Posibilidad de un nido

Marlaska ya tiene su mosca

El hombre llamado Rodolfo Martín Villa aquel 18 de junio de 2017, hace ahora cuatro años, está  viejo y cansado, pero con esa agitación que provocan los más altos gestos institucionales. Cuando se detiene frente al rey Felipe VI, tiene ya 83 años y está a punto de recibir una medalla de manos del monarca, a la cabeza del Congreso de los diputados o sea por parte de todos los españoles ahí representados excepto los votantes de Unidas Podemos, que ha pedido que se le excluya del acto.

Rodolfo Martín Villa celebra que lleva 40 años sin rendir cuentas, entre otras tropelías, de la matanza en la que asesinaron a cinco jóvenes e hirieron a otros 150 que protestaban dentro de la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria. Fue responsable, junto a Manuel Fraga Iribarne, de la carnicería más siniestra de la Transición. Él estaba al frente, en el Gobierno, de las Relaciones Sindicales.

Avanza sin romper el ritmo precedido y seguido de otros hombres que celebran el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas. Todos ellos van a ser condecorados.

Por la mañana, se ha levantado de un humor especial. Nadie a quien un rey va a galardonar al cabo de unas horas se levanta como si tal cosa. Esa mañana, no me cabe duda, ha tenido un recuerdo para aquellos cinco asesinados. Aún recuerda, porque aún están vivas, las palabras de uno de los agentes que llevaron a cabo la masacre: "Dile a Salinas que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia".

Ha tratado de espantar la palabra "masacre" como quien ahuyenta una mosca pesada, pertinaz, pero solo mosca al fin y al cabo. La palabra "masacre" es para Martín Villa un inofensivo insecto que dejará en casa tras cerrar la puerta para asistir a la muy solemne celebración.

Qué pesadas son las moscas. La de "masacre" va acompañada además de la medalla al mérito policial que, siendo ya ministro de Interior prendió del pecho de los torturadores, carniceros, Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño y Roberto Conesa. Un premio a los tormentos que infligieron a cientos de hombres y mujeres, atrozmente.

Martín Villa premió a los torturadores y, aquel 18 de junio de 2017 se le premiaba a él. Brutalidad repetida, perpetuada, premio al tormento, a la tortura hace solo cuatro años.

El rey Felipe VI da la mano a Rodolfo Martín Villa, quien acto seguido se inclina ante la reina Letizia. Los monarcas están flanqueados por el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, la presidenta del Congreso, Ana Pastor, el presidente del Senado, Pío García Escudero y presidente del Tribunal Supremo de España y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes, que ahí sigue a día de hoy. Todos allí de pie, todos pomposos mientras entregan su medalla a la tortura, ese acto que une las matanzas de la Transición con la muy democrática España actual.

El ahora ministro de Interior, Fernando Grande Marlaska ha recibido cientos de miles de firmas de hombres y mujeres españolas para que se le retiren las medallas a Billy el Niño. Lo sé porque yo misma entregué en su nombre medio millón de peticiones expresas al hombre que las dio por registradas en la puerta del ministerio. Que le retire las medallas que le otorgó aquel responsable de la matanza de Vitoria a los torturadores y que cuatro décadas después, hace nada, fue condecorado, se puede suponer que por eso mismo. No tenerlo en cuenta es un plus al premio que el rey y el Congreso de los diputados.

Pero el ministro Grande Marlaska, y el Gobierno socialista, no tuvieron a bien retirar dichos premios y Billy el Niño murió con las medallas colgadas del pecho.

Las torturas de hoy

El pasado 13 de julio, hace tres días, dos mujeres jóvenes narraron en sede judicial las torturas que les habían infligido la policía durante el periodo de incomunicación de su procesamiento por varios cargos relacionados con ETA que ellas niegan insistentemente. Se llaman Naia Zuriarrain y Saioa Agirre.

"Me empezaron a tocar, me tocaron mis pechos, todo el cuerpo…, un guardiacivil que estaba atrás se pegó totalmente a mí, sus genitales, a mi parte trasera, y todo el rato haciendo comentarios de índole sexual, humillándome, insultándome…, y después de eso me pusieron otra banda de gomaespuma, que me iba desde debajo de los brazos y me tapaba todo el cuerpo, y me la precintaron y ahí me seguían echando agua fría por la cabeza y me empezaron a poner bolsas de plástico que me tapaban totalmente y no podía respirar porque se me metían en la boca e intentaba romperlo para respirar… Yo me acuerdo de que encima decían que tenían que cambiar de bolsas «porque las bolsas esas son una mierda", relata Zuriarrain. "¿Vas a hablar? ¿Vas a hablar? ¿Vas a hablar? Y ya en ese momento en que estaba en el suelo les dije sí, voy a hablar, y desde ese momento fue aprenderme de memoria todo lo que me preguntaban y si no contestaba como ellos querían me amenazaban todo el rato con que iba a volver a pasar lo mismo que había pasado. Cuando ya dije que iba a hablar, me levantaron, me pusieron como unas mallas granates súper sucias que estaban ahí y mi camiseta interior que tenía y me pusieron contra una pared y ahí empezaron a preguntarme cosas y a hacerme aprenderme lo que ellos querían que yo declarase en la declaración policial, y me acuerdo de que ahí también oía gritos de otro hombre en el cuarto o en la celda de al lado o no sé muy bien, gritos durante bastante tiempo".

Es solo una parte de la tortura que las mujeres han narrado ante el juez.

El ministro Grande Marlaska no se ha pronunciado al respecto. El ministro Grande Marlaska, hoy cabeza de Interior, está implicado en varios casos que a la postre han significado condenas del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) a España por no investigar las denuncias de torturas a detenidos que estaban bajo su custodia, como explicó este mismo diario.

El ministro conoció el relato de las torturas de Naia Zuriarrain y Saioa Agirre, al fin y al cabo, era el encargado de custodiar los derechos de las detenidas y el jefe máximo de quienes supuestamente las perpetraron. A la mañana siguiente, Fernando Grande Marlaska se levantó temprano y descubrió que una mosca revoloteaba sobre su cabeza, ahí en el dormitorio. Al fin y al cabo, solo un inofensivo insecto.