Opinion · Posos de anarquía

Arcadas de hiel derechona

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, y el líder de Vox, Santiago Abascal. – EFE

A falta de los flecos de última hora, habrá gobierno de coalición y la derecha está que trina. No soporta la idea de que un gobierno progresista tenga la oportunidad de demostrar que es posible una mayor justicia social. Quizás se estrelle y no lo consiga, pero es la hora de la verdad para la izquierda, para esos a los que los conservadores llaman con desprecio comunistas olvidando que entre los Padres de la Constitución, el comunismo estuvo tan presente como el que más. 

Dado lo fragmentado del Congreso de los Diputados y Diputadas, esta investidura tiene muchas piezas que encajar, pero tras el acuerdo con Unidas Podemos (UP), el pacto con ERC es de largo el más decisivo. Ese pacto es, justamente, el que más escuece a la derecha, desde Vox a Ciudadanos pasando por el PP. Catalunya no es el único reto al que se enfrenta España, pero es el único que importa a la derecha.

Detrás de los acuerdos a los que va llegando el PSOE con las distintas fuerzas políticas hay un mismo hilo conductor: la justicia social que, según dictan desde UP, será vigilada por Iglesias y l@s suy@s, lo que hace que por acción u omisión el resultado del gobierno de Pedro Sánchez también sea responsabilidad suya. Conocido el contenido del acuerdo con ERC, basta darse un paseo por la prensa conservadora para detectar la hiel con la que se atraganta, repleta de interpretaciones interesadas e, incluso, mentiras.  Un punto sí aciertan: Pedro Sánchez patinó, y de lo lindo, cediendo la publicación del contenido del acuerdo a ERC, en lugar de comparecer él mismo y explicárselo a la ciudadanía como merece.

El Mundo titula hoy su editorial ‘Una investidura agónica y humillante’. Carga las tintas, como hacen otros, en que no se realiza «una mención explícita a la Constitución, extremo que Sánchez ya asumió en la rendición de Pedralbes». Sin embargo, el texto es muy claro al remarcar por dos veces que se «actuará sin más límites que el respeto a los instrumentos y a los principios que rigen el ordenamiento jurídico democrático» -donde encaja de pleno la Constitución- y «de acuerdo con los mecanismos previstos o que puedan preverse en el marco del sistema jurídico-político». En contra de la sentencia del Tribunal Supremo, El Mundo se suma a la teoría esquizofrénica de golpe de Estado del 1-O y cierra el texto señalando que «ninguna investidura vale humillar a España».

Por su parte, ABC titula su editorial Sánchez pone por escrito la secesión’, asegurando que el Ejecutivo «comete la irresponsabilidad -veremos si puede ser objeto de reproche penal- de poner por escrito, por primera vez en la historia, que España es fraccionable«. Nada de esto se indica en el texto, más allá de reconocer la necesidad de una solución política al conflicto catalán, abriendo la puerta a un debate y no a una «permanente postración ante ERC», como indica ABC. En un ejercicio de cinismo y amnesia histórica, concluye el diario apuntando que «ya se sabe a qué conducen los pactos de la izquierda con el nacionalismo». Olvida así el famoso Pacto del Majestic, entre los gobiernos de José Mª Aznar y Jordi Pujol. Tal y como publicaba el propio ABC en 2015, los propios populares cuestionan aquel acuerdo que llevó a Aznar a La Moncloa en 1996. Como contrapartida, el PP creaba un nuevo sistema de financiación con transferencia a Catalunya de 400.000 millones de pesetas, la políticas del INEM, la gestión de los puertos, del tráfico… 

Cerrando la terna conservadora, La Razón titula ‘El pacto de la vergüenza’, acusando a Sánchez de estar «entregándose a un partido que aboga por liquidación de la democracia española». Curiosa manera de calificar a ERC que, precisamente, utiliza el amplio respaldo democrático que le ha otorgado la ciudadanía para debatir y devolver a la soberanía popular una posible solución al conflicto que Rajoy forzó a enquistarse en los tribunales. Asegurar que «Sánchez habrá resuelto su problema –conseguir los votos de ERC para seguir en La Moncloa–, pero no el conflicto real de convivencia de Cataluña» es faltar a la verdad, porque el documento referido supone el primer gran salto hacia una solución dialogada, consensuada y puesta a votación de la ciudadanía.

Vistas las reacciones de la derecha y sus medios afines, cabe preguntarse quiénes son realmente los enemigos de la democracia, quienes reclaman que gobierne la fuerza más votada sólo cuando ganan ellos y quienes no hacen más que rescatar el espíritu de la Transición mientras ansían sacar los tanques por La Rambla. Tendrían que comenzar a realizar un ejercicio de introspección. La izquierda, por su parte, se enfrenta a la hora de la verdad; no habrá paños calientes si fracasan, si decepcionan a quienes han depositado su confianza, su ilusión en el primer gobierno de coalición desde la República que, quizás, consiga mostrar la salida de la miseria y la precariedad en la que más de la mitad de España está sumida.