Juremos todos

YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE

Perdida ya la batalla crucial, ésa misma que persiguió hitos como, qué sé yo, el dejar de pagar con cargo a los presupuestos generales del Estado las creencias místicas o, en su defecto, subvencionar también a quienes dicen ver salir ovnis de las aguas de la mar, andamos en el derribo de los símbolos. Así, se piensa en retirar los crucifijos presentes en las tomas de posesión de los ministros por aquello de animarles –imagino– a que ejerciesen mejor sus tareas apostólicas. 

Cuestión de ceremonias
Un paso adelante de ese estilo quizá no nos lleve de golpe a la postmodernidad pero nos alejará sin duda del Antiguo Régimen, e incluso de usos imperiales como el de Napoleón Bonaparte sometiéndose a la bendición del papa a la hora de coronarse. Quedarán, sin embargo, otros aspectos por pulir. Siendo inevitable hasta ahora la cruz ministerial –hablo de los símbolos–, el rojerío se aferraba a la fórmula de la promesa en vez del juramento por ver de marcar ciertas distancias. Si no recuerdo mal, en la última ceremonia de ese estilo fue todo el gabinete, ministras y ministros, quien prometió sus cargos. 

Retorciendo la lengua
De acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua el juramento tiene, en castellano, un cierto matiz de meapilismo. Pese a que, en su tercera acepción, el diccionario de la academia dé a la palabra el sentido que viene al caso, el de someterse solemnemente a los preceptos constitucionales de un país, el diccionario por excelencia menciona en la primera entrada el hecho de hacerlo poniendo a dios por testigo. Un error manifiesto, por cuanto cabe respetar la Constitución o lo que sea que se comprometa uno a seguir, en términos laicos. Sea como fuere, los ministros con ánimo agnóstico eligen prometer. Y retuercen de tal forma la lengua. 

Juremos todos
Prometer es verbo que remite a un compromiso concreto. Implica obligarse a hacer, decir o dar algo. No parece que sea el caso de quienes dirigirán, mal que bien, un ministerio. Deben expresar respeto al contrato social y el acatamiento de sus preceptos pero no pueden en forma alguna prometer sus cargos así, en general. Cierto es que la fórmula protocolaria salva el escollo, haciendo prometer que se cumplirá con fidelidad las obligaciones del cargo. Pero al oído –al mío, al menos– le chirría no poco esa salida. Mejor sería alejar de la corte celestial los juramentos recuperando para ellos incluso su lado más blasfemo, si hace falta. Que, en términos bien castizos, vaya si lo hay.