Posos de anarquía

En Madrid se juega España

Varias personas hacen cola para recibir alimentos. — Cedida

Dado el centralismo que sufrimos en España, las elecciones autonómicas en Madrid siempre tienen una trascendencia especial. Sin embargo, en esta ocasión esta relevancia se amplifica pues hay mucho más en juego que la presidencia de la Comunidad de Madrid. Del resultado que se obtenga en las urnas depende el aval de la extrema-derecha, que ya no es sólo patrominio de Vox, sino del PP con una Isabel Díaz Ayuso, desbocada.

"Quiero gobernar como una apisonadora". Son palabras de Ayuso hace dos días en La Sexta Noche. La entrevista que realizó Iñaki López evidenció las contradicciones continuas en que cae la presidenta popular, capaz de solicitar una mayoría absoluta para gobernar con rodillo y gestionar como ella quiere -algo que según ella no ha podido hacer hasta ahora-, y justo después presumir de la gestión realizada.

Ni siquiera es necesario recurrir a los datos sanitarios para retratar la gestión de Ayuso, con unas de las peores cifras de muertes y contagios COVID-19: la hostelería madrileña, que parece haberse convertido en el principal aval de Ayuso, es tan insolidaria como corta de miras: ha preferido ser parte de la hipoteca de la salud madrileña y permanecer abierta, mientras los millones de euros inyectados por el gobierno central para ayudas directas han ido a parar a la Sanidad privada, que es el negocio más lucrativo en Madrid con la connivencia del gobierno de Ayuso. A diferencia de otras Comunidades Autónomas, ni un euro ha recibido la hostelería, mientras otrs negocios privados sí. Ha caído la hostelería madrileña en el timo de la estampita.

Las elecciones de Madrid son tan cruciales porque, de ratificar el modelo Ayuso en la región, lo siguiente será extenderlo por el resto de España. Pablo Casado cada vez se encuentra más arrinconado en el PP; Ayuso se lo quiere merendar, hasta el punto de que nunca un presidente del PP fue tan ninguneado en una campaña madrileña. Si parecía que Alberto Núñez Feijóo​ ignoraba a Casado en Galicia, lo de Ayuso ya es de traca.

Para la izquierda, para toda la izquierda del país, estas elecciones también son esenciales, porque es la prueba de fuego de cuánto pueden movilizar el voto y, sobre todo, si el Acuerdo del Botànic (PSOE, Compromís y Podemos) en la Comunidad Valenciana -y los buenos frutos que está dando- es una realidad clonable o un espejismo.

Ayuso es consciente de ello y, precisamente por este motivo, centra sus ataques verbales contra Pedro Sánchez, con el apoyo incondicional de su prensa amiga. Ello tiene una doble intención: por un lado, postularse a nivel nacional y, por otro, ningunear cómo paso a paso Más Madrid y su candidata Mónica García, el azote de Ayuso esta legislatura, va mejorando en las encuestas, cómo PSOE y Unidas Podemos continúan sus campañas respetando su pacto tácito de no agresión.

La presidenta popular no es libertad, lo ha demostrado recientemente cargando contra un medio independiente como Infolibre cuando éste destapó el modo en que Ayuso ocultó en su declaración de bienes una empresa que, además, no pagó el IBI durante cinco años. La turbidez de la presidenta de Madrid se extiende más allá, pues este lunes este mismo medio revela que el gobierno de Ayuso adjudicó contratos sanitarios a uno de los fundadores de su empresa, que ya estuvo en el punto de mira por Avalmadrid.

No es libertad por el modo en el que ha querido privar a la ciudadanía madrileña de un debate en Telemadrid al que, finalmente sí acudirá. El miércoles 21 de abril será la cita que ha querido evitar, porque sabe que en directo, sin estar escoltada por consejeros, la izquierda puede quitárle la máscara, sacar a la luz sus carencias, su ineptitud y sí, su mala fe. ¿Cómo si no se puede explicar la manera en que criminaliza a los segmentos más vulnerables de la población, a los que llama "subvencionados" por acudir a los comedores sociales?

¿Desaprovechará la oportunidad la izquierda madrileña en ese debate? "Madrid es España dentro de España", como decía Ayuso y, si gobierna en Madrid, ese puede ser el futuro de España.

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