Opinión · Posos de anarquía

La pitopausia mental de Joaquín Luna

Una mujer indignada me descubría esta mañana la columna de Joaquín Luna en La Vanguardia  titulada ¿Es saludable una novia joven?, que me ha llevado a escribir este artículo. Huelga decir que me he sumado a la indignación de mi particular cicerone matutino para las diarreas mentales que pueblan los medios y en la que Luna se ha ganado un espacio de honor por mérito propio.

El tipo en cuestión, periodista que se jacta ser de la vieja guardia, clasifica a los hombres a partir de los 50 años en dos clases: los que persiguen a las mujeres más jóvenes –quince años menos, mínimo– y los que van tirando. Él se incluye en los segundos.

Si ridícula me parece esa segmentación, tan simple como la sesera que la ha parido, las reflexiones en torno a las mujeres no lo son menos. Perlas como que “las mujeres jóvenes se parecen a las mujeres jóvenes y este es un argumento irrefutable. Y sin son guapas y hacen morritos, ya no digamos, retratan a la perfección al articulista que, no escatima en sandeces tampoco con “la mujer de tus tiempos”, que según él “está dispuesta a chuparle la cabeza a una gamba para ir haciendo boca con tal de ver feliz a su novio”.

“¿Pero qué mierda es esta?”, se preguntaba la mujer que me ha descubierto esta columna cuyo cierre es: “¡Qué suerte los hombres casados que no han de preocuparse por los pros y los contras de las mujeres! Les gustan todas, incluso las suyas. A estas alturas del artículo habrán supuesto que Luna está divorciado. ¿Qué mujer soportaría a alguien así?

Por un momento, lo admito (aunque maldita la gracia que me hacían sus reflexiones), he llegado a pensar que igual era una suerte de humorista frustrado, que intentaba en vano hacer reír. Ha bastado leer otra de sus columnas más recientes, la titulada ¡Todas! ¡Me gustan todas!, para percatarme de que no, de que el tipo rezuma machismo por los cuatro costados. No se trata de un artículo desafortunado, sino de una azotea que patina una y otra vez.

En este segundo artículo, Luna tan sólo rompe una lanza por las mujeres de 50 años frente a las de 25 porque, de renunciar a las primeras, perdería “cuota de mercado”. Asume que a su edad tampoco puede ponerse exquisito, como si el físico fuera lo único atractivo, como si la tersura y la firmeza tuvieran el patrimonio único de la belleza. En el fondo, este tipo que se delata en entrevistas indicando que “soy más de cubalibre de ron añejo, que es una bebida como de ‘puticlub’ de los Monegros, je, je…”, da pena.

Su pobreza interior es directamente proporcional al arrinconamiento que merece por su machismo recalcitrante. Mientras él asegura que “lo de envejecer está sobrevalorado, el físico pierde atractivo y la arruga no es bella. Está muy bien consolarnos los unos a los otros pero la verdad asoma: nuestros cuerpos eran más deseables en otros tiempos”, yo siempre preferiré envejecer con la mujer que ame y, desearla cada día, comiéndomela a besos como años atrás, devorándonos con la pasión y la entrega que ni en el mejor de sus sueños alcohólicos con una veinteañera podrá disfrutar Luna jamás.

En una cosa tiene razón: “el mercado de las relaciones es el más perfecto porque se regula sin órganos supervisores” y esa autorregulación es, precisamente, la que debiera condenarlo al onanismo mientras no oxigene un poco más su sesera.