Posibilidad de un nido

Los torturadores y los hombres

Protesta contra la violencia de género. EFE/Archivo

En España hay varios cientos de miles de torturadores, que sepamos. Son cifras del Consejo General del Poder Judicial, las últimas que me constan superaban los 600.000. Así que ahí está el suelo de la cifra. No sabemos por dónde anda el techo. Ellos, los jueces y sus datos, en realidad se refieren a las víctimas de violencia machista, a las que denuncian, se refieren a las evidencias de golpes, heridas abiertas, violaciones, roturas de huesos, encierros o ataduras en centros médicos o ante juzgados y fuerzas de seguridad. En los cuerpos de las mujeres. Se refieren a las agredidas, pero no suelen referirse a ellos. Conocemos el nombre de las torturadas, pero no el de sus torturadores.

Porque se trata de tortura.

Cuando se decretó el confinamiento fueron ellas las primeras que me vinieron a la cabeza. Sin embargo, inmediatamente pensé en sus parejas, en los torturadores y los asesinos de mujeres. Más de medio millón, bastantes más, en esta sociedad tan próspera y "garante de los derechos" blablablá. Imaginé a aquellas bestias macho encerradas 24 horas al día con sus mujeres. Es como enclaustrar al torturador y la torturada en la misma celda sin ventana día tras día, semana tras semana, mes tras mes. ¡Hora tras hora! Podían hacer con sus mujeres lo que quisieran. Ellas, a cambio, no contaban ni con el magro descanso que les conceden las horas de trabajo o de bar de los criminales.

Levantarte cada mañana aterrada porque el tigre ya da vueltas en torno a ti. Furioso. Encerrado. Encerrada tú. Con todas las horas del día para usar garras, fauces y en este caso cualquier herramienta a mano.


Me sudan las manos sobre el teclado al escribirlo. También al recordarlas.

Se trata de la propiedad. Esos machos crudelísimos tienen una mujer, es suya, y hacen con ella lo que quieren. Para sentir que es suya, que de verdad les pertenece, la someten a vejaciones sin fin. Hay quien dijo que durante el confinamiento bajaron las denuncias por violencia machista, que descendió el número de asesinatos de mujeres. ¿Por qué vas a reventar algo que consideras el 'punching ball' sobre el que descargas tu furia? Es mi 'punching ball', mi saco, mi fardo. Y no puede salir de aquí. Es mi entretenimiento sádico. Y no puede salir de aquí.

Ah, pero acaba llegando el momento en el que se abre la puerta de la celda. Y algunas, las menos, se atreven a huir. La inmensísima mayoría, otros cientos de miles, más de medio millón, siguen dentro.


Acaba llegando el momento en el que se abre la puerta de la celda.

En solo una semana, esta última, la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género ha confirmado una cifra aterradora: Seis de esos torturadores han asesinado a sus mujeres. Porque ya no eran suyas, porque cabía la posibilidad de que decidieran no serlo. Porque se ha abierto la puerta del encierro.

Durante la última semana, mientras íbamos conociendo esos crímenes, los programas de televisión repetían algunas de las frases del pavor.

César Román, el llamado "Rey del cachopo" que presuntamente descuartizó a su pareja: "tú en la cama serás mi zorrita particular. Solo para mí"; "Eres mía, que no se te olvide"; "Si fuera de casa te portas mal, decidiré cuál es tu castigo"; "Eres mía. Ya eres mía. Que no se te olvide".

Tomás Gimeno, padre secuestrador en Tenerife y posible asesino de sus hijas, Anna y Olivia, a la madre: "No volverás a ver a tus hijas".

Conocemos esas frases, esas exactamente, a consecuencia de varios presuntos asesinatos. No conocemos otros millones de frases semejantes que cientos de miles de hombres en España escupen cada día a sus mujeres. Tiene que abrirse la puerta de la celda, tienen que tratar de escapar, tienen que ser asesinadas para que vuelen tales relatos como la flatulencia de una sociedad enferma.

Sabemos lo que sufren ellas, qué espanto, porque las agresiones están descritas en miles y miles de denuncias, de partes, de informes. Sin embargo, ¿qué sabemos de sus torturadores? Apenas una cuestión siniestramente económica: que las consideran de su propiedad hasta el punto de destrozarlas cotidiana y minuciosamente, hasta el punto de poder hacer con ellas lo que quieran, incluso trocearlas y echarlas al cubo de la basura.

Si te vas te mato. Y la matan. Si no eres mía, no serás de nadie, y la matan. Como hables, mato a tus hijos. Y los matan.

Cuando estas cosas suceden, las mujeres salimos a las calles, temblamos de furia y dolor, hemos creado asociaciones para protegerlas, lugares a los que puedan acudir, herramientas si acaso útiles, y qué poco, para las que deciden escapar. Las mujeres nos coordinamos, estudiamos cada caso, elaboramos informes y teorías, creamos organismos, peleamos a gritos para que se sepa, para que nadie pueda decir que no lo conoce.

¿Y los hombres?

¿Qué hacen los hombres?

¿Cuántas asociaciones de hombres existen semejantes a las de las mujeres? ¿Cuántas veces han convocado manifestaciones? ¿Qué instituciones han creado para estudiar por qué sus semejantes en tanto que hombres, los torturadores, se cuentan por cientos de miles?

A veces pienso que de la misma forma que nosotras dedicamos horas y horas a tratar de proteger a las torturadas, enumerar a las asesinadas, describir los mecanismos que laten detrás de cada cuchillada, alguien debería dedicarse a los torturadores. A estudiar sus comportamientos, de dónde viene esa impunidad de propietario, por qué pueden hacerlo. Hace falta muchísimo tiempo, y el tiempo es trabajo (en este caso trabajo no remunerado), para retratar la tortura cuando la tortura es un crimen omnipresente en nuestra sociedad. Necesitamos más manos, más cabezas. No son los militares de una dictadura, no son los sicarios de un cártel, no son los protagonistas de una serie sádica. Son hombres que pasean por las calles de este país, que toman el café en la misma cafetería que tú, que se van de cañas con tu hijo.

¿Qué es lo que no quieren ver de eso? Hablo de los hombres. Y lo pregunto porque doy por supuesto que, en el caso de verlo, estarían movilizándose en plazas, universidades, centros de trabajo, redes, activismos múltiples y contundentes. ¿Por qué no lo hacen?

Debo, quiero, decido suponer que es porque no lo ven. Debo, quiero, decido suponer que es porque se niegan a verlo. En el caso contrario, si pensara que sí lo ven y permanecen ahí esperando que alguna de sus amigas haga algo para solidarizarse, perdería toda esperanza en el futuro de esta sociedad.

Cierro con la pregunta cuya respuesta da escalofríos: ¿Por qué se niegan a verlo?