Punto de Fisión

Epi y Blas y Aznar

Ayer descubrimos dos cosas que ya sabíamos desde hace décadas, a saber, que Epi y Blas son pareja y que Aznar es Aznar, lo cual no son dos afirmaciones tan alejadas como cabría suponer. Epi y Blas salen del armario al tiempo que Aznar sigue encerrado en él, atrincherado en sus frases hechas sobre la ETA, el terrorismo, la Transición, Irán, Venezuela y las armas de destrucción masiva. Así, Jose Mari iba desgranando sus grandes éxitos zarzueleros entre grandes aplausos de su público y con el mismo ritmo con el que Conde Draco iba contando en voz alta para pasmo y deleite de la chiquillería. Al menos, los niños tienen la excusa de ser niños.

Al fin y al cabo, el espectáculo de ver a un señor ceniciento mintiendo a lo largo y lo ancho de casi cinco horas de comparecencia no produce tanta lástima y tanto asco como la vergüenza de haber tenido a este mismo señor ceniciento de presidente durante tantos años. Cada embuste se amontonaba encima del anterior, sin que importaran actas judiciales ni hechos probados. La chulería, la prepotencia, el cinismo, el engreimiento, la arrogancia, la soberbia son entradas del diccionario que podrían llevar de segunda acepción su apellido y su cara.

Dijo que no conocía a Correa a pesar de que era el tipo que le montaba los actos, le pagaba las fiestas y le organizó el bodorrio de la hija en El Escorial, un enlace donde las invitaciones podía haberlas enviado la Interpol, para ir ahorrando tiempo. Aseguró que la caja B del PP no existió jamás y retó a Simancas a que le demostrara su existencia, aunque su existencia quedó más que probada en una sentencia judicial que afirma exactamente lo contrario. Desmintió que la Gürtel hubiera tenido algo que ver en la boda de su hija, cuando el sumario sacó a la luz que al menos se destinaron 32.452 euros para costear el banquete. La comparecencia se iba acercando, poco a poco, a un especial de Barrio Sésamo y, a cada minuto que pasaba, mientras se quitaba y se ponía las gafas, parecía que iba a aparecer detrás de él un titiritero.

Sin embargo, nadie mueve los hilos de Aznar, excepto él mismo. Poseído y teledirigido por su propio bigote, lo que resta de este señor ceniciento es la triste retahíla de su pasado: un reguero de corrupción, de miseria, de mierda y de sangre. No va a pedir perdón por nada. Aun está orgulloso de haber contribuido a la matanza de cientos de miles de iraquíes gracias a aquella foto de Las Azores, a sus inenarrables monólogos con acento tejano y a haberse sentado al lado de Bush con los pies encima de la mesa, en un campeonato improvisado a ver cuál de los dos era más patán y más grosero. Las armas inteligentes que nos vende Pedro Sánchez en realidad son las armas de destrucción masiva que todavía sigue buscando Aznar: se esconden tan bien que todavía no las ha encontrado nadie. Epi y Blas eran monógamos mientras que a Aznar le gustan más los tríos. Cómo no van a querer en el PP a este Rambo de todo a cien que, como tantos otros pistoleros de pacotilla, ni siquiera hizo la mili.