Posibilidad de un nido

Pierde el imbécil de Johnny ‘Sparrow’ Depp

El actor Johnny Depp durante el juicio contra su exmujer la actriz Amber Heard . EFE/EPA/EVELYN HOCKSTEIN / POOL
El actor Johnny Depp durante el juicio contra su exmujer la actriz Amber Heard . EFE/EPA/EVELYN HOCKSTEIN / POOL

Ah, el bueno de Johnny Sparrow Depp convertido en un sapo que interpreta a un sapo en el que acabará siendo sin duda el papel de su vida. Pobre tipo, desgraciado, ni maldición merece. Lo tuvo todo y ha terminado convertido en monumento al eructo de taberna.

Ahí está, necesitaban encarnar su ansia de venganza contra las mujeres y él ha decidido hacerse cargo de tal papel, representarlo. Pero, ojo, representarlo siendo. El triste miserable de Depp es un actor veterano, un buen actor y como tal conoce la diferencia entre la representación y la vida, conoce la caricatura y lo grotesco, él mejor que ninguno lo conoce. Por eso, antes de sentarse ante un jurado convertido en un remedo de mafioso gordo fuera de la realidad, Johnny Sparrow Depp tuvo que pensarlo bien. Convertir tu vida en una ficción exige un pensamiento detenido, y ahí debe mediar un acto de voluntad. Hacer de tu vida una farsa solo por venganza, por odio, encarnar lo más bajo y representarlo hasta convertirte en lo más bajo, ser tú mismo miseria.

El trabajo, en su caso, ha sido tan minuciosamente elaborado y primorosa, grotescamente ejecutado, que duele verlo. Porque el paso es definitivo. Ya no es un actor. Ya no es un hombre. Es el hombre que actúa para encarnar el odio de los hombres que odian a las mujeres.

Triste final, pichón, triste final.

Mucho se ha escrito y se escribirá sobre el calado de la sentencia del juicio Amber Heard/Johnny Depp en la destrucción de los avances que supuso el #MeToo. Cierto, cierto, muy cierto es que afectará a las denuncias por violencia machista, a la confianza de las mujeres en que algo o alguien puede llegar a estar de nuestra parte, a que nos crean y no nos agredan por el simple hecho de decir la verdad. Pero, no nos engañemos, todo eso estaba ya ahí, sólido como el dolor compacto que arrastramos. Solo necesitaba un imbécil que le pusiera cara, cuerpo, que lo encarnara. Ese imbécil ha sido Johnny Sparrow Depp, y de un solo plumazo ha ofrecido en sacrificio su vida y su carrera, atadas como una sola cosa, para convertirse en estatua ecuestre de la ignorancia, la asnada y lo siniestro. Mucho debe ser su desprecio hacia sí mismo.

Eso es lo que ha sucedido. Ninguna de las que creíamos en que las denuncias de Amber Heard son reales hemos cambiado de opinión. Ninguna de las que hemos aceptado las evidencias de Depp como violento machista pensamos lo contrario. Todos los que han jaleado al antaño actor, los millones y millones de machos que han eructado de satisfacción ante cada una de las intervenciones de su parte, piensan exactamente lo mismo que pensaban. Lo que ha cambiado es que ya tienen al hombre que los representa.

Ese Johnny Sparrow Depp hinchado, soezmente amacarrado, con aires de mafioso de sainete barato, su evidente decadencia, me parecen una buena imagen para quienes rebuznan. Nosotras, por nuestra parte, sencillamente hemos constatado que sí, que se puede ir a más, y así se hará. No nos cabía duda.