Opinión · Punto de Fisión

Que se jodan los italianos

No se entiende muy bien el revuelo que se ha liado por la interjección copulativa de la señorita Andrea Fabra. Es una frase soez e intempestiva, poco acorde con su trayectoria de rubia profesional, pero que se explica perfectamente en el contexto en que se pronunció, desde la bancada en que se emitió y en la boquita que la expectoró. Vistos los modos de las señorías y los señoríos que la rodeaban, el modelo de conducta familiar al que la señorita Fabra está acostumbrada y la carga genética que lleva encima, difícilmente hubiera podido decir otra cosa. Eso por no hablar de la laca.

Examinemos despacio la jugada: don Mariano todavía traía puesto el chip de la Eurocopa e iba anunciando cada puñalada en el corazón de la sociedad española como si fuese cantando los goles de la final. En su mente de forofo patriótico, Italia seguía estando ahí enfrente, era el enemigo a batir. Les íbamos a enseñar a esos espagueti no sólo cómo agujerear una portería rival sino cómo dejar la propia economía hecha mierda, aprobando recortes a pares: don Mariano Manostijeras. Esta extensión del balompié por otros medios es la única que puede explicar convincentemente los jaleos y las salvas de aplausos con los que la hinchada del PP celebraba cada tijeretazo. Como si siguieran en el estadio Olímpico de Kiev y don Mariano, sin despeinarse, acabara de marcar de cabeza. Sólo desde esa atmósfera de hooliganismo exacerbado se comprende la reacción de la muy rubia señorita Fabra, habitualmente tan cursi y tan tímida que prácticamente nadie había oído hablar de ella hasta entonces. “Que se jodan” eructó, pero no se refería a los parados (ella no ha pensado en los parados ni sabe para lo que sirven), ni a los socialistas (esos ordinarios) sino a los italianos. Que se jodan los italianos, que aprendan.

Los italianos no tienen ni puñetera idea de jugar al fútbol ni de hacer política ni de recortar a lo Cesc Fàbregas. No hay más que ver las lágrimas de cocodrilo de la ministra de Trabajo, Elsa Fornero, llorando como si le importara algo la desgracia de su pueblo. Lo que exige la ciudadanía a los políticos es honestidad, que sean sinceros, que digan lo que piensan, como la señorita Andrea Fabra, que dice el primer verbo que se le pasa por la cabeza (el único verbo, qué coño). Fornero se deshacía en lágrimas mientras en la misma circunstancia doña Soraya bostezaba medio dormida en su escaño, pensando en sus cosas, ni siquiera conmovida por los cánticos de los ultrasur de su partido, que algunos estuvieron a punto de reclamar que volviera la jornada de doce horas, la abolición de los fines de semana y el Concilio de Trento.

Don Mariano una vez más imitó sutilmente a Churchill. Sólo nos prometió tres cosas: sangre, sudor y lágrimas. Y las tres son todas nuestras, por muchos años. De ellos son el fútbol, la lotería y la laca.