Opinion · Posos de anarquía

La falacia del voto útil

Un hombre introduce su voto en una urna, en una imagen de archivo. / EFE

A tres días de las elecciones generales del 10 de noviembre, absolutamente todos los partidos llaman al electorado apoyándose en un mensaje de voto útil. Ya sea para frenar a la extrema-derecha, para desbloquear la situación, para que no recorten por abajo, para tener una España una y grande… todas las formaciones piden voto útil, sabedores de que pedir confianza es como pedir peras al olmo. Con la papeleta les basta.

El próximo domingo millones de españolas y españoles votarán con la nariz tapada, tratando de evitar respirar el aire viciado que inunda las urnas. Otros tantos millones ni siquiera se querrán acercar a los colegios electorales, aislándose de la pobredumbre moral que se precipita de arriba a abajo y lo empapa todo. Conscientes de esta situación, los candidatos han estado pidiendo el voto útil pero, ¿realmente hay tal utilidad?

Cuando se solicita este tipo de voto, un candidato admite que únicamente con la gente que sí lo vota convencida no puede alcanzar el objetivo marcado. Dicho de otro modo, se presentan como un mal menor para millones de personas, reconociendo que el nivel de la política española no satisface a un porcentaje elevadísimo de la población. Así pues, el mensaje implícito en la solicitud de voto útil es: «Mis medidas no te gustarán, pero las de los otros aún menos».

Así las cosas, muchas personas indecisas optarán por ese voto útil, renunciando a sus principios, con naúseas que le recuerdan que siempre se dijo que no lo harían. Pero lo hacen. Al día siguiente, ninguno de los candidatos, da igual en qué posición haya quedado, se acordará del voto útil. Atrás quedará esa humildad impostada, aquella postura servil sobreactuada con la que pedían prostituir el voto. Todos ellos, porque así lo hemos visto en ocasiones anteriores, asumirán que la totalidad de los votos recibidos han sido votos convencidos, fieles al partido y sus valores. Asomará entonces la prepotencia y la soberbia -y éstas ya no son impostadas-, especialmente, de quienes queden a la cabeza, que no dudarán en adoptar posturas intransigentes, ignorando que un porcentaje de las papeletas que lo avalan no lo querían ver ni en pintura. El voto útil es, pues, una auténtica falacia.

¿Cómo actuar entonces? Si optan por ese voto útil, nada pueden hacer para que los candidatos no les engañen pero, al menos, no se engañen ustedes mism@s. Sean conscientes del sacrificio de principios que realizan y asuman con resignación el chaparrón que les caerá encima en lugar de la tormenta que se anunciaba. Y aguanten cuatro años, porque nadie se acordará de usted otra vez hasta una nueva  cita electoral… quizás encuentre consuelo en que ese periodo de cuatro años ya sólo es un recuerdo en España. y volverá la cantinela del voto útil antes de tiempo.