Posibilidad de un nido

Estudian como sus abuelos y para la empresa

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– Mamá, ¿tú sabes todo lo de Leovigildo?

– Pues debí de estudiarlo, pero no lo recuerdo.

– Pues no te lo sepas, porque menudo lío tenía este tío.

Mi hija menor (13) estudia los reyes godos sentada en la mesa de la cocina. Exactamente igual que su abuela hace 65 años, exactamente igual que su abuelo hace 80. Mi desconsuelo al mirarla no tiene límites. No los tiene porque la cuestión no es que la Educación sea una basura, sino porque nosotras, madres y padres, lo somos. La Educación es la manera en la que planeamos el futuro, no solo del alumnado sino de la sociedad completa. Es el retrato de nuestra sociedad. Y sí, es una basura, una falta completa de responsabilidad, una dejación de compromiso por nuestra parte.


Pensaba en esto al leer las reformas que acaba de anunciar el ministro de Universidades, Manuel Castells. Trata de remuneraciones, reparto de la representación de las distintas partes, temporalidad y aumento de la presencia de las mujeres. O sea, lo mismo que una gran empresa.

Ya no me remontaré a tiempos de su abuelo, en los que ni televisión había, sino a los míos. Cuando yo estudié mi carrera universitaria no existía internet, por supuesto, pero es que no teníamos ordenadores. Escribíamos a máquina y maquetábamos con tipómetros sobre grandes hojas de papel. Lo único que ha cambiado desde entonces es que ahora tienen ambas cosas, redes y nuevas tecnologías. ¿Para qué? Para estudiar exactamente lo mismo, de la misma forma y en los mismos lugares.

La base de la educación, universitaria y no universitaria, está en la comunicación. Qué comunica el profesor y recibe el alumnado, cómo lo hacen y dónde. Además, consiste en hacerse preguntas e investigar las respuestas. No solo se trata de aprender unos contenidos que permanecen prácticamente invariables en los últimos, siendo generosa, 50 años. Ni por supuesto en hacerlo agarrados a una tablet y navegando por las redes. Su mundo es absolutamente otro, no tiene nada que ver con el mío ni con el de sus abuelos. En nuestras épocas, al menos, las protestas eran constantes, las estudiantes y los estudiantes salíamos a las calles. En los sesenta, en los setenta, en los ochenta. Parece el ejercicio de nostalgia de las abuelas, pero es la reflexión de una madre corresponsable de este desastre. Participábamos activamente en la transformación de la sociedad. A veces de manera patética, otras de forma políticamente activa. Podríamos decir que un sector más o menos representativo de las estudiantes, de los estudiantes, se manifestaba por la libertad sexual en su momento, contra la dictadura en otros o por estatutos territoriales. Se ocupaban los rectorados, cargaba la policía y nadie se llevaba las manos a la cabeza. Que no lo hagan también es responsabilidad de sus adultos, adocenados y obesos.


El ministerio de Universidades habla de empresas. No lo hace directamente, pero quedó claro que la Universidad actual está concebida como tal. Es el fruto de cómo está pensada la Educación en todos sus niveles. Si no se enseña a las criaturas a ser críticas desde los primeros grados, no lo serán de mayores. Por lo tanto, no aspirarán a modificar la triste realidad en la que viven ni transgredirán las normas establecidas. Les estamos enseñando a respetar un mundo capitalista a ultranza donde el centro es la gran empresa, las multinacionales. No hace falta decírselo, basta con adiestrarles, con domarlos.

Ahora se podría diseñar una transformación global de la educación universitaria. Más que nunca tenemos los medios para hacerlo. Como he dicho, la comunicación es la base, y es la forma de comunicarse lo que ha cambiado de manera radical. ¿Qué enseñanzas reciben al respecto? ¿Qué forma de usarla para crecer? Sobre todo para hacerlo de una manera crítica, incluso con las formas mismas de usar las nuevas herramientas a su alcance.

Hace un par de meses, una ingeniera y programadora informática me decía que si llega un alumno a solicitar trabajo con un título en la mano, no se le ocurriría admitirlo. Que su baremo se encuentra en la experiencia que tenga con las nuevas tecnologías. Eso, lamentablemente, no se enseña en las universidades, sino que depende del desarrollo autodidacta de cada uno. Esto, además de profundizar de manera brutal la brecha económica de acceso al mundo laboral, ya no depende de las instituciones formativas.

Mi conversación con ella procedía de la noticia sobre el hecho de que el 80% de los nuevos puestos de trabajo que tendrán nuestros universitarios no existen aún. Cuando existan, que será ya mismo dada la velocidad de cambio de las tecnologías, nuestras hijas, nuestros hijos, no habrán recibido ninguna enseñanza sobre ello. ¿Quiénes accederán pues a ese nuevo mundo laboral? Quienes se hayan preparado solas, solos, e intuitivamente. Es más, quienes hayan tenido en casa las máquinas y el tiempo para hacerlo.

Preguntémonos pues de qué sirve hoy la Universidad. Ya que no puede o no quiere hacer el esfuerzo de adelantarse a los tiempos que ya están aquí, al menos debería ofrecer al alumnado una formación crítica y a manejar la intuición, los medios que tengan a su alcance y todo lo referente a las nuevas formas de comunicarse. Eso, además, debería ser continuación de la enseñanza no universitaria.

Mientras el ministro Castells exhibía una vergonzosa concepción empresarial de la Universidad, mi hija menor estudiaba los reyes godos. Deberíamos sentirnos responsables porque nosotras, como adultas, tampoco salimos a la calle a exigir lo contrario. De ahí también se aprende, quizás la lección más importante de sus vidas.