Posos de anarquía

Democracia plena sin Derechos Humanos

Cientos de personas se congregan el la madrileña Puerta del Sol para pedir fin a la violencia homófoba y contra el colectivo LGTBIQ+, el pasado mes de septiembre.- EFE/Kiko Huesca

Hoy se celebra el Día de los Derechos Humanos (DDHH) y, por duro que sea admitirlo, la nota que saca España en esta materia no es para lanzar las campanas al vuelo. La cantidad de vulneraciones que se cometen debiera hacernos encajar que, efectivamente, no vivimos en una democracia plena, pero se han normalizado de tal modo dichas vulneraciones que incluso sus víctimas las niegan.

Si usted es una de los millones de personas que, aún trabajando, no consigue llegar a fin de mes y vive en la pobreza, es una víctima de la violación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, que hoy cumple 70 años. Si usted no vive bajo un techo digno o ha sido desahuciado de su hogar sin que le dieran una alternativa habitacional, es otra víctima. Lo mismo que si por ser mujer cobra menos que sus compañeros hombres con idéntica responsabilidad o ha topado con el techo de cristal: se estará violando entonces, como sucede con los crecientes delitos de odio, el artículo 2 de la Declaración ("Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole").

A pesar de estas claras vulneraciones, muchas de estas víctimas pondrán el grito en el cielo si uno se atreve a afirmar que España no es una democracia plena. Apuntarán airados a otros países, desde China a Rusia pasando por Cuba, Venezuela... Quienes salen ganando con estas vulneraciones, porque al final se trata de una cuestión de llenarse los bolsillos, han sabido inyectar una analgesia en las víctimas para que sigan funcionando como piezas de una vanagloriada democracia plena.

Los narcóticos surten tanto efecto que consiguen que violaciones de DDHH como las devoluciones en caliente; los incumplimientos ante las solicitudes de asilo; o la discriminación con las víctimas del franquismo a las que, incluso, se impide recuperar los cuerpos de sus muertos en las cunetas; se coloquen en silos estancos que no pringuen con su inmundicia a nuestra sacrosanta democracia. 

Y si eso pasa en nuestras fronteras y se naturaliza, imaginen lo que sucede con el Sáhara Occidental, en cuyos campos de población refugiada viven incluso compatriotas con DNI español, ignorados, abandonados por nuestros sucesivos gobiernos que miran para otro lado mientras Marruecos tortura, viola, discrimina, priva de libertad e, incluso, asesina a saharauis impunemente. Ni siquiera basta cuando se consigue romper el muro de silencio, como ha hecho la activista Sultana Jaya, como pudimos ver cuando PSOE y Vox impedían que fuera reconocida con el Premio Sajarov de la Unión Europea (aunque hoy sí recibirá -en la distancia, porque sigue atrapada en los Territorios Ocupados- el Premio Internacional de Derechos Humanos de la Asociación Pro Derechos Humanos de España (APDHE)).

Como víctimas, reeditamos los errores de la Transición. Entonces salíamos de una época tan atroz -anhelada por algunos partidos en el Congreso- que abrazamos una democracia descafeinada que nos supo a gloria. Tanto nos satisfizo que incluso hoy buena parte de la opinión pública es incapaz de admitir que, aún haciéndose lo mejor que se pudo, la Transición no fue tan modélica. Ahora repetimos esta equivocación, mirando países en los que las vulneraciones de DDHH ascienden a la categoría de crímenes y homicidios y con esa pátina embardunamos nuestra democracia creyendo, ingenuos, que así se fortalece cuando, en realidad, se debilita cada vez más... Y para los miembros de esta sociedad que escapan de los narcóticos, para quienes se rebelan contra esta realidad y quieren mejorarla, amputación o, lo que es lo mismo, Ley Mordaza, que es otra vulneración de Derechos Humanos. No, no es plena esta democracia.