a lo doméstico, a lo compartido, a lo íntimo.

Ante el horno, me pregunto por qué un bizcocho y nuestro trabajo son incompatibles. Me pregunto si es necesario que sean incompatibles. Y también pienso en cómo describir, cómo definir un sistema en el que el trabajo (o sea ganar dinero) y hacer un bizcocho (o sea tener tiempo propio) son asuntos irreconciliables.

Cuando todo esto acabe, ¿volveremos a ceder nuestro tiempo, todo nuestro tiempo dedicado al alimento, a la familia, al lugar en el que vivimos, a las relaciones íntimas, a cambio de dinero? ¿Seremos capaces de exigir lo contrario? Por supuesto tengo mis sospechas, pero solo son eso, mis sospechas. Sin embargo, creo que merece la pena planteárselo.