Opinion · Posos de anarquía

Campamento de discriminación

Es muy triste, pero sabíamos que pasaría. Aquella vorágine de inclusión impostada que generó el éxito de la película Campeones no podía durar mucho. Era cuestión de tiempo que dieran la cara quienes discriminan a las personas que no cumplen con sus más que cuestionables patrones de normalidad. Ayer sucedió con Inés, una niña de once años expulsada de un campamento por tener necesidades especiales.

Hay padres y madres que a estas alturas de la vida no tienen ni puñetera idea de para qué sirve realmente un campamento: ni sirve para quitarse de en medio a l@s hij@s, pues es ahora en verano cuando más ganas (y tiempo) deberían tener de disfrutarl@s, ni es para que únicamente jueguen. Un campamento tiene otros propósitos, como el de aprender a gestionar situaciones nuevas que surgen como consecuencia de convivir con una colectividad. Sirven para aprender, para empatizar, para dar rienda suelta a valores esenciales como la solidaridad. Una piedrecita más en el empedrado hacia la madurez.

El problema es que hay progenitor@s y responsables de campamentos que no lo ven así. Hay quien concibe estos campamentos como una mera ciudad de vacaciones para sus hijos e hijas y hay quien sólo quiere hacer negocio. La situación vivida en el campamento, cuando dos niñas no quieren compartir habitación con una tercera porque ésta tiene necesidades especiales, se puede dar, especialmente cuando quienes quieren expulsar no han recibido una correcta educación.

Cuando eso sucede, hay dos circunstancias que se desarrollaron de manera opuesta a como tenían que haberlo hecho. La primera con los padres y madres de las niñas: cuando éstas se quejaron porque no querían estar con Inés, eran ell@s quienes tenían que haber explicado que el mundo no funciona así, que lo correcto es que nos aceptemos como somos porque ser distinto no es ser peor, ayudando a quien lo necesita, como también queremos que nos ayuden cuando, en algún momento de la vida, lo precisemos.

No lo hicieron; más bien al contrario, discriminaron, presionaron al campamento para que Inés saliera de esa habitación. ¿Se imaginan si trascendieran las identidad de las dos niñas y fueran marcadas como las discriminadoras? Porque, eso es lo que han conseguido l@s progenitor@s, que Inés sienta que la culpa es suya por no cumplir con unos estándares cuando, en realidad, son otras personas quienes la han etiquetado y la han señalado. En primer lugar, no se etiquetará a las dos niñas porque la calidad humana del resto es distinta a la de sus padres y madres que, en segundo lugar, son los verdaderos culpables de lo sucedido.

La segunda circunstancia que no se dio y que dice muy poco de la organización del campamento es que ésta se plegara a los caprichosos discriminatorios. Las personas responsables en aquel espacio ni supieron gestionar la situación provocada entre las niñas ni después con los padres y madres. Esa gestión de situaciones que han de hacernos mejores personas fue deficiente, contribuyendo a que ‘las dos princesitas de papá y mamá’ vieran satisfechos sus antojos. No lo supieron hacer con las niñas y mucho menos con los padres y madres, cuyas hijas eran realmente las que sobraban si no estaban dispuestas a integrarse. Volviendo a la película de Javier Fesser, lo sucedido es idéntico a la escena del autobús: los pasajeros son los progenitores y el conductor, la dirección del campamento. Igual de mezquinos.

Y llegamos al meollo de la cuestión: No es Inés quien no se supo integrar, sino las dos niñas, porque no están recibiendo la educación adecuada para ello. Por mucho que sus padres y madres sigan intentando educarlas en una burbuja de fotocopias, llegará el día en que tengan que tratar con personas distintas y tendrán un problema. No siempre van a tener a un campamento que contribuya a su discriminación; es más que probable que haya gente que actúe correctamente, com ha sucedido con las decenas de campamentos de toda España que, al enterarse de lo sucedido, han ofrecido plaza a Inés. Y eso es lo que llama al optimismo y ha de motivarnos para seguir trabajando por un mundo mejor. Por cierto, denuncien, que no queden impunes ciertas prácticas.