Posibilidad de un nido

A las izquierdas varias: sean una

Yolanda Díaz y Pablo Iglesias, en una imagen de marzo de 2021, a su llegada a una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados. E.P./A.Ortega/POOL
Yolanda Díaz y Pablo Iglesias, en una imagen de marzo de 2021, a su llegada a una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados. E.P./A.Ortega/POOL

Corremos, empujamos, corremos, empujamos. Compramos, pagamos, comemos, si hay suerte curramos, dormimos. Hacemos cosas. Como pollos sin cabeza. Se pelea por el salario mínimo como si fuera un algo deseable. Se aceptan sin chistar chantajes y atropellos en las necesidades básicas. Se habla con soltura de no comprar fruta, de pasar frío. Y seguimos corriendo, empujando, corriendo hacia ningún lugar. Correr por no parar y para que no parezca que vamos despacio. Empujar por la costumbre de que todo se suda.

Pero debería haber un lugar hacia el que dirigirnos, donde el sudor de fruto. Pienso en el reciente cruce de palabras entre Pablo Iglesias y Yolanda Díaz. Qué cosa, así, a la carrera, empujando, pienso en él y en ella. Y por ende pienso en Podemos, en Sumar, en Izquierda Unida, En Comú Podem, Más País o en Compromís, entre otros. Las votantes, los votantes de la izquierda merecemos ese lugar hacia el que dirigir tanto apretar al trote. Seguiremos corriendo aunque no lo haya. Eso habría escrito hasta hace nada. Pero hoy me pregunto: ¿Seguiremos corriendo?

Creo que yo sí lo haré, porque llegada a este punto, a esta edad, a esta acumulación de vidas, lo contrario podría resultarme imperdonable. Sin embargo, no dudo que muchas personas que corren, empujan y corren no entenderán que las izquierdas varias de la izquierda sean incapaces de unirse para formar ese lugar a donde dirigir tanto sudor y esfuerzo. Y las comprendo, claro que las comprendo.

Algunas están cansadas de arrimar el hombro, otras acaban de llegar a la posibilidad de dirigir su esfuerzo hacia un lugar concreto. A las unas y a las otras, y a las gentes que median entre ambas, quienes lideran las izquierdas varias les deben un respeto sin fisuras, sin egos ni rencillas, un respeto preñado de historia.

Presumimos de avances, y los hay, magras raspaduras de este tiempo feroz cuya última muda se llevó consigo los mínimos derechos laborales, la idea de un salario digno –que no mínimo–, la aspiración a un techo, la decencia política o, quién nos lo iba a decir, el repudio a la extrema derecha. No son tiempos para alardear de logros en lo referente a la justicia social, a los derechos laborales, al reparto de la riqueza, al respeto por los principios más básicos de la izquierda. Si acaso, se han puesto los parches necesarios –y bienvenidos sean, por supuesto– para impedir que nos devore la penúltima embestida de este ultracapitalismo voraz, destructivo y ya definitivamente desacomplejado.

Aquí no caben la autosatisfacción ni la complacencia. No hay nada que celebrar. Tampoco defensores de esencias y doctrinas. No caben el "y tú más" ni el "yo estaba primero". No caben porque lo cierto es que aquí ya no hay nadie o estamos todas, todos.

Por eso y porque se nos están comiendo por los pies, les ruego desde aquí a las izquierdas varias: sean una. Levanten el lugar hacia el que dirigir tantísimo empujar sin su provecho, tanto sudor sin fruto.

Recuerden los versos del poema La aurora, de García Lorca en su Poeta en Nueva York:

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.