Opinion · Crónicas insumisas

Reivindicar el antimilitarismo

Pere Ortega, Centre Delàs d’Estudis per la Pau

El auge de la extrema derecha en Europa y el mundo debería alarmar a cualquier persona decente. Ahí tenemos a Donald Trump presidiendo el imperio, a Bolsonaro en Brasil, Putin en Rusia, Duterte en Filipinas y tantos otros que gobiernan en Italia, Hungría, Polonia, Austria, o están en los parlamentos de Francia, Holanda, Alemania, Dinamarca, Finlandia, Suecia y en España en el parlamento de Andalucía y quizás pronto en el de Madrid. Inflaman a la población con sus discursos nacionalistas de ensalzamiento de banderas, himnos patrióticos y ejércitos. Esto debería obligar a las fuerzas sociales a rescatar los discursos humanistas que tenían como finalidad la convivencia y la paz entre la ciudadanía mundial, y entre ellos, el de oponerse al militarismo creciente actual.

Recordemos que fue frente a las guerras más importantes que asolaron Europa en el Siglo XX cuándo surgió el movimiento pacifista, y que una parte importante de él, era antimilitarista. Digo parte, porqué cierto es que no todo el movimiento pacifista fue antimilitarista. No lo era Gandhi ni Luther King, aunque fuerte era su rechazo al uso de la fuerza militar para resolver los conflictos, y se opusieron, Gandhi a intervenir en la 2a Guerra Mundial y King rechazó el belicismo de su gobierno y la intervención en Vietnam. Aunque, otras muchas, si fueron claramente antimilitaristas Petra Kelly, Dorothy Day y Bart De Light. Este último, tras la 1a Guerra Mundial, en 1921, ayudó a fundar la War Resisters International, que difundió el antimilatarismo. Así, en la 2ª Guerra Mundial hubo antimilitaristas desertores de los ejércitos en gran parte de los países europeos que, aunque su historia está en buena parte por escribir, algunas cosas se saben de Alemania, Francia, Reino Unido y de la Guerra Civil española de 1936.

Esta reflexión viene al caso del auge de ese nacionalismo agresivo y militarista que amenaza a la sociedad mundial con nuevos belicismos. Cómo prueba de ellos, ahí está la amenaza de una nueva carrera de armamentos nucleares entre EEUU y Rusia; las amenazas lanzadas por EEUU contra Irán o Venezuela; el cerco de EEUU sobre China; las alianzas entre Rusia, China e India para frenar el belicismo de EEUU; los enfrentamientos entre los nacionalismos de India y Paquistán; sin olvidar los siempre presentes militarismos en Oriente Medio (Israel, Arabia Saudí, Egipto, Turquía), dónde además de los enfrentamientos étnico-religiosos de la zona se mezclan el afán de control geopolítico y, cómo no, el de los hidrocarburos.

Militarismo que va de la mano del aumento del gasto militar mundial, que tras la breve recesión de la crisis de 2007-2015 y aún no del todo cerrada, ha vuelto a aumentar en todo el mundo, con especial empuje en EEUU que presiona a sus discípulos a incrementarlo. Ahí están sus aliados europeos aumentando sus presupuestos en defensa. La propia Unión Europea, tiene la propuesta de destinar enormes fondos comunitarios a la investigación en el ámbito militar. En 2018 aprobó un presupuesto de I+D militar de 590 millones de euros, que para los años 2021-2027 alcanzará los 13.500 millones que recibirán las industrias militares y de seguridad para desarrollar armamentos y tecnologías de control y vigilancia en fronteras y aeropuertos. Con un fin último, adquirir armamentos conjuntos para los países miembros que se especula alcancen los 50.000 M€ y que servirán desarrollar el nuevo ejército europeo dentro de la Permanent Structured Cooperation (PESCO).

Y España, qué para no ser menos, preveía gastarse entre 2019 y 2032, 12.100 millones de euros en siete nuevos programas de armas (aprobados por el Gobierno de Pedro Sánchez) con el propósito de alcanzar esa mítica cifra del 2% de gasto militar con respecto al PIB. Mítica porque no obedece a ningún razonamiento empírico, pues eso sólo depende de qué modelo de FAS se deseen para España, cosa que no se sabe. Cuando, por otro lado, no se tienen recursos suficientes para el mantenimiento de los enormes stocks de armas que se mantienen almacenados y que no se sabe qué hacer con ellos ni para qué servirán (los Eurofigther, blindados Leopardo y Pizarro, helicópteros Tigre…).

Esta tendencia mundial a incrementar el gasto militar con fines belicistas no tiene otra finalidad que prepararse para un futuro donde los ejércitos salvaguarden modelos de sociedad ecofascistas. Aquellos que pretenden continuar con la sobreexplotación de recursos no renovables, que conducen al agotamiento de hidrocarburos y otros minerales, para continuar con las emisiones de carbono a la atmósfera que producen un irreversible (si no se pone remedio) calentamiento del planeta que provoca el cambio climático y catástrofes medioambientales que, a su vez, provocaran grandes conflictos humanos, entre ellos grandes migraciones y guerras.

Entonces necesitamos recuperar un movimiento antimilitarista que ponga en el centro de las luchas sociales la conexión entre belicismo y el modelo capitalista imperante.