Opinion · Punto de Fisión

La parte contratante de la segunda parte

Pocos días antes de que Torra y Sánchez se reunieran para escenificar el segundo acto del magnífico diálogo de sordos entre la Generalitat y el gobierno de España, una manifestación de 3.500 personas invadía las calles de Barcelona para protestar por la muerte de un perro. No es que en Barcelona falten motivos para manifestarse, ni que la muerte de Sota sea un motivo indigno o baladí para salir a protestar, especialmente en estos tiempos en los que tantos ciudadanos se sienten tratados como animales y en que las fuerzas del orden se comportan tal y como se vienen comportando desde hace aproximadamente diez mil años. El caso es que ambas manifestaciones, perfectamente compatibles, casi se solaparon, lo que da una idea de lo agitada que anda la ciudad estos días más allá del tráfago navideño.

No está muy claro qué es lo que sucedió en realidad para que el perro acabara con un tiro en la cabeza, tirado en la acera, meneando tristemente el rabo como un juguete roto: el agente municipal afirma que le mordió en el brazo cuando procedía a detener a su dueño, un joven vagabundo, y diversas fuentes policiales corroboran esta versión, mientras otros testigos afirman que Sota no pasó del ladrido. Aunque sí el más grave, no fue el único caso de violencia callejera donde surgen dudas, ya que el viernes un periodista de Intereconomía, Cake Minuesa, sufrió un puñetazo que lo arrojó al pavimento y, de inmediato hubo sospechas de que la escena era un montaje preparado para las cámaras, de que el agresor era en realidad un infiltrado de la extrema derecha y de que Minuesa había sobreactuado al estilo de Neymar y sus revolcones fuera del área.

Más allá de las pancartas, las calles cortadas y los contenedores quemados, en Cataluña no hay forma humana de ponerse de acuerdo ni siquiera en la condena de dos actos de violencia simples e inequívocos. Depende de en qué facción de la realidad se coloque uno, si en el nacionalismo español o en el catalán, en el animalismo humanista o en la zoofilia policial. El sectarismo consiste precisamente en tomar partido de antemano, sin consideraciones previas, sin dejar que los hechos contradigan los prejuicios. Mucha gente lee ciertos periódicos para eso, para que le den la razón, y se cabrea mucho si alguna vez les obligan a pensar otra cosa.

De ahí que Torra y Sánchez difícilmente puedan sacar adelante sus papeles, a pesar de que ambos hayan abjurado generosamente de sus posiciones anteriores: uno cuando consideraba que los españoles no somos más que “bestias enfermizas” y otro cuando decía que lo de Cataluña era un “delito de rebelión”. Negocian un contrato dialogando como Chico y Groucho, cortando las cláusulas a trozos, tirándolas al suelo y, a la hora de firmar, el primero no sabe escribir y el segundo lo hace con un bolígrafo sin tinta. Ni siquiera se sabe si la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte. Y ya estamos en la segunda parte.

El conflicto ha llegado a un punto en que este fin de semana un espontáneo le gritaba a Serrat, en catalán, que cantara en catalán, que estaba en Barcelona. Y Serrat, que no fue a Eurovisión en su día porque no le dio la gana de cantar en castellano, y que hasta tuvo que exiliarse por condenar el régimen franquista, tuvo que explicarle a ese pobre hombre, en catalán, por qué un concierto de homenaje a Mediterráneo sólo podía cantarse en castellano. La prensa españolista se ha hecho eco del rapapolvo del cantautor, aunque no con tanto entusiasmo como cuando omitieron la respuesta que le dio en septiembre en Valencia a un energúmeno del otro lado que le pedía que se dejara de canciones en catalán y que cantara en castellano: “Poder expresarnos públicamente en este idioma nos ha costado muchos años de lucha y mucha gente en las cunetas”. Da igual lo que diga porque los sordos profesionales de ambos bandos no entenderían a Serrat ni aunque cantara en esperanto.