Posibilidad de un nido

¿En serio "autoexplotación", compañera?

Empleadas de una farmacia en Málaga. REUTERS / Jon Nazca
Empleadas de una farmacia en Málaga. REUTERS / Jon Nazca

Suena el despertador. Pongo la radio. Apunto mentalmente las noticias. Me levanto. Pongo la cafetera. Le dedico un mimo a mi hija pequeña. Sigo prestando atención a la información del día que están vendiendo. Entro en internet. Leo varios periódicos. Abro la agenda. Repaso el día. Memorizo las horas. Me ducho. Me pinto la cara y me arreglo el pelo. Plancho un par de prendas. Beso a la pequeña. Mando un saludo al mayor desde el pasillo. Cojo un taxi. Pido al conductor que sintonice las noticias. Tomo notas de camino a la televisión. Pongo un par de opiniones en redes. Hago un par de llamadas de confirmación para el debate. Llego a los estudios. Me siento en un taburete. Dejo que la cámara me enfoque. Pienso en la comida. Mando un WhatsApp para ver si mis hijos están en marcha. Paso dos o tres horas exponiendo argumentos, ninguno debe llegar al minuto. Lanzo uno. Me cortan. Me contraigo para el siguiente. Respondo a dos WhatsApp. Pienso en la nevera, en las vituallas. Salgo de la televisión. Cojo un taxi. Llamo al mayor para repasar los alimentos. Confirmo una conferencia. Confirmo una charla. Envío dos facturas. Leo los mails. Respondo a dos WhatsApp. Bajo del taxi en el mercado. Compro tres o cuatro cosas. Llego a casa. Pongo un informativo. Pongo una lavadora. Reviso los mails. Respondo a tres. Hago la comida. Comemos. Me intereso por sus clases. Respondo a dos WhatsApp. Mando a mi hijo y mi hija lavar los platos y tender la ropa. Grabo un vídeo para una movilización. Repaso los periódicos. Respondo a dos WhatsApp. Me recoge otro taxi. Me retoco la cara por el camino. Me siento en un taburete. Mando un par de WhatAspp de confirmación para el debate. Dejo que la cámara me enfoque. Pienso en la cena. Mando un WhatsApp para ver si mis hijos están en marcha. Paso dos o tres horas exponiendo argumentos, ninguno debe llegar al minuto. Reviso los mails. Respondo a tres. Subo en el taxi de vuelta. Tomo notas sobre lo que he acumulado durante el día. Llego a casa. Paso por alto lo que mis hijos no han hecho. Me siento al ordenador. Contesto a mi hija que ya cenaré más tarde. Cojo un folio. Escribo el esquema para el próximo artículo. Reviso los mails. Respondo a tres. Contesto a mi hijo que ya cenaré más tarde. Releo los tres capítulos previos de la novela y empiezo a escribir el siguiente. Reviso el mail. Respondo a dos WhatsApp. Me castigo mentalmente por haber pasado otro día sin leer. Respondo a dos WhatsApp. Confirmo mi intervención en un debate. Reviso los mails. Respondo a tres. Beso a la pequeña, tumbada. Me castigo mentalmente por no poder escribir otro capítulo. Me meto en la cama. Pongo el podcast del informativo de la noche que ya pasó. Pienso en cuánto hace que no me masturbo. Reviso la agenda del día siguiente. Me castigo por lo que no había previsto. Trato de calcular las facturas que me quedan por cobrar. Trato de calcular las facturas que me quedan por enviar. Me tomo una pastilla de valeriana consciente de que no sirve para nada. Me castigo por ir durmiéndome mientras no escucho las noticias de la noche.

Llevo tiempo oyendo hablar sobre la "autoexplotación" relacionada con el feminismo o sencillamente con la vida que llevamos las mujeres en esta sociedad.

Una vez, hace poco, fui anotando mentalmente todo lo que he narrado en el primer párrafo, el largo. Anotando mentalmente, o sea haciéndome consciente, de cada una de las cosas que hacía durante un día. A lo largo de esa jornada fui dándole vueltas a la idea de "autoexplotación", o sea, de cómo nos explotamos a nosotras mismas, un acto en el que se cruzan lo laboral, los cuidados, la soledad y la culpa. Ah, la soledad. Ah, la culpa.

La soledad forma parte de un dolor mayor que se ha afianzado en los últimos meses por la pandemia, pero que viene de largo. Sencillamente, no nos vemos, no nos encontramos. Nos cruzamos en redes, tecnológicamente, pero sin cuerpos, sin aspecto, sin gestualidad. El cariño en una pantalla es la cara de un payaso viejo. Nada de esto es fruto de confinamientos ni mascarillas, es un mal mayor y más lejano que deberíamos revisar seriamente.

Sin embargo, en lo referente a la "autoexplotación", me interesa sobre todo el asunto de la culpa. El término en sí mismo (auto+explotación) se enrosca en el eje de la culpa como un alambre de espino a medio utilizar. De espino. Nos sentimos e incluso nos declaramos públicamente responsables de "autoexplotarnos". Como si fuera una opción. Como si no prefiriéramos, en caso de poder, estar pasándonos el dedo por la higa.

¡Qué coño!

Lo que ha venido en llamarse "autoexplotación" de las mujeres (no todas feministas etc) es una farsa. Inmediata y minuciosamente deberíamos empezar a borrar ese "auto" que precede a la palabra "explotación". Inmediatamente, nos lleve el tiempo que nos lleve.

Porque se trata sencillamente de un modo de explotación, y no precisamente llevado a cabo por nosotras mismas. No nos explotamos nosotras, no nos "autoexplotamos". Nos explota, nos exprime, nos está matado un sistema que ha decidido retratar de forma cruel, y no inocentemente a la mujer sola, a la madre sola, a la mujer como sujeto laboral, a la mujer que crea, a la que destila pensamiento y lo hace público.
Ese retrato no es culpa nuestra. No somos responsables de ese retrato. Sí de no combatirlo. Sí de aceptar un concepto dolorosísimo denominado "autoexplotación".