Posibilidad de un nido

Lo malo es trabajar

Pixabay.
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Yo comprendo que hay personas a las que trabajar les parezca un paraíso, que trabajan por el simple gozo de hacerlo, ese tipo de entrega sin esperar nada a cambio tan propio de la fe y el voluntariado. Sin embargo, existe otra gente, entre la cual me cuento, que trabaja para ganar dinero. ¿Y para qué queremos el dinero?, se preguntarán los de la fe, y también los de la patronal y las derechas en general. Pues mire usted, para algo tan simple como vivir. Ya sabe, un techo, comida, luz, agua, gas, teléfono, zapatos, ese tipo de cosas de la gente sencilla. Que sí, que lo queremos todo, que tienen ustedes razón, pero es que para eso sirve trabajar.

Trabajar consiste en ceder parte de tu tiempo a cambio de dinero. Y el dinero sirve para lo anteriormente citado. Dejemos la idea de trabajar sin cobrar a los de la fe y el voluntariado, y centrémonos en el dinero. Nos centramos poco en el dinero, cada vez menos. Es una tendencia. El dinero cobrado a cambio de trabajar debe ser suficiente para vivir. Si no, ¿para qué partirse el lomo? ¿Por afición? No señor, si no te llega para vivir, mejor tocarte un pie. Sin embargo, las cosas se han ido torciendo hasta tal punto, tal punto idiota, que se pretende que las trabajadoras y trabajadores lo hagamos a cambio de un dinero tan miserable que no nos permite pagarnos techo, comida y luz.

Me perdonarán la insistencia, pero no se me ocurre la razón por la que deberíamos hacerlo, trabajar, en ese caso. Como yo hay muchas personas, normalmente del sector que llamamos "madurez". A nosotras nos tienen perdidas para la causa de las cuatro perras, así que llevan ya un tiempo cebándose con el sector que llamamos "juventud". Una de las razones principales, si no la principal, es que a dicho sector se le puede acusar de "no es que no encuentren trabajo, es que no quieren trabajar". La base de dicha afirmación se centra en que ellos no necesitan su techo, su comida y sus suministros, porque ya tienen los de sus padres y sus madres. Así que se les aconseja que no pidan demasiado, que "más vale algo que nada", que se arreglen con esas cuatro perras semana sí, semana no, y que no tengan tanta prisa.

De resultas de lo anterior, la llamada juventud permanece en la casa familiar durante unos años en los que deberían estar ya criando, sea lo que sea que decidan criar. Más allá de que eso limita y cercena su vida y la de sus mayores, genera una perversión económica de doble vía. La llamada juventud, que llega por lo visto hasta los 35, aporta una parte de su jornal a casa. Su jornal es insuficiente para tener casa propia, pero es que además, el poder adquisitivo de su madre o su padre o ambos también puede ir hundiéndose y pasar a ser insuficiente, ya que en realidad no son ellos dos quienes mantienen la vida que llevan todos, sino al menos tres. Es decir, que donde un salario, dos con suerte, resulta insuficientes, llega un tercero también insuficiente y la cosa queda tapadita. El hijo o la hija no llegan, el padre o la madre o las dos no llegan, pero los tres juntos sí se apañan con lo que venimos llamando "vivir", y que por lo visto es un capricho de consentidos: techo, comida y suministros. La joven no se va porque no puede pagar un alquiler cada vez más alto en comparación con los sueldos. Pero poco a poco y por esta misma razón, los padres y las madres tampoco pueden. El hecho de que la hija trabaje por cuatro perras viene a matar dos pájaros de un tiro. ¿Quién mata a los pájaros? Pues los de siempre. Los que van de caza. O sea, quienes tienen las viviendas y pagan los sueldos.

Lo peor de todo este asunto, muy malo ya en sí mismo, es que una se acostumbra a todo. El precio de la vivienda de alquiler ha subido hasta el punto de que más de tres cuartas partes de la población "joven" (ahí entran los de 35 con carrera y máster) no puede pagarse un piso. Paralelamente los salarios han ido bajando tanto y la precariedad de los contratos alcanzado tal grado de miseria que ni se lo plantean. Con ambas cosas hemos tragado: los alquileres inasumibles y la precariedad laboral generalizada.

Ah, pero seguimos viviendo. ¿Cómo? Pues creando nuevos núcleos de convivencia que hasta hace nada eran impensables. Familias en las que conviven dos generaciones en edad laboral, o incluso tres. Grupos de dos o tres núcleos familiares bajo el mismo techo. Personas con trabajo compartiendo piso con otras personas con trabajo más otras personas con trabajo por la imposibilidad de hacerlo por separado. Y súmele las variedades que conozca, que todas conocemos alguna más.

Poco a poco la población se va partiendo, parece que definitivamente, en dos. En realidad siempre ha sido así, solo que a veces se nos olvidaba. Una parte vive a la manera llamémosla tradicional. La otra, no puede asumir el techo y los suministros, pero sigue trabajando. O sea, que el problema, en el fondo, es trabajar. Si trabajar consiste en prestar tu tiempo, en la ocupación que sea, a cambio de dinero, ese dinero debería ser suficiente para vivir. No lo es, y sin embargo se sigue trabajando. Las imaginativas nuevas formas de acumular pobres bajo un mismo techo, pertenezcan o no a una sola familia, pone un parche por lo pronto y tapa la idiotez. La idiotez de que hasta ahora lo malo era no tener trabajo, pero al menos podías tocarte un pie. Ahora, admitámoslo de una vez por todas, lo malo es tenerlo, lo malo es trabajar.