Opinión · Posos de anarquía

Odio a Rajoy

El “odio” del titular de este post no es verbo, sino sustantivo, que es precisamente lo que nunca fue Rajoy o, al menos, esa es la impresión que siempre transmitió. Desde sus tiempos como ministro, y no me refiero a Interior, sino a Educación, jamás se apareció a la opinión pública como un tipo importante ni fundamental, mucho menos esencial. De hecho, apuesto a que buena parte de los votantes del PP que aun hoy defienden la reforma de Wert -de un modo que se escapa a la razón más elemental- ni siquiera sabían que Rajoy anduvo en ese tinglado.

Rajoy nunca tuvo carisma ni fascinó lo más mínimo, más bien al contrario, daba lástima. La culpa no era suya, sino de su propio partido, puesto que las guerras intestinas del PP engullieron de un bocado el escaso arrojo que alguna vez pudo mostrar el gallego. Las luchas por acaparar poder y riqueza, los choques de egos y los enfrentamientos de pelo engominado y bronceados de rayos uva llegaron a hacer de Rajoy un pelele. No es que no sucediera lo mismo en otros partidos como el PSOE, pero desde tiempos de González uno se ponía la pana y tiraba de gracejo andaluz y disimulaba… a muchos siguen engañados incluso hoy en día, cambiada la pana por chupas de cuero.

El caso es que Rajoy, en medio de esa hostilidad, quedó como un niño en mitad del patio del colegio al que nadie le quiere pasar la pelota, más bien dar un buen pelotazo. Y Aznar le dio varios, antes y después de irse del partido, pero el sibilante palatal progresó, hizo carrera vaya, sobreviviendo a la carnicería que hubo en el PP. Superó dos derrotas electorales y a la tercera fue la vencida. Y fue en ese momento cuando de la imagen lastimera, esa de pobre hombre que no sabe improvisar, aferrado a sus papeles como si en ello le fuera la vida, pasó al odio y, como dicen los castizos, de no tener sangre a ser un inútil.

Fue entonces cuando el sentimiento de pena que despertaba, incluso, más allá de su propio electorado, pasó al del odio. Es un hecho, Rajoy ha conseguido que no haya un solo español que sienta lástima por él y, en cambio, que unos cuantos millones le odien. La mentira de esta tarde, esa de birlarles a los jubilados lo que por ley les corresponde, ha sido el culmen de su vileza y del odio que genera. Ha sido la guinda del pastel de mentiras que nos ha arrojado a todos los españoles, por control remoto, eso sí, porque desde que cogió la pelota en el patio se esfumó para que nadie se la arrebatara.

La decisión de no compensar las pensiones a la subida del IPC tiene efectos catastróficos, porque de esas raquíticas pensiones no sólo dependen los jubilados, cada vez más castigados con el medicamentazo, sino sus hijos y sus nietos que probablemente estén ya en esos casi 6 millones de parados y/o desahuciados. Y lo peor de esa mentira ni siquiera es la mentira en sí, es que nunca hubo verdad, es que nadie creyó a Rajoy y los suyos cuando decían que sí las ajustarían según el IPC. A medida que se perdía esa credibilidad, el odio aumentaba, consiguiendo traspasar la barrera intergeneracional, porque a Rajoy, esa es otra realidad objetiva, le odian ciudadanos de todas las edades.

Algunos lectores habrán percibido que la mayor parte de los tiempos verbales son pasado y no es casual, porque para muchos españoles, Rajoy es historia, bien sea en la realidad o en el fondo de sus corazones porque no quieren siquiera volver a escuchar mentar su nombre, como si de una maldición se tratara.

Y es que no se puede gobernar con un balanza trucada, con el fiel de la romana doblado siempre hacia el mismo lado. En algún momento es imperativo encontrar el equilibrio, lo justo para quienes sostienen realmente al país; pero Rajoy usa siempre la misma romana trucada. Podría decir bromear, jugar con las palabras y decir que usa la alemana trucada, pero no es día para chistes.

Así estamos hoy, Rajoy gobernando con un balanza  trucada y yo escribiendo con las entrañas, resistiéndome -cada vez menos- a que el sustantivo se troque verbo.